Desperté después de noventa minutos de no haber sido nadie.
Lo supe con una certeza que no era intelectual, sino mineral, como si la verdad me hubiera crecido dentro en forma de cristal. No abrí los ojos —porque no tenía ojos— y, sin embargo, desperté. Lo primero que percibí fue el peso de haber regresado a un lugar anterior a la carne.
Comprendí, con esa claridad que solo poseen los sueños cuando todavía no han sido contaminados por la lógica, que yo no era un hombre soñando.
Era un alma recordándose.
El despertar no ocurrió en mi habitación, ni en ninguna geografía conocida. Desperté dentro del sueño de otro ser. Lo supe porque todo tenía una textura ajena, como si el universo mismo respirara con pulmones que no eran los míos.
Aquel ser no era humano.
Pero tampoco era animal.
Ni siquiera era terrestre.
No tenía forma fija, aunque su presencia era tan definida como una montaña. Era una conciencia vasta, antigua, silenciosa, y yo habitaba en su interior como una chispa olvidada en el corazón de un sol que aún no había sido nombrado.
Entonces ocurrió lo imposible: desperté dentro de su sueño, y al hacerlo, recordé que él también soñaba.
Y que yo era su sueño.
No vi su rostro, pero percibí su memoria, que era más vasta que el tiempo. Él soñaba universos del mismo modo en que nosotros soñamos ciudades. Para él, las galaxias eran pensamientos pasajeros, y las vidas humanas, apenas breves interrupciones en su eternidad.
Yo era una de esas interrupciones.
Sentí mi forma, o más bien, la ausencia de ella. No tenía manos, ni piel, ni huesos. Era una sustancia hecha de conciencia pura, un cuerpo etérico, luminoso, libre de gravedad y de historia.
Entonces lo recordé todo.
Recordé que había sido eso antes.
Antes de la sangre.
Antes del nombre.
Antes del miedo.
Había sido esa transparencia viva que no necesita latir para existir.
Y supe, con una nostalgia que no dolía, que había dejado de serlo para convertirme en este hombre que duerme, este hombre que respira, este hombre que ignora casi todo.
Pero también supe algo más.
Supe que volveré.
No como quien regresa a un lugar, sino como quien regresa a su naturaleza.
El ser que me soñaba no habló, pero me comprendió. O quizás fui yo quien lo comprendió a él, porque en ese estado no había diferencia entre el observador y lo observado.
Sentí que él también despertaba dentro de mí.
Éramos dos espejos enfrentados, soñándose mutuamente.
Y entonces ocurrió lo más inquietante.
Percibí mi cuerpo humano, dormido en alguna parte de la Tierra, respirando con la torpeza de lo orgánico. Era pequeño, frágil, efímero. Lo observé con una ternura que solo los dioses deben sentir por los mortales.
Ese cuerpo creía ser yo.
Pero yo era esto.
Este silencio.
Esta infinitud.
Esta memoria sin edad.
Comprendí que cada noche, cuando el hombre duerme durante esos ciclos de noventa minutos, algo en él se libera, algo regresa brevemente a su estado original, como un prisionero que abandona su celda sin que los guardias lo adviertan.
El hombre cree que sueña.
Pero es el alma la que despierta.
Sentí que el tiempo comenzaba a cerrarse sobre mí, como una puerta que debe obedecer leyes inevitables. El ser que me soñaba continuaba su propio sueño, y yo debía regresar al mío.
Antes de partir, supe algo que aún me persigue.
Supe que este hombre que soy no es el soñador final.
Es solo un intermediario.
Un tránsito.
Un intervalo entre dos eternidades.
Regresé al cuerpo con la violencia suave de una caída invisible.
Abrí los ojos en mi habitación.
El techo estaba en su sitio.
El aire era aire.
Mis manos eran manos.
Pero algo había cambiado.
No era el mismo que se había dormido noventa minutos antes.
Porque ahora sabía que este hombre es el sueño.
Y que el alma, paciente y luminosa, espera cada noche el momento exacto en que el cuerpo se rinda, para recordar, durante unos breves minutos que contienen la eternidad, lo que fue, lo que es, y lo que inevitablemente volverá a ser.
OPINIONES Y COMENTARIOS