Mi país se hunde conmigo adentro.

No es una metáfora náutica: no hay barcos ni puertos, apenas un escritorio, una taza fría y la sospecha de que las grietas del mapa coinciden demasiado con las de mi propia frente. El derrumbe no hace ruido; es un descenso íntimo, como si la geografía hubiera aprendido a respirar al ritmo de mi ansiedad.

Cuando digo “mi país” no señalo una frontera sino una costumbre. Una manera de desconfiar y de esperar al mismo tiempo. Una fe fatigada que insiste en sobrevivir a sus propias pruebas. Se hunde conmigo porque lo llevo incorporado: en el acento, en la ironía defensiva, en la nostalgia prematura por cosas que todavía no ocurrieron.

El hundimiento es lento. No hay catástrofe visible, sino pequeñas renuncias: un gesto que ya no se hace, una palabra que se evita, una esperanza que se archiva “para más adelante”. Así se va al fondo: sin épica, sin violines, con la burocracia silenciosa del desaliento.

A veces creo que exagero. Que ningún país cabe dentro de un hombre. Pero después recuerdo que todo país es, antes que territorio, una narración compartida. Y si la narración se agrieta en mí, si la fe pública se vuelve un murmullo privado, entonces el derrumbe ya comenzó.

Sin embargo, hundirse no es desaparecer. En el fondo hay presión, sí, pero también hay silencio. Y en el silencio —si uno resiste lo suficiente— puede empezar otra historia. Tal vez el país no se hunde: tal vez desciende para obligarnos a mirar de frente lo que siempre evitamos ver desde la superficie.

Mi país se hunde conmigo adentro, es cierto. Pero si todavía puedo nombrarlo, si todavía duele, entonces no está perdido: está pidiendo ser reconstruido desde el único lugar posible —
la conciencia.

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