Fuimos a celebrar el día de las mujeres

como si el mundo fuera liviano,

como si la noche no escondiera

una despedida entre sus pliegues.

Cenamos, hablamos,

pero el aire tenía algo extraño,

una grieta invisible

que solo el corazón sabía leer.

Más tarde, en la penumbra de tu cuarto,

cuando la luz ya no defendía las mentiras,

me abrazaste

y tus palabras cayeron despacio:

“Soltame… dejame libre.”

Lloraste mucho.

Yo pregunté lo que no quería saber,

y tu respuesta fue un cuchillo tranquilo:

ya no estabas enamorada.

Entonces me levanté.

Sin ruido.

Como se levantan los que entienden

que no hay nada que discutir con el final.

Me vestí, tomé mis cosas,

y abajo esperamos el taxi

sentadas lejos,

como dos extrañas

que alguna vez se supieron de memoria.

Los ojos se me llenaron de agua,

pero no lloré.

Cuando llegó el taxi

abriste la puerta de tu edificio,

te abracé,

te di un beso

y te dije que eras una gran mujer.

Después me fui

con el corazón intacto por fuera

y roto por dentro.

Ahora escribo esto

y siento nostalgia, tristeza,

y también algo que me sostiene

como una columna silenciosa:

la dignidad.

Porque amar también es soltar

aunque no haya sido mi decisión.

Porque el enamoramiento se va,

pero quedan otras cosas…

y a vos

no te gustó lo que quedó.

Así que te dejo ir,

como pediste.

Con esta extraña lucha en el pecho

entre desear no verte nunca más

y desear exactamente lo contrario.

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