Mira, un pelado en tanga!

Mira, un pelado en tanga!

Bernardo Parisi

27/02/2026

Desperte ese dia con una mezcla de ansiedad, miedo y curiosidad por que por primera vez iba a probar hongos alucinógenos. Me encontraba de vacaciones con mi novia en Miramar, una localidad ubicada a 30km de Mar del Plata.

Prepare el café y, aunque me levante con hambre decidí no comer nada, por lo que había leído consumir hongos puede revolverte el estómago, prefería evitar el mal viaje de vomitar drogado. Mi novia se preparo tostadas con huevo revuelto, ella había decidido no consumir nada por que le asustaba un poco el asunto y a mi, mas allá de no ser propenso a mal viajar con sustancias, me relajaba saber que alguien podía sostener la situación si se torcía.

Un poco antes de medio dia llegaron Sofi y Seba, una pareja amiga de hace años y en este caso también proveedores de los hongos.

Ellos ya habían consumido previamente y hoy lo volverían a hacer, nunca habían tenido experiencias malas pero si fuertes.

A Sofi el consumir hongos la llevaba a niveles de introspección muy profundos que hasta podrían describirlos como sesiones de algún tipo de aprendizaje, autoconocimiento y aumento del radio de perspectivas. Seba por su parte, dueño de una calma imperturbable y de una tolerancia a las drogas sorprendente, cerraba los ojos veía colores, se reía y dormía.

Subimos al auto y manejé hasta una playa de acantilados donde casi nunca hay nadie. Me parecía el escenario perfecto: sol alto, mar abierto, piedra y horizonte. Si necesitábamos sombra, bastaba con acercarnos al reparo de las rocas.

Estacionamos en lo alto del acantilado y comenzamos a descender cargados con reposeras, mochilas, heladera y bebidas. Y aunque con las ojotas de suelas lisas el resbalón estaba asegurado llegamos a la arena sin caídas en el expediente.

Me sorprendió ver algo de gente. Dos chicas acostadas sobre la arena con un caniche que no paraba de ladrar. Y más cerca del acantilado, un hombre de espaldas vaciando su mochila contra la pared de piedra.

Nosotros avanzamos unos metros más y nos instalamos. Clavé la reposera mirando al mar. El ruido del agua era constante, limpio. El sol caía directo, sin nubes que interfirieran.

Ya con todo acomodado decidimos consumir los hongos. Llamativamente, la más nerviosa era mi novia. Entiendo que, al trabajar en la salud, sabía mejor que nadie lo que podía pasar con tres personas muy drogadas. Mi única consigna fue clara: que no nos dejara meternos al mar.

El sabor era horrible. Terroso, húmedo, como masticar corteza mojada. Lo bajé con un trago largo de agua y me quedé esperando. Durante unos minutos no pasó nada. Hablábamos de cualquier cosa, chequeando entre nosotros señales invisibles.

El cambio no llegó como una ola sino como un ajuste fino.

Primero fue el sonido. El mar dejó de ser fondo y pasó a primer plano. Cada rompiente parecía tener relieve propio, como si pudiera distinguir capas dentro del mismo ruido. minutos después, estaba en un viaje interno potente pero que sentía bajo control. Me sumergía en mis pensamientos sin oponer la menor resistencia.

Al principio lo que veía era una masa roja, verde y negra que se estiraba y se plegaba sobre sí misma como formando un túnel. Las formas empezaron a insinuarse de a poco. No eran figuras definidas, más bien intentos de figuras, como cuando miras las nubes y el cerebro insiste en encontrar patrones.

Tengo que admitir que más allá de mi nula suscripción a lo esotérico llegue a vincular algunas visualizaciones muy abstractas con vidas pasadas. Al abrir los ojos, los colores eran apenas más brillantes, como si alguien hubiera subido un punto la saturación del mundo.

Vi a las dos chicas meterse al mar. Gritaban bastante y se reían todavía más fuerte, probablemente fumadas. El caniche ladraba desde la orilla indignado. Un poco más allá, el hombre que había visto antes estaba dentro del agua. Desde donde estaba yo alcanzaba a notar que era pelado.

Empezó a salir del mar cuando fui el primer testigo de un detalle peculiar: la sunga que llevaba puesta estaba absorbida por los cachetes del culo con una agresividad tal que resultaba imposible culpar al mar o a una ola grande. Ni un tsunami podría ponerla en ese lugar, era claramente un trabajo manual y deliberado.

Salí de mi estado de contemplación y, todavía medio disociado, dije:

—Che… mirá, un pelado en tanga.

Todos miraron al unísono hacia el mismo lugar y las carcajadas empezaron a brotar sin resistencia.

Desde donde yo estaba, debía tener unos sesenta y pico de años. Mediría un metro sesenta y cinco, tenia las piernas chuecas formando un arco hacia afuera y físicamente parecía entrenado, compacto. Tenia un bronceado de esos que solo se logran después de unos meses en un lugar con costa.

No hubo discrepancias en el análisis grupal. A la distancia, la imaginación es generosa, y la nuestra lo ubicó rápidamente como un ejemplo a seguir. Eso sí: del culo para afuera.

Sin darle mayor importancia, volví a cerrar los ojos y seguí con mi viaje. Ya no era tan intenso. La percepción seguía ampliada, pero empezaba a acomodarse, como si el mundo estuviera regresando lentamente a su calibración habitual.

Al cabo de un rato noté que mi panza empezaba a quejarse. Recordé que no había comido nada en todo el día. Cuando lo mencioné, mis amigos confirmaron que estaban en la misma situación.

Decidimos comer algo ahí mismo, todavía instalados frente al mar. Abrimos la heladera, repartimos lo que había y apenas empezamos a armar los sándwiches se levantó un viento persistente cargado de arena y de tierra del acantilado, empezó a meterse en el pan, en el fiambre y en la boca.

En cuestión de minutos masticábamos con textura extra.

Sin discutir demasiado, levantamos campamento para ir a comer al auto.

Seba se adelantó y encaró una subida más empinada que llevaba directo al estacionamiento. Nosotros decidimos volver por el mismo camino por el que habíamos bajado. Eso implicaba pasar por delante de las chicas y también por la zona donde estaba el hombre de la sunga traviesa.

Empezamos a caminar y, de repente, vimos a una de las chicas correr hacia lo alto del acantilado y antes de que pudiéramos entender qué pasaba, la otra se nos acercó apurada.

—Chicos, nos robaron el bolso. Estábamos durmiendo y cuando nos despertamos ya no estaba.

La escuché incrédulo. Miré alrededor. La playa seguía siendo la misma de siempre: abierta, corta de gente, sin demasiados lugares donde desaparecer, la salida no era rápida ni accesible.

—Fíjense bien —le dije—. Tiene que estar por acá.

Mientras la chica volvia a revisar me percate de que el señor sunga ya no estaba entre nosotros, la asociación se hizo obvia y mi imagen de el cayo tan rápido como los Idolos cuando indagas mas de lo debido.

Confirmado, el bolso había desaparecido. Le decimos a la chica que se quede vigilando el resto de las cosas y corremos a lo alto del acantilado donde nos encontramos a la otra chica que tenia una mezcla de indignación, desesperación e incredulidad en la cara.

—¡El viejo en tanga fue! ¡Qué hijo de puta! ¿Dónde se habrá metido?

Había salido en malla, apurada, sin tiempo para nada más. Sus pechos operados reaccionaban con un leve delay a cada movimiento brusco mientras escaneaba el paisaje buscando al sospechoso. Yo intentaba concentrarme en lo que decía cuando, a unos cuarenta metros, vi a un hombre con gorro andando en bicicleta. La cara me resultaba conocida.

—Che… ¿no es ese el de la bici?

Casi sin mirar me contestaron:

—No, ¿qué va a hacer volviendo? Ya se debe haber ido a la mierda.

El tipo en bicicleta se acercaba cada vez más.

—Che, es ese.

La chica salió corriendo hacia él.

Yo me quedé quieto un segundo, mirando.

—Andá, te toca —me dijo Sofi.

Nunca fui muy valiente para estas situaciones. Tampoco me interesó serlo. Si veo una cucaracha, corro. Pero esta vez sentí, por primera vez con claridad, el rigor silencioso del mandato por ser varón.

Y bueno.

Corrí.

La tierra me entraba en las ojotas y todavía corría como si el cuerpo no fuera del todo mío. Los colores seguían en un punto de saturación extra y me brotaba una risa por lo absurdo de la situación que intentaba disimular. La chica no corría a un gran ritmo pero por supuesto que no iba a pasarla, me mantenía un metro atrás de ella esperando a ver cuál era su reacción . Lo alcanzo rápido.

Visto ahora con mayor claridad, a apenas un metro de distancia, el tipo estaba destruido. La nariz desviada, como si se hubiese comido una trompada de Tyson. Las piernas chuecas no le permitían superar los dos kilómetros por hora. Le faltaban un par de dientes. Y despedía un olor a alcohol etílico que con solo mirarlo ya te mareaba.

La chica lo empujo cuando el estaba intentando subirse de nuevo a la bicicleta.

—¿Dónde está mi mochila? —le gritó, incriminándolo sin escalas.

FIN PARTE 1

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