El Tribunal del Tiempo abre sesión.
Entra un hombre con la espalda rígida.
No es orgullo.
Es miedo endurecido.
Sus ojos no miran al juez.
Miran hacia la puerta,
como quien todavía piensa en escapar.
El Tiempo lo observa sin reproche.
Conoce bien a los que huyen:
no huyen de otros…
huyen de ellos mismos.
I. Recepción de Testigos
El primer testigo es una disculpa nunca dada, flotando como un papel arrugado en el aire.
—Él me formó mil veces en su cabeza —dice—. Pero me guardó antes de pronunciarme. Tenía miedo de quebrarse.
El segundo testigo es una mirada esquivada, una sombra que titubea en el suelo.
—Lo vi apartar los ojos cada vez que alguien mencionaba su nombre —declara—. Yo existo porque él no soportaba aceptar su error.
El tercer testigo es una funeraria vacía, fría, solemne.
—Él debía venir —dice con voz hueca—. Pero llegó tarde. La persona que debía escuchar su perdón… ya no podía hacerlo.
El cuarto testigo es una carta nunca enviada, amarillenta.
—Me escribió una noche —susurra la carta—. Me llenó de lágrimas. Me dobló. Me guardó en un cajón. Y allí sigo… esperando ser leída por alguien que ya no está.
El último testigo es un abrazo perdido, sólo una sensación suspendida.
—Él lo necesitaba —dice el abrazo—. Pero era demasiado orgulloso para pedirlo.
El hombre aprieta los dientes.
Es la primera vez en años que escucha su propia verdad narrada por otros.
II. Examen de los Hechos
El Tiempo extiende la cinta.
Se ven momentos que duelen más que cualquier golpe:
• discusiones que terminaron en gritos
• palabras dichas con rabia que él lamentó en silencio
• días enteros sin hablar por orgullo
• noches donde quiso llamar… y no lo hizo
• personas que esperaron una disculpa que nunca llegó
• oportunidades de reconciliarse que dejó evaporarse
El hombre intenta justificarse:
—No sabía cómo hacerlo.
El Tiempo pregunta:
—¿Aprendiste a herir?
Entonces también podías aprender a sanar.
La cinta avanza.
Aparece la escena más pesada:
Él frente a un ataúd cerrado,
con la boca temblando,
repitiendo por dentro lo que nunca dijo en voz alta.
La cinta muestra también su futuro:
Un hombre viejo lamentando el tiempo perdido,
las personas que ya no están,
la culpa que nunca se limpió.
El Tiempo habla:
—El rencor te encarceló.
Pero vos sostuviste la llave.
III. Sentencia
La sala queda en un silencio que no destruye:
un silencio que pide suavidad.
El Tiempo dicta:
—No te culpo por equivocarte.
Te culpo por no atreverte a pedir perdón.
El hombre cierra los ojos.
—El orgullo —continúa el juez— es la forma más lenta de abandonarse.
Te escondiste detrás de él…
y perdiste más de lo que protejiste.
La sentencia final no castiga:
llama.
—Tu condena será esta:
pedir perdón mientras aún haya quien pueda escucharlo.
Y donde ya no puedas…
deberás perdonarte vos mismo.
El Tiempo añade:
—La culpa te trajo aquí.
El perdón es lo único que puede sacarte.
El reloj marca 03:17,
la hora en que algunos orgullos se quiebran
y nacen los primeros arrepentimientos verdaderos.
OPINIONES Y COMENTARIOS