El cartero dejó la carta en el buzón, como cada mañana. Daniel la recogió al salir, sin detenerse. Era un sobre amarillento, sin remite, con su nombre escrito a máquina. No le dio importancia; quizá era publicidad. La guardó en el bolsillo y siguió caminando hacia la estación.
Esperaba el tren cuando reparó en el sello. Mostraba la efigie de un hombre con bigote, pero el rostro le resultó vagamente familiar. Demasiado familiar. Como si se mirara en un espejo empañado. Al dar la vuelta al sobre, una mancha de humedad oscurecía el papel. Bajo ella, adivinó una fecha: 14 de marzo de 1987. El día que nació.
Un escalofrío le recorrió la nuca. Rasgó el sobre. El papel interior era áspero, casi de pergamino. Una sola frase, mecanografiada con una cinta gastada: «No subas al tren de las 8:15».
El altavoz anunció la llegada. Daniel levantó la vista. El convoy se acercaba, lento, las luces parpadeantes. En la ventanilla del primer vagón, un hombre lo miraba fijamente. Llevaba un sombrero de ala ancha y un abrigo oscuro. El hombre levantó la mano y presionó la palma contra el cristal. Daniel sintió el frío del vidrio en su propia piel.
El tren se detuvo. Las puertas se abrieron con un suspiro mecánico. El hombre del sombrero bajó. Caminó hacia él con paso firme. Al detenerse frente a Daniel, el sol de la mañana iluminó su rostro. Era el mismo hombre del sello.
Era él mismo, pero con treinta y ocho años más.
—No lo hagas —susurró el anciano, con su propia voz—. Yo ya lo intenté.
Daniel miró el sobre, luego al viejo, luego el tren que exhalaba vapor a sus espaldas. Cuando volvió a mirar al frente, ya no había nadie. Solo el eco de un silbato alejándose, y en su mano, la carta que ya comenzaba a desintegrarse como si hubiera viajado décadas para encontrarle.
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