Mi alma se perfila como el océano que vive en soledad siempre en un baile continuo con las olas, más allá de toda ira que pueda despertar durante la tormenta, en las profundidades es manso, en las profundidades no hay nada más que calma, nada más que silencio y una dócil oscuridad.

En esa oscuridad nadie se sumerge a investigar por el miedo a lo desconocido. Ese miedo que resuena en las fibras del ser humano, quizá una pobre curiosidad inspirada por el ocio venga de vez en cuando a explorar, pero este océano se ha cansado de recibir las mismas miradas de  incógnita incongruente.

Las cosas que no haré en este tiempo impreciso vienen de los susurros que el viento les ha dado a las olas, me han contado que los viajantes piensan que el océano se ha sumido en un eterno silencio y que a veces llevado por la inspiración del rayo se pone a bufar en contra de inocentes navegantes, todo aquello tan solo es un devenir, una conversación cargada de verdad que a los navegantes no les agrada.

Innegable es que a nadie le gusta que le griten la verdad, en especial a este océano en apariencia iracundo, pero que en realidad es más dócil que la arena que abraza la inmensidad. Toda crítica le ha convertido en el villano del cuento contado por los viajantes, las villanías de las que pueden acusarle son: reaccionar al impulso de existir, callar cuando no hay nada que decir, huir de la falsedad, dormitar ante la necedad… Simplemente dormitar, dejar hacer y dejar pasar todo aquello que tiene que pasar, porque hay cosas que no se pueden remediar, hay situaciones que no se pueden mejorar, tan solo se deben aceptar y este océano lo deja ser, todo lo que tiene que ser que sea y dejadme de vez en cuando gritar en la tormenta.

No hay más, nunca hubo más.

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