Dale que seguimos jugando a Antón pirulero.?

Dale que seguimos jugando a Antón pirulero.?

Ay país…

¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando a Antón Pirulero, cada cual atendiendo su juego y el que no, una prenda tendrá?

Nos pasamos la vida en ronda, cantando distraídos, señalándonos con el dedo índice, pero cuidando que no nos toque a nosotros. Si la prenda cae, que caiga en otro. Si la vergüenza asoma, que sea ajena. Si el error es evidente, que lo pague el distraído de siempre.

Jugamos a gobernar como si fuera un recreo largo. Jugamos a indignarnos como si fuera un deporte nacional. Jugamos a trabajar, a producir, a protestar, a prometer. Cada cual con su juguetito, convencido de que su juego es el más serio, el único importante. Y mientras tanto, la ronda gira.

Ay país…
Nos sabemos la canción de memoria. Cambian las caras, pero no la melodía. Uno hace que administra, otro hace que controla, otro hace que enseña, otro hace que aprende. Y todos hacemos que creemos.

Pero el juego tiene trampa: nadie quiere pagar la prenda. Nadie quiere asumir que el tablero está torcido, que la mesa está coja, que la ronda no es inocente. Porque admitirlo sería dejar de jugar. Y dejar de jugar implicaría trabajar en serio.

Tal vez el problema no sea Antón Pirulero. Tal vez el problema sea que nos gusta la ronda. Nos gusta el ruido de la canción, la ilusión de movimiento, la sensación de pertenecer al círculo. Aunque el círculo no avance.

Ay país…
¿Y si un día dejamos de cantar?
¿Y si cada cual atendiera su juego de verdad?
¿Y si la prenda fuera colectiva?

Quizás ese día la ronda se rompa.
Y recién ahí —sin canción y sin excusas—
empiece algo que todavía no sabemos nombrar.

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