El reloj de pared marcó las dos de la tarde con un golpe seco. Desde su estudio, atestado de expedientes, el abogado Humberto Abanto ajustó la corbata frente a la pantalla. La audiencia contra Rospigliosi estaba por comenzar. Todo era rutinario: la conexión virtual, los códigos de acceso, el silencio de la sala vacía.
Sin embargo, algo perturbaba el orden. Un sobre de manila, sin remitente, descansaba junto al teclado. No recordaba haberlo abierto. Con la videollamada en espera, deslizó el contenido: una fotografía antigua, granulosa. Mostraba a una mujer joven, de rasgos familiares, en una sala de hospital infantil. Al dorso, una fecha: 15 de marzo de 1992. Y una frase manuscrita: «La verdad no prescribe, solo espera su juicio».
Un escalofrío le recorrió la nuca. Esa mujer… era Delia Espinoza, pero décadas más joven, y la niña que sostenía de la mano en la foto tenía un rostro que conocía perfectamente: era el suyo.
Un pitido agudo de la computadora lo sobresaltó. La jueza Carbajal ya había iniciado la audiencia. En la pantalla, la imagen de Espinoza aparecía serena. Abanto, pálido, observó el sobre otra vez. No era una prueba de la fiscalía. Era una llave.
Comprendió entonces que el juicio de hoy no era solo por difamación. Se trataba de un secreto que creía enterrado con su infancia, y que alguien, justo ahora, había decidido exhumar. La voz de la jueza le exigió conexión, pero él ya no escuchaba. Miraba fijamente la foto, preguntándose qué verdad estaba a punto de declararse, y si él sería el acusado o el testigo de su propio pasado.
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