Por un momento se imaginó que la luna se caía frente a sus ojos, tan amarilla, redonda e inmensamente brillante con aquellos detalles oscuros en su forma. Abrazada por las sombras de la noche, que acarician la luz filtrada en un manto de asombro de aquella densa lugubridad que solo los reflejos de la penumbra en el remanso del rio acompañan a este fugitivo hombre, tratando de observar detrás de un lente la antigua historia de la humanidad. El pasado de esta civilización que viaja en un periplo errático.
No si no antes, agradeciendo a la madre tierra por tal grato séquito de estrellas que deambulan en aquel infinito paisaje universal. Se pregunta, quizás que misterios esconde todo este cosmos, al parecer frío, estático e inconmensurable. Y el rostro viviente de nuestro espectador que dibuja una sonrisa por efecto de toda la exhibición plasmada en un telescopio.
Aún en el acecho nocturno cómo ave rapaz buscando a una presa, mira con detenimiento sin perder ninguna pista hasta el más mínimo detalle todo el esplendor mastodóntico de los planetas. Recurre a sus apuntes, al estudio, a la reflexión y análisis exhaustivo de las formas. La ciencia no miente, no tendría por qué equivocarse, si así lo fuere se podría debatir aquella teoría hasta su comprobación. La ancestral Grecia de los filósofos y astrónomos lo bautizaron cómo Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Crono. Los mismos dioses babilónicos con todo su esplendor cubren a nuestro planeta Tierra, pero nada hace presagiar que la ventura esta echada. Hado fatum los dioses no pueden modificar, pues el Dios Júpiter para los romanos designo a los hombres un fatal e ineludible desenlace.
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