🌿 Mi Primer Recuerdo
Ahí estaba yo, siendo una niña de tan solo cinco años de edad.
Mi nombre es Daela y actualmente tengo 32 años, dos hermosos hijos y un perro.
Tenía apenas cinco años cuando comenzó este recuerdo que aún vive intacto en mi corazón.
Recuerdo que era una tarde soleada. Me encontraba con mi abuelo Tomás y mi hermana mayor, Valeria. Eran aproximadamente las cuatro y media o cinco de la tarde. Mi abuelo estaba cocinando mientras nosotras jugábamos en el patio, sin imaginar que nuestras vidas estaban a punto de cambiar para siempre.
De un momento a otro escuchamos gritos:
—¡Tomás, Tomás, corre, que se ha metido la guerrilla!
Recuerdo que estaba descalza. Mi abuelo se levantó de inmediato, nos tomó de las manos y salimos corriendo, internándonos en las montañas. No recuerdo cuánto tiempo pasamos huyendo. Solo recuerdo los gritos, los llantos… y cómo mi abuelo me tapaba la boca para que no me escucharan llorar y no nos encontraran.
Mi hermana Valeria lloraba conmigo.
Dormimos dos o tres noches en el monte, entre animales, frío e incertidumbre. Mi abuelo Tomás, mi hermana Valeria y yo. Éramos solo nosotros contra el miedo.
Después de esos días, llegamos a un claro donde había otras personas campesinas, como nosotros. Allí también estaba el ejército, que en ese momento representaba protección. Nos recibieron, nos dieron comida, mantas, ropa y un lugar donde descansar.
Duramos allí solo un día.
Mi abuelo nos explicó que existían personas malas, llamadas guerrilla, que lastimaban y mataban a personas buenas para quitarles sus cosas. Nos dijo que no estábamos seguros y que debíamos buscar refugio. Sin dudarlo, nos tomó de las manos y emprendimos otro viaje.
No sabíamos a dónde íbamos.
Recuerdo que a veces me cargaba, otras veces avanzábamos con burros. Fue un recorrido largo. Hasta que vimos un lugar distinto: casas, personas caminando tranquilas… una civilización.
Mi abuelo nos dijo que nos llevaría donde una tía paterna, Gabriela, quien tenía bajo su cuidado a nuestra hermana mediana, Laura.
No sabíamos que teníamos otra hermana.
Llegamos en la noche a una cabaña. Había varias personas en la terraza. Mi abuelo entró y luego salió diciendo:
—Aquí está su tía Gabriela.
Nos recibieron con abrazos, pero nosotras veníamos llenas de miedo. Cuando mi tía dijo:
—Allá está su hermana Laura.
Salió una niña hermosa, de piel morena, ojos grandes y marrones, cabello rizado y fuerte, hecho como bolitas de pimienta. Era delgada y de estatura mediana.
Yo pensé: “Guau, qué hermosa niña.”
Y entonces dijeron:
—Ella es su hermana Laura.
No la conocíamos. Yo no sabía que tenía otra hermana.
Laura solo dijo “hola”.
Valeria me abrazaba fuerte.
Valeria era más alta, delgada, de piel un poco más clara que Laura, ojos pequeños marrones y una nariz más estilizada. Compartían el mismo tipo de cabello.
Yo era la menor. Mi piel era más clara, mis ojos grandes, mi nariz más parecida a la de Laura y mi cabello rizado.
Esa noche dormimos pegadas a mi abuelo.
Al día siguiente, muy temprano, nos sentó en el patio y nos dijo:
—Hijas mías, yo tengo que irme. Su tía se encargará de llevarlas hasta donde su papá.
Yo no sabía que tenía papá.
Tampoco conocía a mamá.
Mi única figura paterna era mi abuelo Tomás, y la única figura materna que conocía era mi hermana Valeria.
Mi abuelo nos abrazó fuerte, me dio un beso en la frente y se marchó. Yo lloraba desconsoladamente, suplicándole que no me dejara. Pero me dijo que debía quedarme para tener la familia que él no podía ofrecerme.
Así lo vi irse.
Pasaron unos días difíciles. Laura al principio no nos quería. Me pegaba y Valeria me defendía, porque prácticamente ella me había criado. Mi madre me había dejado siendo apenas una bebé.
Un día, mi tía Gabriela nos llamó y dijo:
—Su padre viene mañana a recogerlas.
Sentí emoción y miedo al mismo tiempo.
Esa noche fue larga.
Al día siguiente, alrededor de las diez de la mañana, llegó un hombre alto, moreno, delgado. Su nariz y su cabello eran iguales a los de Laura y Valeria.
Mi tía dijo:
—Niñas, llegó su papá.
Se acercó, nos abrazó y lloró. Me levantó en brazos y nos dijo que ahora estaríamos con él, que todo cambiaría y que ya no volveríamos a vivir lo que habíamos pasado.
Esa noche se quedó con nosotras y nos dijo que viajaríamos a Cartagena, Bolívar. Mi tía vivía en Urabá.
Salimos temprano. Nunca había montado en bus. Me mareé y vomité mucho. Valeria me abrazaba y me cuidaba. Mi padre tenía una expresión fuerte, que me transmitía temor.
Después de muchas horas llegamos a un lugar completamente distinto. Casas de cemento, carros, ruido… un mundo nuevo para mí.
Nos llevó a una casa grande. Allí vivía un señor llamado Francisco con tres hijos. Nos asignaron una habitación pequeña con dos colchonetas en el piso. Las tres hermanas dormiríamos allí.
Yo tenía seis años.
Laura tenía nueve.
Valeria, doce.
Mi padre le dijo a Valeria que ahora ella se encargaría de cuidarnos y cocinar mientras él trabajaba.
Fueron días difíciles. Veníamos de un pasado doloroso y la mejora no era grande, pero al menos ya no huíamos de la violencia.
Y así terminó esa etapa.
Fue una montaña rusa de emociones en tan poco tiempo.
Aquí termina mi primer recuerdo.
Pronto compartiré mi segundo recuerdo. 🌿✨
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