Un hombre acudió a un psicólogo porque lo perseguía una inquietud que, como tantas otras, parecía trivial y a la vez infinita.
Cada noche, al acostarse, lo asaltaba una sospecha: debajo de la cama había alguien. Entonces descendía al suelo para comprobarlo, y desde ese ángulo la sospecha se invertía: ahora el intruso estaba arriba, sobre el colchón. La realidad, como un espejo mal dispuesto, duplicaba su temor.—Doctor —dijo—, temo haber entrado en ese laberinto donde la imaginación derrota a la razón.El psicólogo, hombre de métodos pacientes y tarifas igualmente pacientes, respondió:—Lo trataré durante dos años. Tres sesiones por semana. Al final comprenderá que ese enemigo no existe.El hombre preguntó el precio y, al oírlo, prometió pensarlo. Como sucede con tantas promesas humanas, no volvió.

Meses después el azar —ese discreto arquitecto de los encuentros— los reunió en una vereda cualquiera de la ciudad.—¿Por qué abandonó el tratamiento? —preguntó el psicólogo.—Porque un amigo me curó —respondió el hombre—. En una sola conversación.

El psicólogo, quizá ofendido por la eficacia ajena, quiso conocer el método.

El hombre respondió con una sencillez que a veces roza la filosofía:

—Me dijo que cortara las patas de la cama.

Y así se resolvió el problema, no mediante el largo análisis de los fantasmas, sino mediante la eliminación del escenario donde esos fantasmas podían imaginarse.

Sospecho que esa pequeña historia encierra una verdad incómoda: muchos de nuestros laberintos no están en la mente, sino en los muebles que elegimos conservar.

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