El día nos trae lluvia y la noche quizá siga llorando en medio de la obscuridad, no se verán sus lágrimas, pero se escuchará la caída de las gotas sobre la tierra ya húmeda. Los animales nocturnos se incomodarán por el frío y la lechuza olvidará que hoy también debe rezar. Los murmullos de las ranas se mezclarán con el sonido de la lluvia y los amantes se besarán hasta quedar saciados.

Besos recorriendo la piel, danzando en el vientre y perdiéndose en el abismo del deseo ardiente. Manos inquietas se entrelazan con suspiros entrecortados, trazando caminos de fuego en la oscuridad, mientras el ritmo de la lluvia marca el compás de su pasión desenfrenada. Se entregan el uno al otro en un baile de caricias y susurros, donde el tiempo se detiene y solo existe el éxtasis del momento, una sinfonía de placer que se funde con el llanto de la noche. Déjame morderte el corazón, quiero besar tus latidos con mi boca y sentir que pierdes el aliento entre mis manos, porque has sido hecha para nutrir a este egregor hambriento, este ser al que le rezaste fervientemente pidiendo amor y devoción. Soy tu devoto amante, soy el Dios de tu corazón, créeme en mi como crees en la vida y yo te devolveré a la ceniza.

Cuando desperté sentí un sabor ferroso en la boca, al encender la luz y limpiarme la boca pude ver como la sangre brotaba de mis labios, sentí dolor en mis costillas. Me levanté la camisa para revisar y encontré moretones aparentes a mordidas.

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