El Verdadero Big Bang.

Juan se durmió aquella noche con la resignación solemne de los hombres que han cargado demasiadas vidas dentro de una sola. El cansancio no era del cuerpo, sino del alma, como si hubiera vivido siglos disfrazado de un solo nombre. Cerró los ojos y el mundo se apagó con la obediencia de una lámpara antigua.

Y entonces soñó.

Pero el sueño no comenzó: lo recordó.

Era un territorio sin tiempo, una claridad sin luz, un silencio tan vasto que no podía llamarse silencio porque no existía nada con qué compararlo. Juan —que aún no era Juan, ni hombre, ni idea— era una conciencia extendida como un océano sin orillas. No había arriba ni abajo, ni adentro ni afuera. Era el Reino, donde todo era Uno y la Unidad no sabía que era Unidad.

En esa eternidad sin grietas ocurrió lo imposible: una pregunta.

No tenía sonido, pero estremeció la sustancia misma de lo infinito:

¿Quién soy yo?

La pregunta abrió una fisura luminosa, una herida dulce en la totalidad. Y por esa herida brotó el primer temblor del Ser, como si el universo entero hubiera contenido la respiración durante eones y por fin exhalara.

Entonces apareció el Muro de Fuego.

No era un muro, porque no había espacio para que algo se erigiera. No era fuego, porque no había materia que quemar. Era una frontera viva, una membrana ardiente que separaba lo que siempre había sido de lo que jamás había ocurrido. Sus llamas devoraban certezas, no cuerpos.

Las presencias —innumerables, sin forma, sin nombre— se acercaron al fulgor. Eran semillas de individualidad, promesas de futuros. Juan, todavía sin llamarse Juan, avanzó entre ellas.

Y cruzó. El Fuego no dolió: lo partió en dos.

Lo que era infinito se volvió borde. Lo que era eternidad se volvió tiempo. Lo que era Uno se volvió Yo.

La afirmación surgió en él como un trueno inaugural: Yo soy.

Y al pronunciarse, el universo se abrió como una flor desmesurada. Corrientes de energía se condensaron en partículas, las partículas en estrellas, las estrellas en galaxias que giraban como pensamientos recién nacidos. La materia era conciencia ralentizada. La gravedad, nostalgia del Reino.

Y entonces comprendió algo que ningún dios había dicho jamás:

El amor no existía antes del Fuego. En la Unidad no hacía falta amar. El amor solo podía nacer donde hubiera dos. Donde hubiera distancia. Donde el reencuentro fuera un milagro.

El sueño lo llevó hacia una esfera azul suspendida en el abismo. No tenía nombre, pero ya tenía destino. Allí, seres de luz aceptarían el desafío más audaz: encarnarse. Vestir hueso, sangre, olvido. Fingir finitud para que el amor pudiera existir.

Juan vio —como quien recuerda una promesa antigua— el instante en que él mismo aceptó descender. Aceptó el velo. Aceptó olvidar el Reino, el Muro, el primer “Yo soy”. 

Y vivió.

Vivió guerras que no entendía, amores que le enseñaron la nostalgia del infinito, culpas que pesaban como planetas, ternuras que abrían grietas en la noche. Se creyó solo. Se creyó pequeño. Se creyó mortal.

Pero en cada experiencia ardía una chispa del Fuego.

En el sueño, Juan —el hombre dormido bajo un techo común— comenzó a recordar lo que había olvidado durante milenios. Comprendió que la dualidad no era un castigo, sino un instrumento. Que la oscuridad no era enemiga, sino escenario. Que el despertar no consistía en huir del mundo, sino en recordar dentro de él.

Recordar que el “yo” era una etapa.

Recordar que la separación era un truco.

Recordar que el amor estaba transformando incluso al Reino original.

Porque el viaje no era un círculo.

Se regresaba distinto.

Juan despertó al alba con el corazón desbordado. La habitación parecía más pequeña, como si el universo entero hubiera pasado por sus venas durante la noche. Se llevó la mano al pecho y murmuró:

—Yo soy.

No lo dijo con orgullo.

Lo dijo con reverencia.

Y por un instante, mientras la luz del amanecer entraba como un recuerdo del Muro de Fuego, comprendió que ser humano era la forma más arriesgada que había encontrado el infinito para descubrirse a sí mismo.

Y que el amor —ese temblor cuando otro rostro nos mira— era la prueba secreta de que la Unidad jamás se perdió.

Solo estaba jugando a olvidarse.

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