Me encuentro sentado en el centro de mi universo,
a veces estoy entristecido por mis errores,
a veces arrepentido por las maldiciones que emané en cada verso.
Mi aliento está congelado, mis pulmones con grietas y parches.
Rodeado de un ambiente tóxico,
una penumbra que cubre desde el rostro hasta mis pies.
Toxicidad causada por la envidia y las banalidades que se cuantifican.
Un negocio que desaproveché y me estanqué en el rechazo.
Al mirar mis manos, noto que están destrozadas.
Mi cuerpo posee miles de heridas, en ocasiones por ser héroe,
en otros momentos, por ser el villano necesario.
No sé qué hacer.
Una voz grita que me sumerja en la vergüenza,
Mirar al inmenso cielo; roto, sin luz del sol, y lleno de nubes negras,
dejar que mis ojos se derritan por una lluvia ácida.
Para algunos maldita, para mí, misericordiosa.
Que mi cuerpo sea consumido por la fatalidad de mis propias entrañas.
Desde hace tiempo estoy desorientado.
Mi pena aqueja el corazón de las personas que me aman,
y enfatiza al mundo el acceder a rendirse ante lo adverso.
Me encuentro en la etapa para ahogarme en la decepción. Bajo la culpa.
En donde se prefiere la agonía a seguir respirando. A seguir intentando.
Porque mis pisadas ya no tienen importancia,
eso es lo que siento cuando mi cabeza se confunde o cuando ya estoy agotado.
Agotado de ser tan fuerte. Agotado de llegar al equilibrio.
Ese es mi sentir cuando me quedo sin combustible,
zapatos vacíos, y ojos llenos de lágrimas que no pueden deslizarse y se quedan atrapadas.
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