LO QUE QUEDA DE UN HOMBRE

LO QUE QUEDA DE UN HOMBRE

Xavier Pardell

08/03/2026

El tiempo aquí arriba no pasa. Se queda. Se pudre en los bordes de las cosas, en la madera húmeda del porche, en la lata abollada que usas de cenicero aunque hace meses que no fumas. El aire sabe a piedra, a resina caliente, a tormenta retenida. Hay días en que el cielo se pasa horas amenazando y no cae una sola gota, como esos hombres que levantan la mano solo para recordar que podrían pegarte.

—Levántate.

Te lo dices sin ganas, pero te lo dices. La voz sale seca, de dentro, como si todavía hubiera alguien mandando en esta ruina. No es tu voz del todo. Se parece más a la de aquel comandante de mandíbula tensa que creía que el cuerpo de un hombre se arregla a base de órdenes. A veces piensas que no sobreviviste a ciertas personas: se quedaron viviendo dentro de ti y fueron expulsándote poco a poco.

Te incorporas despacio. La rodilla protesta. La espalda tarda en aceptar el día. Duermes vestido, por costumbre o por miedo, ya no sabes. En la cabaña hay olor a tela húmeda, a perro, a humo viejo atrapado en las vigas. Durante un segundo no recuerdas qué edad tienes. Luego decides que tampoco hace falta.

Has acabado hablándote en segunda persona porque el “yo” exige demasiada fe. El “yo” es para quien tiene testigos, fotos en un aparador, alguien que diga tu nombre desde otra habitación. Aquí no. Aquí eres una suma de hábitos: encender, cortar, guardar, vigilar. Eres la mano que aparta la cortina antes del amanecer. El oído que distingue una rama partida por el viento de una rama partida por otra cosa. El cuerpo que aún se levanta, aunque no encuentre motivos.

Empujas la puerta. Afuera, los pinos se inclinan unos sobre otros como viejos que comparten un secreto. El perro ya está despierto. Te mira con esa paciencia sin juicio que tienen los animales y luego bosteza, como si tampoco tú fueras para tanto. Le rascas detrás de la oreja. Tiene una cicatriz pequeña en el hocico, blanca y dura. No recuerdas de qué. Te gusta no recordarlo. Hay memorias que, cuando se borran, hacen un bien que nadie agradece.

Huele a tierra removida, aunque todavía no llueva. Geosmina, diría algún listo. Tú solo sabes que ese olor llega antes que el agua y que nunca se equivoca. Miras el cielo. Gris hinchado. Quieto. Un cielo con mala intención.

Coges el cuchillo y lo apoyas contra el culo de una taza rota. Ras, ras, ras. El sonido te ordena la cabeza mejor que muchas conversaciones. El filo importa. Qué corte limpio. Que no te falle la mano si un día hace falta. No piensas en qué clase de día sería ese. La prudencia, has aprendido, consiste también en no empujar ciertas imágenes hasta el final.

Abres la boca. La muela de atrás vuelve a doler. Siempre por la mañana, como si también ella tuviera horarios militares. Escupes al polvo, bebes de la botella templada y notas ese sabor a plástico, a sol estancado. Te dan ganas de reír, pero no llegas. Hace mucho que la risa se te queda a mitad de camino, como un coche averiado en una cuesta.

Abajo, en otro mundo, la gente estará entrando en oficinas, discutiendo en cocinas, mirando el móvil en el váter, pidiendo perdón sin sentirlo. Lo sabes y al mismo tiempo no lo crees. Te parece más improbable que un ciervo bajando por el barranco con un reloj en la pezuña.

Hubo un tiempo en que tú también estabas abajo. Coches. Facturas. Una mesa con marcas de vasos. Un hijo —o dos, según el día en que los recuerdes—. Una mujer cansada de hablar sola. Un teléfono que sonaba demasiado. Luego vino la grieta. No una gran tragedia, como les gusta contar a los demás para darle forma a la ruina. No. Fue peor: un desgaste. Una rendición por dentro. Empezaste a llegar tarde a todo. A las comidas, a las respuestas, al afecto. Un día te descubriste fingiendo interés con la cara de quien escucha una emisora lejana. Y después ya no supiste volver.

La gente cree que uno se marcha de golpe. No entiende nada. Antes de irte del todo, te vas retirando por habitaciones. Primero dejas de explicar ciertas cosas. Luego de discutir. Luego de tocar. Al final sigues sentado a la mesa, pero ya eres otra ausencia más entre los platos.

El perro levanta la cabeza. También tú. Hay un crujido entre los árboles. Esperáis. Nada. Quizá una rama. Quizá un zorro. Quizá esa clase de miedo que necesita muy poco para ponerse a andar. Te has vuelto bueno en eso: en sospechar. Tus sentidos trabajan más que tus pensamientos. Oyes lejos. Hueles lejos. Duermes poco. Los médicos pondrían nombres. Tú no. Nombrar demasiado las cosas es una manera de invitarlas a quedarse.

—Come.

Ahora sí te obedeces. Pan endurecido. Un trozo de queso. La mitad de una lata. Masticas sin hambre, por continuidad. El perro recibe su parte y la devora con gratitud brutal, sin hacerse preguntas, como debería hacerse todo en esta vida. Lo miras un momento. A veces piensas que él te salvó. O que te impidió terminar de hundirte. O que simplemente estaba allí cuando ya no quedaba nadie. Que viene a ser casi lo mismo.

El sol asoma entre dos nubes, enfermo, sin fuerza. No sabes si es media mañana o casi tarde. El tiempo dejó de servirte cuando nadie volvió a esperarte. Desde entonces vives en un noviembre sin calendario, una estación torcida donde siempre parece que algo ha terminado hace poco y otra cosa desagradable está por empezar.

Te sientas en el porche. Cruje la madera bajo tu peso. El perro se tumba a tus pies y empieza a rascarse con una furia metódica. Miras el valle. A esta distancia, incluso las casas parecen razonables. Incluso la vida de otros parece poder sostenerse. Pero ya sabes lo que pasa cuando te acercas demasiado: se oyen las voces, las promesas, los reproches, las pequeñas humillaciones del cariño.

No echas de menos a la gente. Echas de menos, a veces, la posibilidad de no desconfiar.

Eso es peor.

Una mosca se posa en tu muñeca. No la apartas. El viento cambia. Trae frío. Luego un trueno, muy lejos, como un armario arrastrado en el piso de arriba del mundo. Cierras los ojos un instante. Hay una paz extraña en este desgaste. No una paz limpia. No, algo digno de envidiar. Más bien un acuerdo miserable entre tú y los días: ellos no te preguntan nada, tú no les pides nada tampoco.

Cuando anochezca, tendrás que entrar leña, revisar la trampa del conejo, aunque hace una semana que no cae nada, mirar otra vez el cierre de la puerta. Harás lo de siempre. Te moverás dentro de esta rutina de piedra como un insecto dentro de su cáscara.

Y, sin embargo.

A veces, justo antes de que caiga la noche, cuando el monte se queda inmóvil y todo contiene la respiración, sientes algo parecido a la libertad. No la de los libros. No la de los discursos. Otra cosa. Una libertad sucia, sin testigos, sin futuro, sin nombre. La libertad de no tener que representar a nadie.

Luego pasa.

Vuelve el frío. Vuelve el cuerpo. Vuelves tú, o lo que quede de ti.

Y eso basta.

Xavier Pardell Peña

Etiquetas: ermitaño

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