Entierra mi cuerpo

Entierra mi cuerpo

Aurelio

28/02/2026

En las noches destrozadas de Ucrania, cuando el cielo se abre en fuego, alguien susurra entre los escombros:

“Entierren mi cuerpo
Señor, no me importa dónde…
Porque mi alma vivirá
Con Dios, oh.”

No lo dice con resignación, sino con una dignidad desarmada.  Lo dice una madre que cubre a su hijo con su abrigo mientras el frío y la metralla golpean.  Lo dice un joven que ayer soñaba con estudiar ingeniería y hoy cava trincheras con manos que deberían sostener libros.

En Gaza, bajo las ruinas y el polvo que lo cubre todo, la oración se mezcla con el olor a ceniza y a muerte reciente. Allí también se oye:

“Guíame, guíame.
¿Por qué no me guías en medio del aire?
Y si mis alas me fallan
¿No me darás otro par?”

Las alas fallan cuando no hay espacio para volar.  Fallan cuando la escuela se convierte en refugio y el refugio en tumba.  Pero la pregunta sigue elevándose, terca, como un hilo que la guerra no ha logrado cortar.

Y en las calles de Irán, donde el miedo velado y la esperanza caminan juntos, otra voz repite casi en secreto:

“Mi alma, mi alma, mi alma
Va a vivir con Dios.”

No importa si ese Dios se nombra Alá, Yahvé o Padre.  No importa si se reza de rodillas, de pie o mirando un cielo encendido.  Las víctimas anónimas comparten el mismo temblor en las manos y el mismo peso en los cuerpos rotos.
Son cristianos, musulmanes, judíos. Son creyentes cansados y quienes ya no creen en nada más que en el abrazo perdido de sus hijos.  Son los “daños colaterales” que nunca eligieron bando. Los que no diseñaron mapas ni firmaron órdenes.

Ellos repiten:

“Entierren mi cuerpo,
Señor, no me importa dónde.”

No es deseo de morir.  Es una forma de decir: no podrán enterrar mi dignidad.  No podrán sepultar mi alma bajo su avaricia.  Mientras los poderosos hablan de estrategia, ellos hablan de pan y de sed.  Mientras unos calculan pérdidas “aceptables”, otros cuentan nombres, uno por uno.

Hay rebeldía en esa fe. Una rebeldía silenciosa, indestructible.  Es negarse a que el odio sea lo último que quede.

“Está bien. Está bien.”

Está bien porque el alma no entiende de fronteras.  Porque el amor, incluso entre ruinas, siempre sobrevive.  Porque cada víctima anónima está desobedeciendo la lógica del odio.  Entierren el cuerpo donde quieran, dicen las voces.
Pero el alma —esa alma que reza distinto y late igual— no pertenece a ningún ejército.

Y mientras alguien, en cualquier rincón bombardeado del mundo, siga cantando entre lágrimas:

“Mi alma va a vivir con Dios…”

La guerra no habrá conseguido lo que más desea: convencer al ser humano de que ya no vale la pena creer en la vida, rece a quien rece.

Entierra mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Porque mi alma vivirá
Con Dios, oh.
Entierra mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Porque mi alma vivirá
Con Dios, oh.
Guíame, Jesús, guíame.
¿Por qué no me guías en medio del aire?
Y si mis alas me fallan
¿No me darás otro par?
Por favor, Dios, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Porque mi alma vivirá
Con Dios, oh, dije que está bien.
Sabes que está bien. Está bien.
Entierra mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo
Porque mi alma vivirá
Con Dios, oh.
Guíame, Jesús, guíame.
¿Por qué no me guías en medio del aire?
Y si mis alas me fallan
No lo haré. ¿Me proporcionas otro par?
Por favor, Dios, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo.
Señor, no me importa dónde.
Entierren mi cuerpo.
Porque mi alma va a vivir.
Con Dios, oh, dije está bien.
Mi alma, mi alma, mi alma
Va a vivir con Dios.

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