Vivo solo en la más absoluta de las soledades. No lo digo con orgullo ni con pena: lo digo como quien enuncia una ley física, algo tan inevitable como la gravedad o el desgaste de las horas. En esta casa —que es apenas un pequeño universo de habitaciones, puertas y silencios— hay un orden que parece natural: las tazas en su sitio, los libros alineados, las persianas obedeciendo a la luz de la mañana.
Pero ese orden tiene un origen secreto: yo.
Soy yo quien decide cuándo se enciende una lámpara, cuándo se abre una ventana, cuándo el día comienza realmente. Soy yo quien administra los tiempos invisibles de la casa: el momento del café, la pausa de la tarde, la resignación de la noche. Podría decirse que gobierno este territorio mínimo con la discreta tiranía de los hábitos.
Y sin embargo hay una paradoja —una de esas que hubieran entretenido a Jorge Luis Borges—: el gobernador de este pequeño reino está condenado a desaparecer.
Algún día no voy a estar.
Entonces la casa seguirá existiendo, pero su orden se volverá sospechoso. Las tazas ya no sabrán dónde ir, las puertas se abrirán menos, los relojes continuarán su marcha indiferente pero sin testigos. El tiempo seguirá siendo tiempo, aunque ya no tenga a quien administrarlo.
Tal vez todas las casas sean así: laberintos gobernados por un único habitante que cree, por costumbre, que ese gobierno es eterno.
Pero la verdad —esa verdad silenciosa que vive en los relojes— es que el orden doméstico no es más que una breve ilusión organizada por alguien que, tarde o temprano, faltará.
Y acaso esa sea la definición más precisa de la soledad:
ser el único soberano de un reino que sabemos, desde el principio, que heredará el vacío.
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