(“El Juramento del 13 de febrero”)
Había pasado por ese lugar muchas veces,
esa vieja revista Pléyades que tomé un día,
gruesa, casi inútil,
a la que añadí unas hojas más.
Les puse pegamento,
y luego, tres grapas de cosedora.

Aquello fue escrito el 13 de febrero del año 2000,
cuando cursaba cuarto año de Derecho.
Se me acabó la tinta del lapicero
y continué con lápiz,
sin detener la mano ni la idea.

Cuando estuve en la Fiscalía en el 2001,
en septiembre —casi el once—
puse por fin las grapas.
Luego archiv é ese cuaderno improvisado
y lo olvidé.

Hoy, al toparme con aquella página,
vi frases del Perfumista
o del Modelo para Desarmar,
y comprendí que desde mis 24 años
ya tenía este libro en mi mente,
que los desafíos eran proféticos,
y que aquello que escribí
se ha cumplido en mi vida.

Al desprender la hoja,
me pinché un dedo
y brotó una gotita de sangre.
Recordé entonces que a los caballeros,
cuando eran nombrados,
se les daba un pequeño golpe en la espalda
para que jamás olvidaran aquel día.

Eso fue lo que me ocurrió.
El dolor leve me hizo ver,
como un destello,
el «Jazak VeEmatz»
que mi padre me decía.

Y entendí, finalmente,
que aquello era un pacto con Yeshúa
desde mi juventud.
Que aunque he pisado la lona muchas veces,
hoy Dios me lo recuerda.

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