No puedo entender que desprecien mi intuición, mis conocimientos, mis verdades, que no nacieron en libros ni en escuelas, sino en ese órgano antiguo y testarudo que es el asombro. ¿Cómo van a decirme que nuestro planeta es una bola, si jamás he visto una gota de agua aceptar el mandato de la redondez? Tome usted una pelota, hiérala con algunos orificios, déjela sangrar agua, y verá cómo el líquido huye, como huyen los secretos cuando el mundo gira demasiado rápido. Lo mismo pasaría con nosotros —decía—, con las casas, con los perros, con las madres que rezan en voz baja: saldríamos despedidos hacia el olvido, como migas de pan expulsadas de la mesa del universo.

Las escuelas mienten. Las fotografías de los satélites son espejos domesticados. Las élites, con sus manos perfumadas de poder, nos quieren hacer pasar por imbéciles, mientras el cielo —ese testigo antiguo— guarda silencio como un cómplice cansado.

Y allí se detuvo.

El sujeto era un hombre flaco, como si la vida hubiera decidido economizar carne en su cuerpo. Enjuto. De mirada sin raíces. Sus ojos no tenían un color, sino una indecisión, como si no hubieran terminado de escoger entre existir o retirarse del mundo. A veces parecía vivo; otras, parecía apenas un recuerdo de sí mismo. Por eso los periodistas, con esa crueldad que sólo poseen los que no entienden, comenzaron a llamarlo el gato de Schrödinger, porque en él convivían, sin pedir permiso, la certeza y el cadáver.

Decían que llevaba el veneno dentro, no en las venas, sino en las convicciones.

Y sucedió lo increíble, que en este mundo es siempre lo que sucede.

Una compañía fabricante de naves espaciales —una de esas empresas que venden excursiones al vacío a millonarios que ya se han cansado de poseer la Tierra— lo invitó, gratuitamente, a viajar más allá del aire. Lo invitaron como se invita a un profeta o a un condenado.

El señor Rodríguez recibió la noticia con el temblor de quien es elegido por un dios en el que no cree. La sopesó. La olfateó como un animal prudente. La mascó durante noches enteras, mientras el techo lo observaba con la paciencia de las cosas que saben demasiado. Consultó con los cien únicos terraplanistas que aún conservaban visibilidad en aquella época —una congregación de sombras luminosas—, y finalmente aceptó, no sin antes sentir que el destino lo estaba empujando con una mano invisible y suave.

Partió una tarde de primavera hacia el centro de vuelo, donde el aire tenía la textura de los comienzos. Permanecería allí dos semanas. Tenía que engordar, dijeron, como si el cuerpo necesitara más peso antes de entregarse a la ingravidez. Lo alimentaron. Lo midieron. Lo auscultaron. Lo prepararon para volar.

Volar, pensaba él, para demostrar que la Tierra era plana como un disco antiguo, como aquellos DVD olvidados en los cajones del tiempo, que todavía conservaban, en su superficie lisa, los ecos de un mundo más ingenuo.

Despegaron con un sol bueno, un sol sin sospechas, y a las diez de la mañana comenzaron a escapar de la Tierra a cuarenta mil kilómetros por hora, como quien huye de una verdad que ha vivido demasiado tiempo en la misma casa.

Cuando la gravedad dejó de reclamar su obediencia, el viaje se volvió más amable. Le mostraron entonces el planeta.

La Tierra.

Azul.

Curva.

Hermosa.

Suspendida en la nada como una lágrima que el universo no había querido derramar.

Sus ojos, al verla, intentaron abandonarlo. Quisieron saltar de sus órbitas, huir hacia esa visión imposible. Durante un instante, el silencio entró en él como entra el mar en las conchas vacías. Pero luego recordó. Recordó sus certezas, sus vigilias, sus años defendiendo una verdad que lo había elegido antes de que él pudiera elegirla.

Y calló.

Iba rodeado de científicos y cosmonautas, hombres que parecían hablar el idioma secreto de las estrellas. Era mejor callar. Las ideas, cuando han vivido demasiado tiempo dentro de uno, se vuelven tímidas ante la evidencia.

Veintisiete horas después, en una cápsula diseñada para sobrevivir al regreso, tocaron el mar. El océano los recibió con la indiferencia con que recibe todos los milagros. Un helicóptero los rescató y los devolvió al punto de partida, como si nunca se hubieran ido.

Pero el mundo ya no era el mismo.

La prensa lo rodeó. Las cámaras lo devoraron con su hambre mecánica. Todos querían oír al gato que había viajado al borde de la verdad.

Las preguntas volaron hacia él como aves de metal.

—¿Qué le pareció la curvatura de la Tierra?

El señor Rodríguez no dudó.

—Eso no me preocupa —respondió con una serenidad que no era humana—. Lo que me preocupa es qué tecnología de engaño están usando para simular tal absurdo.

Y en ese instante, el universo, que había esperado pacientemente, comprendió que no hay distancia capaz de vencer a una fe cuando ésta ha decidido ser eterna.

Quince días después, la compañía lo invitó nuevamente.

Aceptó sin resistencia, como aceptan los elegidos su destino.

La nave partió.

Pero esta vez no regresó.

Se dijo que una falla improbable, única, casi poética, abrió una herida en el metal, y que el señor Rodríguez fue entregado al vacío sideral, donde el frío no mata, sino que conserva.

Algunos afirmaron que, mientras su cuerpo se alejaba, la Tierra —redonda, maternal, irrefutable— abrió sus brazos azules para recibirlo, como una madre que perdona incluso a los hijos que nunca creyeron en su existencia.

Pero no hay pruebas.

Sólo relatos.

Y en ciertos atardeceres, cuando el cielo parece una superficie perfectamente plana, hay quienes juran ver una figura flotando en la distancia, todavía buscando el borde del mundo.

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