Este país es un laberinto sin salida, pero no tiene muros: tiene costumbres. No hay Minotauro en el centro; hay trámites. No hay hilo de Ariadna; hay promesas electorales.
Caminamos convencidos de avanzar, pero cada esquina desemboca en la misma plaza: la del desencanto. Como en un cuento menor de un escritor que seguramente no recuerdo o tal vez no existió, el mapa coincide demasiado con el territorio y el territorio se obstina en parecérsenos. Somos arquitectos de pasillos que conducen a puertas clausuradas; levantamos columnas para sostener techos que ya están en ruinas.
En este laberinto, la salida siempre está anunciada para el próximo turno. La señalización es precisa, casi científica: “Reforma”, “Cambio”, “Nueva etapa”. Pero los carteles rotan como actores cansados y el escenario permanece. A veces creemos oír un eco de libertad, como si alguien hubiera abierto una ventana; sin embargo, es apenas el viento que atraviesa las grietas.
El país no se pierde: nos pierde. Nos divide en pasillos paralelos que jamás se tocan. Nos obliga a elegir entre espejos.
Y, sin embargo, hay algo más inquietante que el encierro: la costumbre del encierro. Hemos aprendido a decorar las paredes del laberinto, a discutir su estética, a votar el color de las sombras. Nos indignamos con fervor, pero rara vez derribamos un muro.
Tal vez la salida no esté al final sino en el gesto mínimo de desobedecer el recorrido previsto. Tal vez el laberinto no sea una trampa sino una excusa. Porque si el país es un laberinto, también es una construcción humana; y lo que se construye, incluso con miedo o con mezquindad, puede desmontarse.
Pero eso exige algo más difícil que encontrar la puerta: exige admitir que también fuimos albañiles del encierro.
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