Wilhelm Canaris, el valioso espía y colaborador de Franco

Wilhelm Canaris, el valioso espía y colaborador de Franco

El
futuro almirante y «as de espías» Wilhelm
Frank Canaris (1887-1945), tomó
contacto con el mundo hispano cuando era un joven oficial de la
Kaiserliche Marine, navegando
por las costas de México y Sudamérica
poco antes del inicio de la Gran Guerra, quedando prendado del idioma
español y la rica cultura hispanoamericana. Durante ese primer
conflicto mundial también conoció España, como agregado naval de
la Embajada alemana en Madrid, país que acabó amando hasta el punto
de elegirlo como su segunda patria. A raíz de la sublevación contra
la Segunda República, el ya director de la Abwehr
(la Defensa), el
servicio de inteligencia de la Wehrmacht,
estrechó sus lazos con
los militares insurrectos y se ganó la confianza y amistad del
general Francisco Franco, adquiriendo un protagonismo que resultó
decisivo dentro del llamado bando nacional y sus relaciones con la
Alemania nazi.

El
1 de septiembre de 1935 Canaris se entrevistó en Múnich por primera
vez con su homólogo italiano, el coronel Mario Roatta, un militar de
su misma edad, descendiente de judíos españoles y jefe del Servizio
Informazioni Militari

(SIM) y
la OVRA (Organización para la Vigilancia y Represión del
Antifascismo).
Canaris y Roatta, dos militares monárquicos, anticomunistas y
conservadores, sienten gran interés por nuestro país y acuerdan
compartir sus fuentes frente a la para ellos deriva revolucionaria
del régimen republicano. Esta relación de amistad les resultó muy
fructífera durante la Guerra Civil española, porque Canaris
mantenía contacto con sus amigos de la Península y durante el
verano había conocido en Madrid, en el despacho de José María
Gil-Robles, al general Francisco Franco, cinco años más joven que
él, al tiempo que en Berlín se relacionaba con el teniente coronel
Juan Luis Beigbeder Atienza, entonces agregado militar en la Embajada
de España y uno de nuestros pocos militares que hablaban
correctamente el alemán.

En
febrero de 1936, tras las elecciones que dieron la victoria al Frente
Popular, Beigbeder le presentó al general José Sanjurjo Sacanell
(1872-1936), exiliado en Portugal pero de visita en Berlín, donde
buscaba apoyos para la insurrección contra la Segunda República que
ya encabezaba. Canaris les prometió toda la ayuda posible a los
conspiradores, motivado por sus convicciones monárquicas y la
mencionada supuesta deriva del Gobierno republicano hacia los
postulados comunistas emanados de Moscú. Sin embargo, muerto
Sanjurjo el 20 de julio de 1936, en un accidente de aviación nada
más despegar del aeródromo de Cascaes y fracasado el golpe de
Estado del 18 de julio, Franco y el director de la conspiración, el
general Emilio Mola Vidal (1887-1937), solicitaron la ayuda
financiera y militar de los dos dirigentes que para ellos mejor
encarnaban su modelo de Estado autoritario: el Führer
Adolf
Hitler y el Duce
Benito Mussolini.

Por
delegación de sus respectivos gobiernos, Canaris
y Roatta fueron los intermediarios en Berlín y Roma de los militares
sublevados y ambos eligieron a Franco como el único interlocutor
válido de la Junta de Defensa Nacional (JDN) y sobre él recayó
toda su ayuda financiera y militar. Esto explica la preeminencia de
Franco sobre el resto de los generales conjurados y su elección como
Caudillo y jefe del Estado (mientras dure la guerra) en la reunión
de la JDN del 28 de septiembre de 1936 en el aeródromo de Salamanca.
Al parecer, la extrema crueldad con la que Mola y Queipo de Llano se
comportaban les produjo a Canaris y Roatta su total rechazo,
dejándolos de lado. Desde entonces, el director de la Abwehr
se convirtió en amigo y confidente del Generalísimo,
proporcionándole una fuente extra de información que se mantuvo
vigente durante toda la Guerra Civil y la SGM, compensando y
sopesando tanto las opiniones de su cuñado, el futuro ministro de
Exteriores Ramón Serrano Suñer (1907-2003), siempre a favor de las
potencias del Eje, como las propias del resto de sus generales y las
fuentes de los aliados.

El
SIFNE y la Abwehr

Dentro
del contexto revolucionario que propició la España republicana, muy
pocas personas de posición acomodada o profesionales de la clase
media, se sintieron a salvo de la represión que ejercían las
milicias en la retaguardia. Es conocido el pánico que en Barcelona
invadía al historiador Pere Bosch Gimpera al salir a la calle, o el
temor de Pompeu Fabra a la FAI. También es sabido que a raíz de su
labor humanitaria, tuvieron que exiliarse los consellers
Ventura Gassol y Josep Maria España. El miedo a la violencia y las
represalias sufridas en el entorno familiar y social propiciaron que
todas estas personas rechazaran la causa republicana y desearan la
victoria del ejército sublevado. Muchos optaron por huir a la
llamada zona nacional y otros, los menos decididos o afortunados,
tuvieron que sobrevivir encerrados en sus casas durante meses o años,
dentro de un contexto hostil y el miedo a la delación. Pero, los más
belicosos, muy pronto se integraron en la llamada Quinta Columna, un
conjunto de grupúsculos dedicados al espionaje, el sabotaje y la
desestabilización dentro de la retaguardia republicana, actuando en
connivencia con la Iglesia, la Falange y las redes de espías que
trabajaban a favor de las potencias del Eje. Fue el general Mola
quien los llamó «quintacolumnistas», volviéndose muy popular el
término para designar a todos los desafectos a la República.

Por su parte, la Junta de Defensa Nacional organizó el
llamado Servicio de Información de la Frontera Noreste de España
(SIFNE), su primer servicio de inteligencia que quedó a cargo de
veinticinco agentes con centros de información en Génova y las
localidades francesas de Marsella, Toulouse, Perpiñán, Cerbére,
Port Vendres, Le Perthus, Bourg-Madame y Luchón, además del
Principado de Andorra, por ser estos enclaves los principales puntos
de comunicación con España por mar y tierra. La aportación
económica de los agentes fue muy generosa, ascendiendo sus gastos a
unos 16.800 francos mensuales, destinados a pagar informes y comprar
voluntades. A instancias del general Mola, la dirección de estos
servicios se estableció en una habitación del Gran Hotel de
Biarritz, bajo la jefatura del conde de los Andes, Francisco Moreno
Herrera, quien actuaba de acuerdo con el embajador de la JDN en
París, José Quiñones de León. El SIFNE, casi sin medios ni
formulación oficial de ninguna clase, trabajó con mucha eficacia a
favor de la causa rebelde y prácticamente desde su fundación,
colaboró con los agentes alemanes e italianos llegados a España en
paralelo al desembarco de la Legión Cóndor y el Corpo di Truppe
Volontarie italiano (CTV), extendiendo su influencia por casi toda
la frontera pirenaica.

Desde
Biarritz, el 2 de octubre de 1936, el conde de los Andes facilitaba
al general Mola el plan de actuación completo de la frontera
catalana y los puertos del Mediterráneo. En su informe, decía
haberlo organizado con el abogado José Bertrán y Musitu, uno de los
hombres de confianza del político Francesc Cambó, antiguo ministro
del rey Alfonso XIII.
En el caso de Cataluña, la Guerra Civil
obligó al catalanismo conservador a una dura elección entre los
militares sublevados y una Generalitat en manos de revolucionarios
anarquistas y comunistas. De ahí que Cambó y sus principales
colaboradores, como el periodista Josep Pla, el mencionado Bertrán y
Musitu, el político Joan Ventosa y Calvell, o el escritor Juan
Estelrich, apostaron por una decidida pero secreta colaboración con
el cuartel general de Salamanca y luego de Burgos. Lo hicieron a
través de las redes de espionaje del SIFNE que Mola había
auspiciado, al igual que la oficina de propaganda exterior de Cambó
radicada en París. Ambas organizaciones se convirtieron en el germen
de los servicios de inteligencia de los franquistas, y en ellas
resultó una pieza clave Josep Pla, quien rentabilizó los contactos
que había establecido en sus tiempos de corresponsal en Europa y en
el Madrid de la Segunda República, con monárquicos, republicanos,
falangistas, separatistas catalanes y corresponsales extranjeros.

Casi
desde el principio, la Abwehr
y
la Gestapo adiestraron a los agentes de estos servicios. Recordemos
que la famosa máquina Enigma, para encriptar los mensajes y órdenes
militares del bando nacional la proporcionaron los alemanes, al
igual que la primera computadora española para fichar a los
desafectos del régimen franquista durante la posguerra, y antes de
que Canaris creara en 1939 sus famosas Kriegsorganisation
(Organizaciones de Guerra), repartidas por todos los países de
interés o conflicto para Alemania, la mayor de las cuales fue la
KO-Spanien,
al mando del capitán de fragata Gustav Wilhelm Leissner. Superando
en gran medida a los diplomáticos del Ministerio de Exteriores
alemán destinados en España, unos ciento setenta, la Abwehr
y
la Gestapo llegaron a controlar durante la guerra mundial a unos mil
quinientos agentes de primer nivel, repartidos por toda la Península.
Agentes como Leissner, Paul Winzer y Josef Hans Lazard, fueron las
figuras claves del espionaje germano que actuó en la zona nacional,
pero también figuras tan famosas como la modista francesa Coco
Chanel (1883-1971), colaboradora de los alemanes y agente F-7124 de
la Abwehr,
que
realizó en España algunas misiones en los años de 1941 y 1943,
cuando Canaris, el ministro Ribbentrop y el mismo Heinrich Himmler
buscaban una salida negociada con los aliados occidentales para poner
fin a la guerra y evitar la invasión soviética de Alemania,
recurriendo a Coco Chanel para hacerle llegar esta propuesta a su
amigo el premier Winston Churchill, a través de la Embajada
británica de Samuel Hoare en Madrid. En su mejor época, la red
KO-Spanien
sumó hasta 430 personas en plantilla, desarrollando el llamado
Grosse Plan (plan de propaganda) a favor de Alemania, además de
contar con cientos de colaboradores y contratistas. El propio Canaris
visitó a menudo nuestro país para comprobar la eficacia de la misma
y elaborar sus famosos informes que demostraban a Berlín la ruina
económica y militar en la que se encontraba la España de posguerra.

Primera
cita en Salamanca

A
finales de octubre de 1936, Canaris emprendió viaje hacia Salamanca,
provisto de un pasaporte argentino en el que figuraba el nombre de
Juan Guillermo, sin ser detectado por los republicanos ni la prensa
internacional. El recién nombrado Generalísimo de los Ejércitos y
Jefe del Estado le recibió de inmediato en su despacho del Cuartel
General, ubicado en el Palacio Episcopal, abrazándole efusivamente.
Esta fue la primera cita de Canaris concertada con Franco, a la que
siguieron otras varias para supervisar la marcha de la guerra y limar
las disputas que de vez en cuando se ocasionaban entre españoles y
sus aliados italianos y alemanes. El Caudillo llegó a apreciar y
confiar tanto en el almirante que solicitaba su intermediación cada
vez que surgía algún conflicto de envergadura, convirtiéndose en
un auxiliar imprescindible de su persona además de su principal
confidente.

De
manera oficial, Berlín y Roma reconocieron al Gobierno de Burgos el
18 de noviembre de 1936, pese al fracaso de la ofensiva sobre Madrid,
y los alemanes enviaron al general Wilhelm von Faupel como
responsable de las relaciones diplomáticas. El primer encuentro
entre Franco y Von Faupel, que tuvo lugar el 30 de noviembre, resultó
desafortunado y el Caudillo jamás confió en este militar prusiano y
arrogante, cuyos informes al ministro de la guerra Werner von
Blomberg, sobre las capacidades de las tropas nacionales y la
conducción de la guerra por parte del Generalísimo siempre fueron
pesimistas. El alemán aseguraba «que Franco, por su formación y
experiencia militar no es un general que esté a la altura necesaria
para conducir las operaciones bélicas en su complejidad y amplitud
actuales».

Esta
falta de sintonía y entendimiento entre ambos militares fue motivo
de muchas fricciones con los alemanes, y Canaris se vio obligado a
intervenir a menudo para reconducir la situación. El almirante
conocía bien los medios y resortes más adecuados para librar a
Franco de los problemas con los mandos alemanes que le eran
incómodos, y actuó como mediador entre Berlín y el Cuartel General
de Burgos siempre que resultó necesario. Así, libró a Franco de la
prusiana pedantería del general Faupel, cuyo puesto fue ocupado por
un diplomático de carrera y viejo amigo de Canaris, Eberhard von
Stohrer, quien fue secretario de la Embajada alemana en Madrid
durante la Gran Guerra y al que Canaris conoció cuando trabajaba
como espía en la legación. Lo mismo le sucedió a Hugo von Sperrle,
al mando de la Legión Cóndor hasta que comenzó a discutir las
decisiones del Caudillo. Bastó un informe de Canaris a Berlín para
que Von Richthofen le sustituyera en el cargo.

Precisamente,
en esa primera cita de Salamanca, el objeto de la misma fue convencer
al Generalísimo de la necesidad del envío de una fuerza aérea
alemana que garantizase la superioridad del bando nacional en el
espacio aéreo, entonces comprometida por la llegada de aparatos y
aviadores rusos facilitados al Gobierno republicano por Stalin. El
almirante dio a conocer a Franco los informes que tenía respecto a
la ayuda que Moscú y el Komintern estaban enviando a los
republicanos, que era inquietante. Hasta ese momento, se podía
estimar en unos doscientos hombres el número de voluntarios que
diariamente cruzaban la frontera francesa dispuestos a combatir en
las Brigadas Internacionales ─unos cuarenta mil efectivos en
total─, al mismo tiempo que no cesaban los envíos de armas y
municiones, camiones, aviones, cañones, blindados y toneladas de
víveres y equipos sanitarios, todos procedentes de Francia y la
URSS. Canaris citó como ejemplo los buques mercantes soviéticos que
ya habían cruzado el estrecho de los Dardanelos y navegaban por el
Mediterráneo rumbo a los puertos del levante español en poder de la
República: Kurak, Karl Lepín,
Transbalt, Shather, Varlaam Avasanov, Aldecca
y
Georg Dimitrov.

La
inteligencia alemana registró que el 26 de septiembre había zarpado
del puerto de Crimea, a orillas del Mar Negro, el primer mercante
soviético cargado con gran cantidad de municiones, ametralladoras y
fusiles en sus bodegas con rumbo a España. Unos días después, era
la prensa republicana la que informaba con grandes titulares de la
llegada del buque al arsenal militar de Cartagena (4 de octubre), en
donde procedió a desembarcar su mortífera carga rodeado de vítores.
Once días después atracaba en el mismo arsenal el navío Konsomol,
que transportaba medio centenar de camiones, ocho carros de combate
T-26,
con dos mil toneladas de munición y una docena de aviones de caza
Polikarpov I-15 e
I-16,
que
venían desmontados
y
custodiados por los primeros pilotos y asesores militares rusos.

Ante
la contundencia de sus informes, el Caudillo aceptó el ofrecimiento
o imposición de Canaris respecto a la creación de esa fuerza aérea
que estaría en exclusiva bajo el mando de un general alemán; aunque
este último debía dar cuentas a Franco de todo lo concerniente al
cuerpo
expedicionario. Pero, más que todo el material bélico que podían
recibir los republicanos, al general rebelde le incomodó mucho la
llegada de los brigadistas que, tal y como declaró a Canaris: «Esos
mercenarios internacionales ─los suyos eran moros─ intentan
imponer a España una ideología extranjera y someterla al dominio de
Moscú».

Lo
cierto fue que en el plano estrictamente militar, la participación
del Eje Roma-Berlín a favor del bando sublevado representó una
oportunidad real para poner en práctica las nuevas tácticas
militares de la famosa Blitzkrieg
que pensaban desplegar frente a sus enemigos, y probar la solvencia
de sus tropas y las nuevas armas que sus industrias producían. De
ahí la propia escalada de Berlín en su implicación en la Guerra
Civil, pasando
del suministro de aviones, armas y equipos a los insurrectos, al
envío a la Península de una fuerza expedicionaria para combatir de
su lado. A este respecto, las instrucciones que recibió el almirante
Canaris del ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop,
eran muy claras: «Teniendo en cuenta la posibilidad de que aumente
la ayuda a los rojos, el Gobierno alemán no considera que la táctica
de combate de la España blanca, tanto en tierra como en el aire,
esté bien orientada de cara el éxito».

Tampoco
el espionaje ni los servicios de información militares de la Junta
de Defensa estaban a la altura de lo que se requería en una guerra,
y Canaris supo sacar partido de ello volviéndose un informante
seguro y fiable, además de cosechar una enorme experiencia en la
guerra de España que le serviría para potenciar su propia
organización, convirtiendo la Abwehr
en
una de las mejores
redes de inteligencia que operaron en la SGM, y la más competente en
el espionaje a la URSS. Casi
desde el comienzo de nuestra contienda civil, Italia y Alemania
vieron la oportunidad de hostigar a su enemiga Francia desde el
flanco sur de los Pirineos apoyando la causa de los sublevados. De
todas formas, la distinción en el modo de operar entre italianos y
alemanes consistió en una actitud más ideológica y propagandística
en favor del fascismo, en el caso de los primeros, y más práctica
por parte de los germanos. Estos siempre tuvieron claro que un
triunfo de los militares rebeldes les supondría grandes ventajas
geoestratégicas en el tablero europeo, y hasta elaboraron planes
concretos para sustituir a los británicos en el control del Estrecho
y expulsarlos por la fuerza del Peñón de Gibraltar. En clave de
lucha ideológica, debemos subrayar que las potencias del Eje
convirtieron el conflicto hispano en el campo de batalla donde se
dirimieron los postulados más extremistas entre fascismo y
comunismo, y no solo de manera retórica sino con las armas en la
mano. A este respecto, Hitler utilizó la larga Guerra Civil española
y los conflictos diplomáticos generados como un elemento de
distracción para las grandes potencias, evitando que estas fijaran
su mirada en el proceso de rearme que había iniciado Alemania,
precisamente, desde 1936.

El
siniestro Paul Winzer

En la primavera de 1937
llegó a la Península procedente de Berlín el diplomático y joven
oficial de policía Paul Winzer, de veintinueve años y miembro de la
Gestapo y la Schutzstaffel SS. Como responsable de ambas
organizaciones en España y hombre de la máxima confianza del jefe
de la Gestapo Heinrich Müller, y del director de la Central de
Seguridad del Reich (RSHA) Reinhard
Heydrich, fue el encargado de interrogar
a los combatientes de las Brigadas
Internacionales, sobre todo alemanes, que caían prisioneros,
y también tenía encomendada la vigilancia de los aviadores de la
Legión Cóndor. Winzer,
conocido por el alias de Walter Mosig, era un fiel servidor de
Heinrich Himmler y tenía la secreta misión de organizar los
primeros campos de concentración para los presos y soldados
republicanos en poder de las tropas franquistas.
Pero Winzer no solo colaboró con el general Franco en el diseño y
la dirección de los campos españoles, siguiendo el modelo de los
centros de confinamiento nazis, sino que también instruyó a la
policía franquista en tareas de investigación, represión y
tortura. Sus procedimientos eran pacientes y metódicos, y en los
interrogatorios a los detenidos prefería el uso de las corrientes
eléctricas, las ataduras y privaciones del sueño al derramamiento
de sangre. Sus «lecciones» fueron seguidas al pie de la letra y
sirvieron para represaliar a miles de republicanos y refugiados en el
Campo de Concentración de
Miranda de Ebro (Burgos), uno de los más crueles e inhumanos
del franquismo.

Winzer contó además
con un colaborador y confidente muy estrecho, el representante de la
colonia alemana en Madrid Ekkehard Tertsch (padre de un conocido
periodista español). No obstante, el enviado de Himmler es uno de
los personajes más oscuros de aquellos años y se sabe bien poco de
su labor como espía, cuyo rastro se pierde al final de la guerra
mundial. Todo son especulaciones sobre si falleció en 1945 en un
accidente aéreo, o bien lo capturaron los aliados o los soviéticos,
que desde luego le tenían ganas. Algunos autores sostienen incluso
que logró escapar desde España hacia algún país sudamericano
siguiendo el camino de otros jerarcas del partido nazi.

El alemán hizo carrera
diplomática antes de convertirse en oficial de la Gestapo y Himmler
lo eligió como jefe de la policía secreta en la España franquista,
otorgándole poderes absolutos. Según informes oficiales, la misión
que le encomendó el Alto Mando (OKW) era clara y taxativa:
investigar a los líderes comunistas y anarquistas españoles. Winzer
ya conocía España y el 18 de julio de 1936, mientras los militares
rebeldes daban su golpe de Estado, se hallaba en Barcelona encargado
de vigilar a un grupo de jóvenes atletas de su país que
participaban en las Olimpiadas
Populares. Más adelante, organizó el embrión de lo que fue
la denostada Brigada Político Social franquista, puesta en marcha
por decreto del Gobierno de Burgos el 24 de junio de 1938.

Y terminada la Guerra
Civil, el entonces ministro de Gobernación Ramón Serrano Suñer, le
asignó como colaborador a José Finat, uno de los dirigentes de la
Falange cuya organización el cuñado de Franco presidía. Winzer y
Finat también cooperaron con Alfonso Escrivá de Romaní, el conde
de Mayalde, que era el director general de Seguridad y en 1940 Finat
viajó a Berlín para conocer in
situ el funcionamiento y los métodos de la Gestado y las SS.
Pero desaparecido Paul Winzer, lo cierto es que en la primavera de
1945 fue sustituido por Ernest Hammes, hasta entonces ayudante suyo y
responsable de la Gestapo en Cataluña.

La
Abwehr
y la Gestapo también facilitaron, tras la ocupación alemana de
Francia, la captura y extradición de destacados dirigentes españoles
republicanos como el exministro de Industria Juan Peiró, el
expresidente de la Generalitat Lluís Companys, el líder socialista
Julián Zugazagoitia, o el periodista Francisco Cruz Salido, todos
ellos extraditados y fusilados después de ser detenidos en la
Francia de Vichy con la ayuda de la policía del mariscal Philippe
Pétain. También apresaron a la exministra de Sanidad Federica
Montseny, que sólo se libró de ser extraditada gracias a que estaba
embarazada. Uno de los momentos clave
y de mayor sintonía entre los agentes españoles y alemanes se
produjo a raíz de la visita oficial del sábado 19 de octubre de
1940 de Himmler a España. Hacía menos de un mes que Alemania había
firmado el Pacto Tripartito (27 de septiembre) con Italia y Japón.
Uno de sus objetivos era impedir que los Estados Unidos decidieran
intervenir en la guerra, que se encontraba en un impasse
después de haber fracasado la batalla de Inglaterra. Cuando el
viernes 4 de octubre Hitler se entrevistó con Mussolini en el paso
del Brennero (los Alpes), el Führer
le garantizó al Duce
que ni Moscú ni Washington habían reaccionado con hostilidad al
anuncio de su pacto. El canciller alemán quería una alianza
continental y de bloqueo marítimo contra Inglaterra, para la que
también necesitaba el apoyo de Franco y esta misión de convencerlo
figuraba en la agenda de Himmler, previa a la famosa reunión que
mantendrían Franco y Hitler el miércoles 23 de octubre en la
estación fronteriza de Hendaya.

La KO-Spanien

En el verano de 1939 el
almirante Canaris decidió organizar una serie de puestos avanzados
de la Abwehr en los países que consideraba serían neutrales
ante el inmediato estallido de la guerra en Europa: Suecia, Suiza,
Turquía, Portugal y España. Estas bases recibieron el nombre de
Kriegsorganisationen (KO), es decir, organización de guerra,
y la KO-Spanien llegó a convertirse en la más grande de
todas las redes de la Abwehr en el extranjero. Tenía un
presupuesto mensual de cien millones de pesetas y más de doscientas
personas en plantilla, con cerca de dos mil agentes y colaboradores,
además de numerosas estaciones de radio y seguimiento desplegadas
por todo el territorio español. Ello fue posible gracias a la
colaboración de los gobiernos franquistas y en especial del Alto
Estado Mayor. Prestando este apoyo, la dictadura lograba tres
objetivos: devolver en parte la ayuda recibida de Alemania durante la
Guerra Civil, obtener información relevante para la defensa del país
y aprender las técnicas de la estructura de inteligencia alemana.

De hecho, el
norte de España se convirtió durante la guerra mundial en un marco
geográfico de referencia, donde las estructuras de espionaje de las
distintas potencias implicadas en el conflicto bélico desarrollaron
sus actividades. Los servicios secretos alemanes y británicos
compartieron un escenario en el que los franquistas tuvieron un
protagonismo nada desdeñable. Toda la cornisa Cantábrica jugó un
papel estratégico relevante dada la proximidad de las fronteras
francesa y portuguesa, la existencia de numerosos puertos marítimos
y la presencia de varios consulados extranjeros. Así lo entendieron
tanto la Abwehr
alemana como el Special
Operations Executive
(SOE)
británico.

Para facilitar su
actividad clandestina, en agosto de 1939 Franco le concedió al
mencionado Gustav
Wilhelm Leissner, quien había llegado a España dos años antes
acompañando a la Legión Cóndor, un pasaporte diplomático y el
cargo de agregado naval honorario de la Embajada alemana en Madrid.
Con esta cobertura diplomática Leissner pudo desarrollar sus
actividades al frente de la KO-Spanien, colaborando
estrechamente con el principal consorcio industrial germano en
España, la Sociedad Financiera Industrial (SOFINDUS), que orquestaba
el empresario nazi Johannes
Bernhardt. Esta estrategia la venía
utilizando Canaris desde que se hizo cargo de la Abwehr,
acordando con el entonces ministro de Exteriores, Konstantin von
Neurath, que las embajadas y legaciones del III Reich en todo
el mundo funcionasen como bases regionales para el espionaje local,
dando cobertura e inmunidad diplomática a todos sus agentes.

La estructura de la KO-Spanien fue la siguiente: Un cuartel
general en Madrid y tres áreas de inspección, correspondientes a
las zonas geográficas Norte, Sur y Este. En esta última, la sede
principal fue Barcelona, con sucursales dependientes en Mallorca,
Valencia, Alicante y Cartagena. En la inspección del Sur, la sede
era Sevilla, con ramificaciones en Huelva, Cádiz, Málaga y Almería.
En el Norte la sede principal era Bilbao y las subordinadas Vigo, La
Coruña, Gijón, Santander y San Sebastián. Un
elemento indispensable fue la subsección Ab-I-WT,
encargada de las comunicaciones de la KO-Spanien,
recibiendo y enviando mensajes cifrados de radio. Instalada en varios
edificios de la Embajada alemana en Madrid, sita en el antiguo
palacio de los duques de Santa Elena (calle Fortuny, 8), la potente
estación central de radio de la capital española recibía el nombre
en clave de Sabine,
con estaciones secundarias en Bilbao, San Sebastián, Barcelona,
Cartagena, Algeciras y Huelva; al tiempo que en el Marruecos español,
Tánger, Tetuán, Ceuta y Melilla. La estación equivalente a la
española en Lisboa se llamaba Liselotte.

También
el enorme esfuerzo bélico alemán en aguas del Atlántico y el
Mediterráneo se vio impulsado por la decidida colaboración de
España, bajo el paraguas de una organización específica que había
creado el Alto Mando de la Kriegsmarine
(OKM) y la Abwehr
de Canaris:
el Ettapendienst
(Servicio de apoyo a la navegación de ultramar). Se trataba de una
amplia red de suministros encargada de garantizar el
aprovisionamiento y repostaje de los submarinos y buques de guerra
alemanes en
los escenarios de sus operaciones, mediante el empleo de naves
nodrizas o bases secretas de reabastecimiento que florecieron en las
costas peninsulares y del archipiélago canario. En este sentido
España, con sus miles de kilómetros de litoral, recónditas calas,
sus puertos bien situados y los archipiélagos de Canarias y
Baleares, se ofrecía como un enclave ideal para realizar
discretamente este tipo de operaciones. Incluso la flota mercante
española se utilizó para transportar materias primas y suministros
a las fuerzas alemanas en el norte de África y la Armada, aunque muy
mermada, escoltó a los convoyes germanos por el Mediterráneo.

Bibliografía:
Canaris. El espía y confidente de Franco. Obra del autor. Pinolia.
Madrid, 2023.

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