Dicen —o lo dice una voz que podría estar perdida en los pasillos del tiempo; que el mayor extravío del ser humano no consiste en perderse en el mundo, sino en perderse dentro de sí mismo, como quien entra en un laberinto creyendo que va a encontrar una salida y termina encontrando, en cambio, demasiadas puertas hacia el pasado.

Y algo así le ocurrió a aquel político.

Porque debe ser doloroso —aunque al principio no lo parezca— extraviarse dentro de los laberintos viejos. Hay hombres que evocan tanto sus antiguas victorias, sus discursos, sus aplausos, que terminan enterrando al hombre presente bajo una montaña de recuerdos. Entonces el presente se vuelve una habitación vacía, y el pasado una catedral llena de ecos.

Así caminaba él.

Transitaba las avenidas de su memoria como si fueran bulevares imperiales. Recordaba los días en que su voz levantaba multitudes, cuando sus ideas —según su propia versión— parecían promesas capaces de alimentar a toda una nación. En aquellas épocas, según él, el porvenir brillaba como una moneda recién acuñada.

Pero el tiempo, que tiene la costumbre de doblar las verdades como si fueran cucharas de café, fue operando en su interior una extraña metamorfosis.

De tanto repetirse que era imprescindible, comenzó a sospechar que era extraordinario.
De tanto escuchar que era extraordinario, comenzó a creer que era necesario.
Y de tanto creer que era necesario, terminó convenciéndose de que era, sencillamente, un dios.

—La física moderna lo explica —decía con solemnidad—. Yo poseo la capacidad de la superposición cuántica.

Y al decirlo abría los brazos como un ilusionista metafísico.

Aseguraba poder estar en dos lugares al mismo tiempo: gobernando y salvando, castigando y bendiciendo, empobreciendo y prosperando, todo simultáneamente. Sus seguidores —una corte de devotos especialistas en lustrar botas ideológicas— asentían con fervor, mientras organizaban discretamente un sistema de dobles, sustitutos, apariciones y desapariciones que convertían al líder en una especie de fenómeno paranormal de la política.

Pero lo verdaderamente prodigioso ocurría en su casa.

Cada noche, cuando el político regresaba a su mesa familiar, los sirvientes desplegaban un pequeño milagro culinario: frutas que el país no veía desde hacía seis décadas, carnes imposibles, vinos de geografías prohibidas, panes que parecían recién inventados por los dioses del trigo.

El político contemplaba aquella abundancia con los ojos húmedos.

—¡Miren cómo prospera la nación! —exclamaba.

Y comía.

Y reía.

Y bendecía al destino con la misma complacencia serena que —según él imaginaba— debía de tener un arcángel satisfecho.

Aunque en el fondo sabía.

Sabía que aquellas exquisiteces no pertenecían al mundo de los hombres comunes, sino al territorio reservado para los dioses administrativos del poder.

El pueblo, —pensaba en silencio—, mientras limpiaba la salsa del plato con un pedazo de pan blanco:

—Los plebeyos no necesitan delicadezas.

Mientras tanto, allá afuera, el tiempo seguía escribiendo su lenta novela.

Los presos de conciencia se multiplicaban como sombras en los pasillos de las cárceles.
La pobreza crecía en los barrios como una hiedra oscura trepando por las paredes del futuro.
Y los pueblos —como caracoles cansados— comenzaban a marchar en largas cruzadas silenciosas hacia otra historia posible.

Hasta que ocurrió lo que ocurre siempre.

Porque hay un momento en que las épocas se cansan de sí mismas.

Cuando lo fusilaron, cuando amaneció en una plaza donde el viento parecía leer los archivos de la historia, el político caminó hacia la muerte con una serenidad extraña, casi pedagógica.

Quizás aún pensaba que aquello formaba parte de su misteriosa superposición cuántica.

Quizás creía que moriría en un lugar y seguiría gobernando en otro.

Pero no.

Cuando las puertas de la vieja democracia se abrieron —como si una casa abandonada volviera a respirar después de décadas— el político comprendió demasiado tarde algo que los símbolos del universo habían estado repitiendo desde siempre:

Que los dioses fabricados por los hombres no son divinos.

Simplemente se desvanecen cuando termina la época que los soñó.

Y su marcha hacia la muerte —lo habría entendido incluso un corrompido distraído— no era una tragedia personal, sino la necesaria expiración de una era que, por fin, había terminado de olvidarse de sí misma.

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