El Buzón de las Llaves Perdidas

El Buzón de las Llaves Perdidas

Le dio el sobre cerrado. Dentro, una llave. No la de su casa, sino la del buzón de correos de la calle principal. “Para cuando te canses de esperar”, dijo ella. Olía a jazmines mojados por el rocío de esa madrugada.

Él sostuvo el metal frío en la palma de la mano mientras veía cómo se alejaba. El taconeo de sus botas sobre el adoquín fue haciéndose más leve, hasta confundirse con el rumor de la ciudad que despertaba.

Nunca había reparado en el buzón. Era de hierro verde, con la pintura descascarada. Cada día, durante un año, pasó frente a él sin detenerse.

Una tarde de lluvia, con el agua resbalando por su nuca, metió la llave en la cerradura. Dentro solo había una hoja seca de magnolio. La sostuvo entre los dedos, sintiendo su textura quebradiza.

Esa noche volvió a casa y encontró la ventana de su dormitorio entreabierta. El viento movía la cortina. En la almohada, una ramita de jazmín.

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