He resuelto —no sin cierta perplejidad— interrumpir el incesante inventario de mis ruinas. No ignoro que el pasado es una biblioteca obstinada: uno cierra un volumen y otro, silencioso y polvoriento, cae desde un anaquel superior. Durante años me he creído su lector; ahora sospecho que he sido su cautivo.
Hay, en los sótanos de la memoria, una acumulación que no es de hechos sino de sombras. No se trata de los episodios —que acaso fueron triviales— sino de la persistencia con que regresan, como si aguardaran turno en un corredor infinito. He tolerado esa procesión con la cortesía de quien no desea contrariar a los muertos. Pero los muertos, aprendí tarde, no se ofenden: somos nosotros quienes nos desangramos en su nombre.
La pausa que me impongo no es olvido. El olvido es una forma de la arrogancia; supone que el universo puede prescindir de sus pruebas. Esta pausa es otra cosa: un acto mínimo de higiene espiritual, una tregua concedida al hombre que fui por el hombre que todavía soy. No destruiré los viejos papeles; los guardaré en una caja sin rótulo, como quien deposita un arma descargada en el fondo de un cajón.
Quizá toda vida sea un laberinto cuya salida no consiste en hallar el centro, sino en aceptar que no estamos obligados a recorrer cada pasillo. He caminado demasiados, algunos con la obstinación del penitente. Ahora me permito la herejía de detenerme.
Si el tiempo es, como sospecharon ciertos teólogos, una vasta repetición, esta pausa ya ha ocurrido y volverá a ocurrir. Tal vez en otro instante —que es el mismo— un hombre fatigado decide no seguir excavando en su propio subsuelo. Ese hombre no se redime ni se condena: simplemente respira.
Y respirar, he descubierto, es también una forma del coraje.
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