I. Del alcázar erigido sobre las sombras
En los confines septentrionales de Escocia, donde los vientos del Mar del Norte braman como coros de ánimas en pena y los acantilados de Edimburgo se desgajan bajo cielos cenicientos, alzábase un alcázar de piedra ennegrecida por los siglos. Decían los más viejos que sus cimientos fueron puestos por gigantes en edad primera, cuando los hombres aún temían nombrar a la noche.
Allí moraba doña Elspeth, dama de figura esbelta cual junco invernal y cabellera oscura que, herida por el sol, centelleaba como oro marchito. Mas su rasgo más singular no era su hermosura, sino el perpetuo velo que cubría su ojo izquierdo. No era simple ceguera la suya, sino don temible: con el ojo derecho contemplaba el mundo visible; con el velado, percibía el rumor de lo arcano, el temblor de las criaturas invisibles y el aliento de los espíritus que recorrían las galerías de su morada.
No era Elspeth dama de bordados ni de laúdes, sino de pergaminos y tintas. Escribía crónicas vedadas, meditaciones sobre la libertad del entendimiento y la vastedad del mundo. En secreto disentía de los rígidos dogmas que, en aquel siglo de hierro y cruz, ceñían la mente de los hombres como férrea argolla.
Así transcurrían sus días, entre susurros del más allá y palabras que jamás habrían de leerse en abadía alguna.
II. Del caballero arrojado por la tempestad
Aconteció en aquel tiempo que Sir Cillian, caballero templario al servicio del rey de Irlanda, fuese desviado por tormenta furibunda tras combatir navíos piratas en aguas inciertas. El cielo se tornó plomo y el mar, bestia desatada; su nave, quebrantada; su destino, incierto.
Arribó, exhausto y casi sin séquito, a las inmediaciones del castillo negro. Creyó ver hechicería en aquellas murallas, mas no desenvainó la espada. Cuando sus ojos se posaron en la dama del velo, no halló bruja ni amenaza, sino una presencia cuya gravedad sobrepujaba a la de cualquier soberano.
Hincó la rodilla.
—Señora —dijo con voz rendida—, vuestro saber resplandece más que cien cirios en catedral.
Si es pecado escucharos, que mi alma cargue con tal culpa.
Elspeth, sorprendida por tal reverencia, vio en él no al guerrero de voto rígido, sino al hombre que duda y busca. Entre ambos nació un vínculo callado, tejido de diálogos nocturnos y preguntas prohibidas.
Él le habló de honor, cruz y obediencia.
Ella le habló de vastedad, misterio y libre albedrío.
Y así, como sol y luna en órbita secreta, comenzaron a girar uno en torno al otro.
III. De la revelación del dragón y la herida del espíritu
Movida por confianza peligrosa, Elspeth condujo a Cillian a la torre septentrional, cuya puerta jamás se abría para forastero alguno. Descendieron por escalera en espiral hasta cámara de bóveda pétrea, donde el aire olía a azufre y antigüedad.
Allí reposaba Vanth, dragón negro como noche sin luna. Sus escamas no guardaban oro, sino inscripciones arcanas grabadas por eras. Sus ojos eran brasas antiguas.
Cillian no alzó la espada. Ante la criatura comprendió que el mundo no cabía entero en los límites de su orden ni en los márgenes de los códices sagrados.
—Si tal maravilla existe —murmuró—, ¿cuánto ignoramos?
Vanth inclinó la cabeza, como si reconociera en el caballero una chispa de verdad.
Mas no todo ojo invisible era benigno. Un escudero sobreviviente de la tempestad, fiel a la regla templaria y receloso de la dama, espió cuanto vio. Creyó presenciar pacto demoníaco y partió en secreto hacia tierras irlandesas para denunciar la herejía.
Los días siguientes fueron de amor contenido. Cillian vacilaba entre sus votos y su creciente devoción por Elspeth. Ella, aunque firme en su libertad, comenzó a temer que aquel afecto no fuese sino preludio de desgracia.
Y la desgracia no tardó.
IV. Del juicio de hierro y la sangre derramada
Meses después, arribaron al puerto hombres de cruz roja y pendón severo. Acusaban a Elspeth de brujería y a Cillian de apostasía. El escudero había cumplido su cometido.
El castillo fue sitiado. El viento aullaba como presagio.
Cillian tomó la espada no para imponer fe, sino para defender a la dama que le había mostrado la vastedad del mundo. Combatió contra sus propios hermanos de orden. Cada golpe era traición a su pasado; cada herida, sentencia de su destino.
Elspeth descendió a la cámara de Vanth.
—Si has de custodiar saber —dijo al dragón—, custodia también mi memoria.
Vanth, comprendiendo el inminente final, ascendió por la torre en llamarada oscura. El combate fue breve y terrible. El fuego del dragón arrasó parte del sitial enemigo, mas las ballestas sagradas, bendecidas y numerosas, atravesaron sus alas.
Cillian, gravemente herido, logró regresar a la torre. Halló a Elspeth junto al dragón moribundo.
—Partid —susurró ella, sosteniendo su rostro ensangrentado—. Aún podéis salvar vuestra alma.
—Mi alma quedó en vuestro alcázar el día que os conocí —respondió él.
Los templarios irrumpieron. Elspeth fue apresada. Cillian, acusado de traición, fue condenado sin larga deliberación.
V. Del cantar postrero y la memoria que no arde
En la plaza del puerto levantaron pira para la dama del ojo velado. La acusaron de hechicería y corrupción del espíritu cristiano. Ella no suplicó.
Cuando el fuego ascendió, su velo cayó. Por primera vez ambos ojos quedaron expuestos: el derecho, humano y sereno; el izquierdo, resplandeciente como estrella moribunda.
Una lágrima plateada descendió por su mejilla antes de que las llamas la envolvieran.
Cillian fue ejecutado al alba siguiente. Murió sin renegar de su amor ni de la duda que lo había hecho libre.
Dicen los pescadores que, en noches de tormenta, una silueta dracónica sobrevuela los acantilados, y que entre el rugido del viento se escucha la voz de una mujer recitando crónicas invisibles. Otros juran que un caballero de armadura rota camina por la orilla, buscando un castillo que ya no existe.
Así termina la gesta del Ojo Velado y el Caballero del Destierro: no como triunfo de espada ni de dogma, sino como memoria de que el amor que desafía al mundo suele pagarse con fuego y hierro, mas jamás se consume del todo. 🖤
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