Más lunares en la cara

Seis, siete ¡Hasta ocho! César no lo puede creer, hay uno más que la semana pasada. Si al menos fueran melanomas superficiales podrían ser extirpados, pero mucho se temía que aquellos lunares en la cara de su hija no iban a desaparecer tan fácilmente. En el décimo octavo cumpleaños de sus dos hijas, porque eran gemelas, el doctor Godoy anda consternado tratando de averiguar cuál de las dos tiene la cara más poblada de aquellas manchas indignas.

Para entender mejor esta cuestión, tendríamos que remontarnos dieciocho años atrás, concretamente al año 2001. Las Torres Gemelas caen y la carrera de César asciende meteoricamente. Después de años pleiteando y mediante una agresiva campaña de marketing, el ya reputado cirujano plástico, ha fagocitado a la competencia, ha abierto nuevas clínicas en varios países y se dispone a recoger un Premio Nacional de Medicina. Todo iba bien hasta que las gemelas llegaron al mundo. 

Ninguna ecografía era capaz de anticipar una catástrofe semejante, tantos avances médicos para esto, pensó César. Frida en germánico significa hermosa. Si no fuera por el poblado entrecejo de las dos crías, jamás se hubiera planteado un nombre así para ellas. Sus dos cabecitas colocadas de manera contigua en la cuna simulaban una velluda y curvada línea de cuatro ondas. Tuvieron que ponerle Bianca y Clara de nombre, por lo menos eso sí era cierto. Su piel era tan blanca que, desafortunadamente, serviría de valla publicitaria para anunciar la llegada de todos esos lunares que fueron salpicando la piel de las crías. Ni eso les salió bien.

El día en que vino la familia de visita al hospital para conocer a las pequeñas, Jimena, la madre, entendió de un vistazo a su marido. Comprobó cómo tragaba saliva, bailaba inquieto en la habitación, sudaba cada vez que alguien intentaba cogerlas en brazos… Ella solo podía mirarle con desaprobación. A su vez, él no podía entender cómo unos seres tan imperfectos podían ser amamantados por los pechos tan perfectos que él mismo operó años atrás. Así que, para ahorrarse la escenita, cada vez que llegaban más visitas, Jimena optaba por mandar a César a por cafés con el reproche de sus ojos clavado en la espalda.

Las noches de llanto e insomnio fueron dando a su fin, a los tres años las pequeñas dejaron que el cirujano durmiera, aunque las pesadillas no desaparecieron del todo. Soñaba que, en los muros de una vieja catedral gótica, sus pequeñas permanecían petrificadas cual gárgolas. No solo eso, despertaban, abrían los ojos y descendían en picado para clavar sus afiladas uñas en el cuello. Si no fuera porque no era supersticioso, hubiera jurado que aquellas visiones solo eran un anticipo de lo que estaba por venir. A los siete años, el tabique nasal de ambas empezó a inspirarse en Picasso. Quizás con un retoquito, pensaba… Pero era muy pronto todavía.

Daba igual si Bianca despuntaba en Matemáticas o si Clara era todo un portento ganando amigas. El primer día en siete años que Jimena las dejó a solas con su padre, éste aprovechó para arrancar con unas pinzas los pelos en sus entrecejos. Al llegar, su madre se encontró a las dos pequeñas con la cara roja, hinchada y bañada en lágrimas. Esa noche César durmió solo en el sofá cargado con una importante reprimenda y el reproche clavado en la espalda. 

El doctor Godoy siempre perdía casualmente la foto de sus hijas en la billetera, no invitaba a colegas del trabajo a casa y no se atrevía a hablar demasiado de ellas a su joven amante. Cada vez se ausentaba más del hogar con la excusa del trabajo, pero la tarde en que las gemelas invitaron por primera vez a sus amigos del instituto a merendar, César no pudo evitar espiarlos cuando jugaban a la botella. En el instante en que el vidrio dejó de girar y apuntó su cuello hacia Bianca, el doctor creyó que le daba un vuelco el corazón. Miró al chico seleccionado para besar a su hija, la naturaleza había sido muy generosa esculpiendo los rasgos del efebo y en cambio con ella… Si al menos pudiera ayudarla con el bisturí. Antes siquiera de que los escogidos se acercaran un ápice, César irrumpió en la habitación para coger de la solapa al chico.

—¡Tú quién te crees para despreciar así a mi hija! —clamó temeroso mientras el corro de chavales le miraba con estupefacción. Aquella tarde Bianca y Clara pensaron que su padre había sido víctima de un ataque de sobreprotección paternalista, pero Jimena entendió mejor que nadie la situación. Por la noche, el doctor volvió a dormir solo cargado con una importante reprimenda, el reproche y una advertencia clavada en la espalda.

El día de su graduación, las dos hermanas estaban espléndidas a juzgar por los halagos que todos les dedicaban, todos, menos los de su padre. Lo máximo que alcanzó a decirles es que llevaban un vestido precioso (que él había ayudado a elegir, claro). Por aquel entonces, César estaba más preocupado por las querellas y pleitos que le aguardaban a la vuelta de la esquina. Su joven ex amante lo chantajeaba con delatar su aventura, además de unas cuantas docenas de denuncias que llegaban de pacientes indignadas. Asimetrías graves, necrosis de tejidos… La lista fue en aumento, pero su ego no se desinflaba. Si aquel día miraba más el teléfono que a sus hijas en el salón de actos, desde luego no fue simple estrés laboral.

Bordeando ya la mayoría de edad, Bianca y Clara apuntaban alto. Los contactos familiares y su buena actitud hicieron el resto. Los resultados académicos presagiaban logros inéditos en la familia. Aunque César jamás pudo haber aspirado a un expediente semejante, tenía otra preocupación en mente. En vísperas de entrevistarse con las más prestigiosas universidades de la nación, las dos gemelas andaban estresadas. No es raro imaginar que, ante tal situación, las dos sudaran algo más de la cuenta. A decir verdad, sudaban mucho y el aroma en la casa perturbaba al cirujano. Con el objeto de ayudarlas, llevó algunas dosis de toxina botulínica a casa. Aunque les explicó que solo eran simples “pinchacitos” para atrofiar las glándulas sudoríparas, las dos hermanas se encerraron aterrorizadas en el cuarto hasta que llegó Jimena. Al caer la noche, Godoy se fue a dormir a casa de su madre cargado con una importante reprimenda, el reproche, la advertencia y un ultimátum clavado en la espalda.

Pero regresando al décimo octavo cumpleaños de las gemelas y al recuento desquiciado de lunares faciales, nuestra historia continúa en la intimidad de una cena familiar. César, Jimena y sus hijas están sentados en la terraza de un lujoso restaurante. La brisa es cálida, el verano acaba de estrenarse con noticias de gran calado. Bianca y Clara han sido aceptadas en la universidad que querían. A la espera de que sirvan la tarta, el cirujano tamborilea con los dedos en la mesa pensando en la mejor manera de darles la sorpresa. Cuando encienden las velas, las pequeñas llamas iluminan el rostro de sus hijas con una luz anaranjada, hasta parecen guapas, piensa él. Todos cantan, todos ríen, César sabe que ya tienen edad legal para tomar sus propias decisiones. Mientras comen sus respectivas porciones de tarta, las chicas chismorrean sobre algunas de sus amigas. Dicen que Celia va a aumentarse el pecho y Rebe se va a hacer un retoquito en los labios. Es el momento, el doctor Godoy coge aire, Jimena le mira incrédula negando con la cabeza.

—¿Lo veis? Si es tan normal. El papá os ha preparado un huequito en el quirófano este verano y puede darle un toque a vuestras naricillas —acaba la frase arrugando un poco la nariz y gruñendo como un cerdo —Oink oink —trata de quitar hierro al asunto. 

Bianca suelta la cuchara de golpe, Clara lleva la mano a su frente y Jimena atraviesa a su esposo con la mirada cargada de reproche, reprimenda, advertencia y un ultimátum que debe cumplirse. Después de aquel verano de 2019, las gemelas se marcharon a estudiar fuera de casa. Ni los mejores abogados pudieron evitar que el imperio de las Clínicas Godoy se partiera en dos por el régimen de gananciales y el doctor jamás pudo averiguar cuál de sus dos hijas tenía más lunares en la cara.

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