No siempre fui mi versión preferida. Durante años fui un borrador corregido por otros: por la familia que esperaba, por el país que exigía, por el espejo que devolvía una imagen ligeramente torcida. Uno aprende temprano que debe parecerse a algo: al hijo ejemplar, al ciudadano correcto, al amante suficiente. Y en ese aprendizaje se pierde una verdad más íntima: nadie nos enseña a gustarnos.
Ser mi versión preferida no significa ser mejor que ayer —aunque a veces lo sea—, sino ser más fiel. Fiel a mis límites, a mis manías, a mis contradicciones. He descubierto que la preferencia no es un premio sino una elección. Me elijo cuando dejo de compararme con el modelo imposible que inventé a los veinte años. Me elijo cuando acepto que la coherencia absoluta es una superstición moral.
Jorge Luis Borges escribió que uno es todos los hombres y ninguno. Tal vez por eso la identidad es un territorio inestable: hoy soy el que duda, mañana el que afirma; hoy el que ama, mañana el que huye. Sin embargo, entre esas versiones hay una que me resulta hospitalaria. No es la más brillante ni la más heroica: es la más honesta.
He sido mi peor crítico. Me he exigido una pureza que ni los santos tolerarían. He querido ser siempre lúcido, siempre generoso, siempre fuerte. Pero la preferencia llegó cuando acepté mi sombra. Cuando entendí que la impaciencia también habla de deseo, que el miedo es un exceso de imaginación y que la tristeza es una forma de inteligencia.
Soy mi versión preferida cuando dejo de actuar para una platea invisible. Cuando no necesito demostrar que tengo razón. Cuando puedo decir “no sé” sin sentir que me derrumbo. Esa versión no es espectacular: paga sus cuentas, pide disculpas, se equivoca con moderación y vuelve a intentar.
No es un estado permanente. Hay días en que regreso a mis versiones menores: la del orgullo, la del resentimiento, la del cinismo fácil. Pero incluso entonces sé que existe otra posibilidad. Ser mi versión preferida no es una conquista definitiva sino un ejercicio diario, casi artesanal.
Quizá madurar consista en eso: en reducir la distancia entre quien soy y quien tolero ser. En mirarme sin indulgencia, pero también sin crueldad. En aceptar que la identidad no es una estatua sino un movimiento.
Hoy, al menos hoy, me prefiero. Y esa preferencia —discreta, sin épica— es mi forma más íntima de libertad.
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