“El Acueducto Fantasma”
Autor: José Rubén Londoño Osorio
1
En el municipio montañoso de Cumbresanta, la niebla cubre los valles esmeralda y el tiempo parece detenerse. Dos veredas, La Cima y La Cuesta, compartían el mismo paisaje, pero vivían realidades distintas.
La Vereda La Cima, en las alturas, tenía acceso a agua, aunque no siempre limpia. Sus habitantes, agricultores, conocían la lluvia y los manantiales, sin sufrir la sed extrema. En cambio, La Vereda La Cuesta, en el valle, padecía una grave escasez. Sus moradores debían bajar por senderos empinados hasta la Quebrada La Honda para conseguir agua, cargándola en cántaros y baldes, un esfuerzo que impactaba sus vidas.
En Cumbresanta, la política era un juego de promesas y olvidos. Don Anselmo Paredes, un hombre de mediana edad con una presencia imponente y una voz resonante que durante sus discursos políticos solía llenar las plazas de Cumbresanta, buscaba la alcaldía. Su cabello, aún oscuro, pero con incipientes canas en las sienes, le daba un aire de experiencia y sabiduría a los ojos de algunos, aunque otros veían en él una astucia calculadora.
Con su traje impecable y su sonrisa magnética, Don Anselmo recorría las veredas, prometiendo soluciones a los problemas de la gente.
En la Plaza Principal de Cumbresanta, durante una gran convocatoria, se pudo ver a Don Anselmo, con su traje impecable, saludando a la multitud, sintiendo la adrenalina de la contienda electoral correr por sus venas. A un lado, en un pequeño grupo, se encontraban los habitantes de la Vereda La Cima. Doña Elvira, una mujer de manos curtidas por el trabajo en el campo, escuchaba con atención las promesas de Don Anselmo. «Agua potable para cada hogar, un derecho, no un lujo», clamaba el candidato. Los ojos de Doña Elvira brillaban con esperanza. Aunque tenían agua en sus casas, no era la más limpia y siempre soñaba con abrir el grifo y beber sin temor.
En el extremo opuesto, casi olvidados en la periferia de la plaza, se hallaban los representantes de La Vereda La Cuesta. Don Joaquín, con su rostro marcado por las arrugas y la tristeza, observaba la escena con escepticismo. Él sabía lo que era la sed, el dolor de ver a sus hijos cargar pesados cántaros desde la Quebrada La Honda. Las promesas de Don Anselmo le sonaban vacías, dirigidas a aquellos que ya tenían algo, mientras su gente era ignorada.
Durante un receso del discurso, Don Anselmo se acercó a los grupos. A los de La Cima les estrechó la mano con entusiasmo, hablando de tuberías modernas y bombas eficientes. A los de La Cuesta les dedicó una mirada rápida, una palmada en el hombro y una promesa vaga de «no olvidarlos». Don Joaquín sintió la frialdad en esa mirada, la falta de sinceridad en esas palabras.
El día de elecciones llegó y en la Vereda Cima abundaban los simpatizantes de Don Anselmo transitando para dirigirse a sus puestos de votación. Mientras tanto La Vereda La Cuesta se vistió de una extraña mezcla de esperanza y resignación. Aunque algunos vecinos habían depositado sus ilusiones en candidatos diferentes a Don Anselmo que prometían no olvidarlos, la mayoría albergaba un profundo escepticismo. La experiencia les había enseñado que las promesas de los políticos solían desvanecerse tan rápido como el rocío de la mañana.
En la escuela de La Vereda La Cuesta, convertida en improvisado centro de votación, Don Joaquín observaba el ir y venir de la gente con el corazón apesadumbrado. Sus hijos, Mateo y Sofía, lo acompañaban en silencio, con la mirada perdida en el suelo. La jornada había sido larga y tensa, marcada por la incertidumbre y el temor a una nueva decepción.
Al caer la noche, los resultados comenzaron a llegar. La noticia se extendió como un susurro amargo: Don Anselmo Paredes había ganado. Un silencio sepulcral se apoderó de la Vereda Cuesta. No hubo celebraciones, ni gritos de júbilo, como sucedió en La Vereda La Cima, al contrario, solo hubo rostros largos y miradas cargadas de tristeza.
Don Joaquín sintió un nudo en la garganta. Sabía lo que esto significaba: cuatro años más de sed, de caminatas extenuantes hasta la quebrada La Honda, de ver a sus hijos cargar pesados cántaros con el sol en lo alto. Las promesas de agua potable se habían evaporado una vez más, dejando tras de sí un sabor a derrota y abandono.
«¿Por qué siempre nos pasa lo mismo, papá?», preguntó Sofía con voz temblorosa.
Don Joaquín suspiró profundamente. «Porque para ellos, hija, los votos son más importantes que las necesidades. Los políticos ayudan a quienes los apoyan, a quienes les dan el poder. A nosotros, que no tenemos mucho que ofrecer, nos dejan de lado».
Mateo apretó los puños con rabia. «Es injusto, papá. ¿Acaso no somos parte del mismo municipio? ¿No merecemos el mismo trato?».
«La vida no siempre es justa, hijo», respondió Don Joaquín con amargura. «Pero debemos seguir luchando, seguir exigiendo lo que nos corresponde. No podemos permitir que nos sigan ignorando».
Esa noche, la Vereda La Cuesta durmió con el alma herida. La desilusión se había instalado en sus corazones, alimentando el resentimiento y la desconfianza hacia aquellos que ostentaban el poder. Sabían que el camino sería aún más difícil, pero estaban decididos a no rendirse, a seguir buscando una solución para su sed, aunque fuera en la soledad y el olvido.
2
Tras unas elecciones reñidas, Don Anselmo ganó, gracias en gran parte al apoyo de la Vereda La Cima. Como «recompensa» a su lealtad, decidió construir un moderno acueducto que llevaría agua desde la Quebrada El Manantial hasta sus hogares.
La llegada del acueducto a la Vereda La Cima fue motivo de gran celebración. El sol brillaba con fuerza sobre la Vereda La Cima, iluminando las casas de tejas rojas y los campos verdes que la rodeaban. Aquel era un día de fiesta, un día que quedaría grabado en la memoria de todos sus habitantes.
Una caravana de camionetas polvorientas se acercaba por el camino principal, encabezada por una reluciente camioneta blanca de donde ondeaban banderas y se escuchaba música alegre. En la primera camioneta, saludando con una amplia sonrisa, iba Don Anselmo Paredes.
La multitud, vestida con sus mejores ropas, se había congregado a la entrada del pueblo para recibirlo. Había niños con flores en las manos, ancianos con lágrimas en los ojos y jóvenes con la esperanza renovada en el futuro.
Cuando la caravana se detuvo, Don Anselmo descendió de la camioneta y fue recibido con una ovación ensordecedora. «¡Don Anselmo! ¡Don Anselmo! ¡Don Anselmo!», coreaba la multitud, mientras se acercaban para estrechar su mano y agradecerle por su promesa cumplida.
«Pueblo de La Cima, hoy es un día histórico», exclamó Don Anselmo con su voz resonante, «Hoy, el agua potable llega a sus hogares, un derecho que les ha sido negado por mucho tiempo. Y yo, Anselmo Paredes, he tenido el honor de hacerlo posible».
Con un gesto teatral, Don Anselmo señaló hacia la nueva infraestructura que se alzaba imponente al final del camino. Tuberías brillantes, una caseta de bombeo moderna y un tanque de almacenamiento reluciente, todo ello símbolo del progreso y la modernidad.
Doña Elvira, con sus manos temblorosas, se acercó a Don Anselmo y le entregó un ramo de flores silvestres. «Gracias, Don Anselmo», dijo con la voz entrecortada por la emoción, «Gracias por acordarse de nosotros, por traernos este regalo tan preciado».
Uno a uno, los habitantes de La Cima se acercaron a los grifos instalados en la plaza y abrieron la llave. El agua brotó limpia y cristalina, llenando vasos para el consumo y las manos de la gente. Risas, aplausos y gritos de alegría llenaron el aire.
«¡Es un milagro!», exclamó un anciano, bebiendo el agua con avidez. «Nunca pensé que vería este día».
La celebración duró horas. Hubo música, bailes y comida. Don Anselmo era el centro de atención, el héroe del día, el hombre que había traído la prosperidad a La Cima. El día terminó y cada quien se marcho a su vivienda y durante tres meses La Vereda La Cima disfrutó el servicio de agua potable en sus residencias y solo se respiraba un aire de agradecimiento hacia Don Anselmo por haberles llevado tan maravillosa obra.
Mientras tanto, en la Vereda La Cuesta, la vida continuaba marcada por la sed. A pesar de la desilusión causada por las elecciones, la vida en la Vereda continuaba con su ritmo implacable. El sol apenas comenzaba a pintar el horizonte cuando los primeros vecinos emprendían el difícil camino hacia la Quebrada La Honda.
Mateo y Sofía, con su viejo burro, eran de los primeros en descender. Sus rostros reflejaban el cansancio acumulado de tantas madrugadas, ojeras profundas bajo sus ojos que ya no brillaban con la inocencia de la niñez. Sus pequeños cuerpos, aunque fuertes por la costumbre, cargaban con el peso de una responsabilidad que les robaba tiempo de juegos y descanso. Mateo guiaba al burro con una seriedad impropia de su edad, mientras Sofía, con la mirada fija en el suelo, seguía sus pasos, aferrándose a la esperanza de que algún día, todo sería diferente.
No muy lejos, Doña Jenny una gran mujer afrodescendiente bajaba con determinación. Era una mujer fuerte, con músculos curtidos por el trabajo y una energía contagiosa que parecía desafiar la adversidad. Llevaba varios galones vacíos, distribuidos estratégicamente para equilibrar el peso en su cuerpo, su andar era firme y decidido, aunque se notaba el esfuerzo en cada movimiento. Su rostro, aunque marcado por el esfuerzo y las arrugas, irradiaba una extraña vitalidad y una sonrisa que intentaba contagiar a los demás.
«¡Ánimo, vecinos!», gritaba Doña Jenny con voz potente, que resonaba en el aire frío de la mañana, «¡Otro día, otra oportunidad! Recuerden, después de la tormenta siempre sale el sol. ¡Esto no va a ser así para siempre!».
Sus palabras eran como un bálsamo para los corazones cansados, un recordatorio de que la esperanza, aunque tenue, aún latía en la Vereda La Cuesta. Algunos respondían con una sonrisa débil, un gesto de cabeza o un murmullo de agradecimiento, mientras otros simplemente seguían su camino en silencio, demasiado agotados para siquiera hablar.
Doña María, una anciana de setenta años, descendía con dificultad, apoyándose en un bastón tembloroso. Su cuerpo encorvado por el paso del tiempo y el trabajo arduo avanzaba lentamente y con dolor. Sus manos, nudosas y artríticas, se aferraban al bastón como si fuera un salvavidas. Sus rodillas y codos mostraban las cicatrices de innumerables caídas, heridas que contaban la historia de su lucha diaria por sobrevivir, cada cicatriz un testimonio de la dureza de la vida en la vereda.
Con el corazón apesadumbrado, Don Carlos avanzaba lentamente. Era un hombre extremadamente pobre, y solo contaba con dos baldes viejos y agujereados, remendados con trapos y alambres, para recoger agua. La cuesta era un desafío insuperable para él. Su cuerpo delgado y demacrado se esforzaba en cada paso. El agua se derramaba constantemente mientras luchaba por mantener el equilibrio, y a menudo llegaba a casa con apenas unas gotas. En ocasiones, la frustración lo vencía. Justo antes de llegar a la cima, el cansancio lo hacía tropezar, y el agua se perdía en la tierra seca. Agotado y desesperado, Don Carlos se sentaba al borde del camino, con la mirada perdida en el horizonte, sin fuerzas para regresar a la quebrada, sumido en la impotencia y la desesperanza.
Pero incluso en medio de la tristeza y la desesperación, la voz de Doña Jenny seguía resonando. «¡No se rindan, amigos! ¡Tenemos que seguir luchando! ¡Algún día, todo esto cambiará!». Su optimismo parecía desafiar la realidad, pero era un faro de esperanza en la oscuridad. En la Vereda La Cuesta, la esperanza era un bien escaso, pero Doña Jenny se negaba a dejarla morir, manteniendo viva la llama de la posibilidad en los corazones de sus vecinos.
3
Desafortunadamente en La Vereda La Cima la alegría duró poco. El sol de la tarde bañaba de dorado el camino que serpenteaba hacia la Vereda La Cima. Una nube de polvo se levantó a lo lejos, anunciando la llegada de la caravana de camionetas. Esta vez, la música no era tan estridente como la primera vez, pero aún había un aire festivo, aunque teñido de cierta incertidumbre.
Don Anselmo, sentado en la camioneta principal, saludaba con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora. Se había esforzado en elegir su atuendo: una camisa de manga larga remangada hasta los codos, para proyectar cercanía, y un sombrero de ala ancha, para darle un toque de hombre del pueblo.
Al llegar a la plaza, el recibimiento fue más contenido que la vez anterior, pero aún había muestras de afecto. Algunos niños corrían a su encuentro, otros adultos lo saludaban con un gesto de cabeza o una sonrisa tímida. Doña Elvira, siempre amable, se acercó a estrechar su mano.
«¡Don Anselmo, qué bueno verlo de nuevo!», dijo con su voz cálida, aunque con una pizca de cautela en la mirada. «Esperamos que todo esté bien».
«Todo está maravilloso, mi querida Doña Elvira», respondió Don Anselmo, con su voz más melosa. «He venido a compartir con ustedes buenas noticias, a fortalecer aún más este lazo de amistad y colaboración que hemos construido».
Don Anselmo descendió de la camioneta con un paso enérgico y se dirigió al centro de la plaza, donde se había improvisado un pequeño escenario. Desde allí, observó a la comunidad reunida, buscando en cada rostro una señal de apoyo.
«Queridos amigos de La Cima», comenzó, con su voz resonando en la plaza, «Hoy regreso a este lugar que tanto quiero, a esta tierra de gente trabajadora y honesta, con el corazón lleno de gratitud».
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en la gente.
«El acueducto, esa obra que juntos logramos hacer realidad, sigue siendo un símbolo de nuestro progreso y nuestro esfuerzo conjunto. Ver el agua correr por sus tuberías, llegar a cada uno de sus hogares, me llena de orgullo y satisfacción».
Don Anselmo sonrió, extendiendo los brazos en un gesto de abrazo a toda la comunidad.
«Y por eso, quiero agradecerles una vez más su confianza, su apoyo incondicional. Ustedes son el motor de este pueblo, el ejemplo de que cuando trabajamos unidos, no hay meta que no podamos alcanzar».
Don Anselmo, después de su introducción cálida, cambió el tono de su voz a uno más serio y formal.
«Ahora, amigos, debo abordar un tema que, aunque delicado, es fundamental para la sostenibilidad de nuestro acueducto», dijo, ajustándose el sombrero con un gesto nervioso. «La alcaldía, como ustedes saben, tiene un presupuesto limitado. Y en estos tiempos de austeridad, nos enfrentamos a desafíos económicos importantes».
Hizo una pausa, observando las reacciones de la gente. Algunos fruncieron el ceño, otros intercambiaron miradas de preocupación.
«La verdad es que ya no contamos con los recursos suficientes para seguir asumiendo la totalidad de los costos de operación y mantenimiento de esta valiosa infraestructura», continuó Don Anselmo. «El acueducto requiere energía eléctrica para las bombas, químicos para el tratamiento del agua, reparaciones constantes… en fin una serie de gastos que se han vuelto insostenibles para el municipio».
Don Anselmo extendió las manos en un gesto conciliador, intentando suavizar el golpe de sus palabras.
«Pero no se alarmen, ¡tenemos una solución! Una solución que nos permitirá seguir disfrutando de este servicio esencial, pero de una manera más responsable y participativa».
Aquí, Don Anselmo explicó la propuesta de establecer un sistema de tarifas para el agua.
«Es necesario que la propia comunidad se haga cargo de la administración y el sostenimiento del acueducto», declaró. «Para ello, se implementará un esquema de costos justo y equitativo, diseñado de acuerdo con las normativas del gobierno central».
Detalló los componentes de la tarifa: un cargo fijo mensual para cubrir los gastos administrativos y de mantenimiento básico, y un cargo variable por cada metro cúbico de agua consumido. Insistió en que todo se haría con transparencia y legalidad.
«Entiendo que esto puede generar algunas dudas», dijo Don Anselmo, con una sonrisa forzada. «Pero les aseguro que es la única manera de garantizar la continuidad del servicio. Piensen en esto como una inversión en su propio bienestar, en el futuro de La Cima».
Sin embargo, sus «palabras bonitas» no lograron calmar los ánimos. La reacción de la comunidad fue explosiva.
«¡Qué dices, Anselmo!», gritó alguien desde el fondo de la multitud. «¡Nos prometiste agua gratis! ¡Agua para todos!».
«¡Nos estás engañando otra vez!», vociferó otro, con el rostro enrojecido por la ira. «¡Solo quieres nuestro dinero!».
«¡Ladrón! ¡Estafador!»,
se unieron varias voces en un coro de acusaciones. La atmósfera de la plaza, que minutos antes era de cautelosa expectativa, se transformó en un hervidero de indignación.
La gente se abalanzó sobre Don Anselmo, con los brazos en alto y los rostros descompuestos por la furia. Algunos intentaron empujarlo, otros lo insultaron con palabras crudas y desobligantes. La situación amenazaba con volverse violenta.
«¡Nosotros teníamos nuestra propia agua!», exclamó un anciano, agitando su bastón. «¡No necesitábamos tu acueducto caro y ahora nos quieres cobrar por ella!».
«¡Vete de aquí! ¡Fuera de nuestro pueblo!», clamó Doña Elvira, con lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas. «¡Nunca más confiaremos en tus promesas!».
Don Anselmo, rodeado por la multitud enfurecida, retrocedió, intentando defenderse con palabras, pero sus explicaciones se perdieron en el torbellino de gritos y acusaciones. La imagen del político carismático y benefactor se hizo añicos, dejando al descubierto la fragilidad de su credibilidad.
Al día siguiente, el aire en la Vereda La Cima estaba cargado de un murmullo inquieto. Los vecinos se encontraban en las esquinas, en las tiendas, en los caminos, discutiendo acaloradamente la propuesta de Don Anselmo. La indignación inicial comenzaba a mezclarse con la nostalgia y la resistencia al cambio.
En una pequeña tienda de abarrotes, Don Pedro, con sus ochenta años a cuestas y la sabiduría grabada en cada arruga, conversaba con Don Juan, un hombre de setenta años, de espalda encorvada pero mirada firme.
«Juan, ¿te acuerdas de cuando éramos niños?», dijo Don Pedro, apoyándose en su bastón. «Crecimos en esta vereda, criamos a nuestros hijos, vimos nacer a nuestros nietos y hasta a nuestros bisnietos. Y el agua de la quebrada nunca nos hizo daño».
Don Juan asintió lentamente. «Es verdad, Pedro. Nunca tuvimos que preocuparnos por pagar por el agua. Llegaba a nuestras casas, imperfecta tal vez, pero suficiente. ¿Por qué ahora tenemos que pensar en una planta costosa, en tarifas mensuales que nos dejarán el bolsillo vacío?».
«Es mejor volver al sistema anterior», sentenció Don Pedro. «Nos ahorramos esos pagos y seguimos viviendo como siempre lo hemos hecho».
El rumor se extendió como pólvora por la vereda. La idea de regresar a la antigua forma de obtener agua resonó con fuerza en los corazones de la gente. La resistencia a pagar por algo que consideraban un derecho se imponía al breve entusiasmo inicial por el agua tratada.
Uno a uno, los habitantes de La Cima comenzaron a reconectar sus viejas tuberías. Cada familia pagó a los plomeros del pueblo para restablecer las conexiones que habían utilizado antes del acueducto. Con esfuerzo y algo de resentimiento, las mangueras volvieron a serpentear por los patios y jardines, llevando el agua cruda desde las fuentes tradicionales.
Pero la historia no terminó ahí. El abandono del acueducto moderno desató una ola de vandalismo y negligencia.
Algunos, movidos por la rabia y el resentimiento, comenzaron a dañar las motobombas, dejándolas inservibles. Otros, aprovechando la soledad de las instalaciones, se robaron piezas y equipos. Las tejas del techo de la caseta de bombeo desaparecieron, dejando el interior expuesto a la intemperie. Los tubos expuestos fueron arrancados y vendidos como chatarra.
Poco a poco, el acueducto, que una vez fue símbolo de progreso y esperanza, se fue convirtiendo en un «Acueducto Fantasma». La desolación y la destrucción se apoderaron del lugar, dejando un monumento a la miopía, el resentimiento y el fracaso de una promesa.
4
En la Vereda Cuesta, un rayo de sol humano brillaba con fuerza propia: Andrea. Joven, alegre y explosiva, su sonrisa era capaz de iluminar hasta el día más gris. Pero también, cuando la tristeza la embargaba al contemplar el sufrimiento de su gente, su desilusión era contagiosa. Sin embargo, en términos generales, Andrea era un torbellino de entusiasmo, dedicada por completo a su comunidad y amada por todos por su humildad y sencillez.
Parecía tener un faro de luz interior que irradiaba constantemente su nobleza y cariño. Se sentaba a compartir con cada uno de los vecinos, tanto los que vivían cerca como los más alejados, escuchando atentamente sus historias y recogiendo sus expectativas sobre la delicada situación de la falta de agua.
Andrea percibía el profundo dolor que sentían los habitantes al no tener una simple llave en sus hogares de la cual pudiera brotar el preciado líquido, evitando así las largas y extenuantes jornadas que debían enfrentar para conseguirlo. Observaba con admiración y tristeza cómo las personas valoraban cada gota de agua que lograban llevar a sus casas, cuidándola como el más valioso de los tesoros.
En cada hogar, el agua era racionada con una precisión casi matemática. Los baldes y cántaros se llenaban con cuidado, evitando el más mínimo derroche. Los niños aprendían desde pequeños a cerrar los grifos improvisados con hojas y piedras, a reutilizar el agua de lavar la ropa para regar las escasas plantas. Se contaban historias de cómo en tiempos de sequía, una sola gota podía salvar una vida. El agua no era solo un líquido, era un símbolo de resistencia, de supervivencia, de esperanza.
Un día, después de innumerables conversaciones con los vecinos, Andrea comenzó a reflexionar sobre la situación. Pensaba que, mientras que en la Vereda La Cima tenían una infraestructura que podían mantener pagando unos costos, ellos, en La Vereda La Cuesta, no la tenían, pero sí estarían dispuestos a pagar no solo por tenerla, sino también por mantenerla. La idea germinó en su mente, y la compartió con la comunidad.
Inicialmente, todos se mostraron ávidos de esperanza. Comenzaron a surgir ideas sobre cómo podría ser la infraestructura que necesitaban. Cada ocho días, se reunían bajo la sombra del viejo árbol de ceiba, en el centro de la vereda, para discutir las posibilidades. Tenían que identificar la fuente de agua más cercana para minimizar los costos de las mangueras o tubos, ya que los recursos eran escasos.
Sin embargo, algunas personas que se consideraban «amigos» de los candidatos que los habían visitado en busca de votos, y a quienes siempre habían apoyado en elecciones, intentaron contactarlos nuevamente; pero algunos no contestaron sus llamadas. Otro, aunque respondió, manifestó que «iba a mirar en qué podía colaborar» y que los llamaría cuando tuviera alguna noticia.
A pesar de estas decepciones, el entusiasmo inicial se mantenía vivo. La gente reía, compartía ideas y seguía llevando el agua desde la Quebrada La Honda con la esperanza de que pronto tendrían una solución, de que todo iba a cambiar. El escenario estaba lleno de una frágil esperanza, como una llama que intenta sobrevivir en medio de la tormenta.
Después de explorar incansablemente las posibilidades de llevar el agua desde diferentes quebradas hasta un punto donde pudieran construir un tanque que abasteciera a las 150 viviendas de la Vereda La Cuesta, la realidad golpeó con fuerza. Los costos de la infraestructura eran prohibitivos, imposibles de dividir equitativamente entre una población donde un porcentaje significativo eran ancianos, otros desempleados y muchos más con trabajos que apenas les permitían subsistir.
Aunque la Quebrada La Honda quedaba un poco menos alejada que las demás, el esfuerzo de subir el agua hasta la vereda seguía siendo extenuante y costoso en términos de tiempo y energía. Sin embargo, la insistencia persistía. Se aferraban a la esperanza, contactando una y otra vez a los políticos que en época de elecciones habían visitado sus hogares con promesas a cambio de votos. Pero estas súplicas solo lograban manchar aún más la esperanza que luchaba por mantenerse viva. Las reuniones continuaban, cada ocho días, con Andrea liderando con su entusiasmo inquebrantable, repitiendo que ese sueño era posible, que debían seguir luchando.
5
Y entonces, cuando la esperanza parecía alcanzar su punto más álgido, cuando la gente se reunía con un optimismo inusual a pesar de las desalentadoras cifras, la tragedia golpeó con una fuerza devastadora.
Un día oscuro, como tantos otros, los habitantes de la Vereda Cuesta descendieron a la Quebrada Honda para recoger el agua. Pero esa vez, una tormenta feroz, con rayos y truenos que desgarraban el cielo, los recibió con furia. La Quebrada La Honda, normalmente una compañera de sufrimiento se transformó en un monstruo desatado.
Mateo y Sofía, ágiles y acostumbrados al peligro, lograron escapar de la creciente, corriendo con el corazón en la boca. Pero el viejo burro, su fiel amigo y ayudante, fue sorprendido por la fuerza del agua. Sus rebuznos llenos de tristeza resonaron en el valle mientras era arrastrado por la corriente, hasta que finalmente desapareció entre la corriente embravecida.
En dicho lugar estaba Don Carlos, con sus baldes vacíos, quien tropezó en el barro resbaladizo. Su pierna quedó atrapada entre las rocas, inmovilizándolo en medio de la tormenta. El dolor lo paralizó, y solo pudo observar con impotencia cómo la quebrada crecía a su alrededor.
Doña María, a pesar de su edad y fragilidad, pero llena de una fe inquebrantable en Dios y la Virgen, a quienes rezaba con devoción, corrió a ayudar a Don Carlos.
Ignorando el peligro, se acercó para intentar liberarlo. Pero la furia de la naturaleza era implacable. Una avalancha repentina los arrastró a ambos, desapareciendo en las aguas turbulentas.
Nunca más se supo de ellos. El río, al que tanto habían visitado en busca del preciado líquido para vivir, ahora les había arrebatado la vida.
La tristeza invadió nuevamente los corazones de los moradores de la Vereda La Cuesta, pero esta vez, con una intensidad aplastante. El temor se apoderó de ellos, paralizándolos ante la idea de regresar a la Quebrada La Honda. Y aunque la necesidad los obligaba a descender por agua, el llanto silencioso acompañaba cada uno de sus pasos, lamentando la pérdida de sus queridos vecinos y la crueldad del destino.
6
Los días que siguieron a la tragedia se deslizaron con una pesadez abrumadora. El luto se había instalado en cada rincón de la Vereda Cuesta, tiñendo de gris la ya de por sí sombría existencia de sus habitantes. La risa se había extinguido, reemplazada por un silencio cargado de dolor y resignación.
Andrea, con el corazón destrozado por la pérdida de sus vecinos, se debatía entre la tristeza y la necesidad de seguir luchando. En su mente persistía la imagen de Mateo y Sofía jugando junto al burro, de la sonrisa amable de Doña María, de la lucha incansable de Don Carlos. No podía permitir que sus muertes fueran en vano.
Con renovadas fuerzas, aunque con el alma herida, Andrea comenzó a hablar nuevamente con algunos vecinos, buscando soluciones para el acueducto. Y durante el duelo que se vivía ella estuvo analizando la posibilidad de utilizar la infraestructura abandonada por los habitantes de la Vereda La Cima, y pudo apreciar que los costos de recuperación, mantenimiento y operación serian asequibles a las condiciones de los moradores de La Vereda La cuesta, y que el sistema de pago que podrían implementar mensualmente para hacer sustentable el sistema podrían ser asumidos. Para su sorpresa, encontró en muchos un eco de su propuesta. El dolor y la necesidad habían calado hondo, y la idea de recuperar la infraestructura abandonada parecía una luz en la oscuridad.
«Quizás, solo quizás, esta vez sí lo lograremos», se decían unos a otros, aferrándose a esa frágil esperanza como a un salvavidas.
Ante esta nueva luz de esperanza, Andrea acompañada por un grupo de representantes de la comunidad, se dirigió un día lunes a la alcaldía para solicitar una cita con Don Anselmo. El alcalde, conociendo la tenacidad de Andrea y su dedicación, no dudó en recibirlos. La cita se programó para el viernes, y la semana transcurrió con una lentitud exasperante, marcada por la ansiedad y la incertidumbre.
Finalmente, el día llegó. Andrea y los representantes de la Vereda La Cuesta se presentaron en la alcaldía con el corazón en un puño. Don Anselmo los recibió con una frialdad y una displicencia que helaron la sangre de Andrea.
Con voz trémula pero firme, Andrea expuso su propuesta. Le habló de la posibilidad de recuperar el acueducto que le había sido entregado a la Vereda La Cima, de la viabilidad del proyecto, del valor que tendría para una comunidad sedienta y dolida. Le mostró los estudios técnicos, los números, los planes. Todo parecía indicar que esta vez, la solución estaba al alcance de la mano.
Pero Don Anselmo, ciego ante el sufrimiento y sordo ante la razón, se negó rotundamente. Con una crueldad innecesaria, prefirió ver la obra destruirse antes que entregarla a la Vereda La Cuesta. Sus argumentos, mezquinos y egoístas, se estrellaron contra la súplica desesperada de Andrea, quien le recordó las vidas perdidas en la búsqueda del agua.
Las palabras de Andrea, cargadas de dolor y esperanza, no lograron conmover el corazón de Don Anselmo. La puerta se cerró una vez más, dejando a la Vereda La Cuesta sumida en la desolación. La tristeza volvió a apoderarse de sus habitantes, obligándolos a regresar a su rutina de sed y esfuerzo, con el alma marchita y la esperanza casi extinta.
Jorulos
OPINIONES Y COMENTARIOS