Mis dolores
me mordieron la lengua.
Aprendí a vomitar muy joven,
una bulimia contestataria,
un idioma torcido
que hablaba por mí.
Sabía que estaba herida,
sabía que mi cuerpo gritaba.
No era solo por calorías ni moldes:
era una urgencia feroz
de quedarme vacía,
seca,
de arrancarme lo que dolía,
de expulsar mis propios órganos
si era necesario.
Tenía tanto que decir
que me desgarré por dentro.
Ahora escribo;
entonces,
fui una kamikaze adolescente
buscando apagarse,
no por deseo de morir,
sino por una soledad infinita.
En mi cabeza,
el silencio gritaba.
Grito y silencio,
de la mano,
bailaban sobre mi cuerpo.
Y yo vomitaba.
Vomité mis penas podridas,
mi rabia,
mi hambre,
mi miedo.
No tenía palabras
para explicar mi dolor.
A los trece años fui al psicólogo:
en cinco minutos me levanté,
golpeé la mesa
y grité:
“Usted no puede ayudarme.
Nadie puede.
Solo yo.”
Qué injusto:
una niña sintiendo que su dolor
era culpa suya.
Yo, hija del neoliberalismo,
creyendo que la pobreza
era un defecto personal
y no un crimen del sistema.
Entonces vomitaba,
porque no sabía hablar.
Era mi forma muda
de gritar en el baño,
de creer que así sería delgada,
de creer que así estaría a salvo.
Qué desfortuna
haber pasado eso sola:
sin padres,
sin luz,
sin recursos.
Pero no estaba del todo sola.
Había manos que me sostenían
mientras el vómito me corría por la boca.
Mi vecino Juan y su hija Edith;
la Pamelita;
la vecina Charo;
la tía Pepa;
una profesora que me llevó leche cuando me enfermé;
mis amigas;
mi hermano;
la tía Anita;
el tío Pato;
mi tía Mónica.
Me vieron
cuando yo pasaba invisible por la vida.
No salí del barrio por mis méritos;
nadie sale solo.
Subí porque me sostuvieron.
Mis padres no siempre pudieron;
no los culpo:
su vida les pesaba demasiado.
Cuando ellos no estuvieron,
la comunidad abrió los brazos.
Es mentira
que podamos solos.
Hace falta cariño,
abrazos,
oportunidades
que a veces no llegan nunca.
El trauma todavía ronda mi casa,
Pero ya no le temo.
Si golpea mi puerta,
no me escondo: no me resisto.
Lo dejo entrar, le hago una reverencia y le sirvo un té.
Conversemos, le digo.
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