De los defectos de la vida y de la muerte,
solo conozco dos ingratos argumentos:
el de la vida que resiste por pura vanidad,
y el de la muerte que traiciona con total impunidad.
La equidad ha ser otorgar lo merecido, …
a la muerte se le dan la oscuridad, los tropiezos y el olvido;
y a la vida se le otorgan los partos sosegados,
los llantos extraviados de repente, y la esperanza de ponerlos en su sitio.
Entregar lo que pertenece al mar con subterfugios:
el vuelo de la pálida gaviota, o la espuma que bordea las orillas,
sin dar a las rocas, absolutamente nada,
ni tan siquiera, una sola de sus amargas soledades.
Todas quieren la perfecta realidad que los alude,
y que acaparan cada una, nuestra impávida atención.
Aunque en estas inmóviles verdades:
mar, gaviota y rocas solas,
las palabras del final de todas ellas, la más última de todas,
nunca consiguió esa mínima embriaguez,
ni las terca sobriedad que rozan las alas del ave,
cuando resbalan por el aire y tienen al fin, de fondo,
al mar.
Con la muerte no se para el corazón,
sigue latiendo, con empecinados sonidos sostenidos,
abrazado de ilusiones ya olvidadas,
como cuando las brasas del carbón que se escaparon,
con la misma sencillez nos van quemando.
En cambio, hay cuerpos vivos que ni tan siquiera laten,
solo han sido diseñados por jurisprudencia,
para que nadie nos contagie la ambición,
que llevamos a veces adosadas en el envés de la razón.
Si alguien quisiera construir algo de mí,
tal vez me hará mejor de lo que he sido.
No dejaré detrás la más pequeñas de mis dudas,
ni un solo dedo de mis manos grises,
ni los papales que pernoctan de la cesta,
de ese desorden de aprendiz con cicatrices.
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