El Alef en el Cielo
I. El Alef suspendido
En el cielo no hay tinta ni papel, pero hay forma. La Palabra no se pronuncia: se revela. Y su forma es el Alef, letra silenciosa, primera del Nombre, compuesta por tres trazos que no se tocan, pero se entienden.
Alef no grita, Alef no canta,
pero en su silencio tiembla el universo.
Una Vav se inclina como rama de olivo,
una Yod se eleva como chispa de fuego,
y otra Yod se hunde en la tierra como semilla.
II. El Canal: Pablo
El apóstol Pablo es la Vav inclinada, el canal que se dobla para que la Palabra fluya. En prisión, en naufragio, en visión, Pablo escucha y escribe. No escribe para sí, sino para Timoteo, su hijo en la fe.
Pablo no es fuente, es cauce.
No es dueño, es siervo del Misterio.
Sus cartas son vasijas de barro,
que contienen oro invisible.
Cada palabra es trigo para los días de hambre.
III. El Recipiente: Timoteo
Timoteo no predica: resiste. No combate: custodia. Él es la Yod en la tierra, la semilla que no se deja corromper. En medio de doctrinas extrañas, de voces que confunden, Timoteo guarda lo que Pablo le confió.
Timoteo es granero cerrado,
vigía del trigo eterno.
No abre la puerta al viento,
espera la estación del hambre.
Su silencio es fidelidad.
IV. El Copista: El Monje del Silencio
En una celda sin nombre, un monje copia a mano las cartas. No entiende todo, pero siente. Cada letra es una semilla. Él no predica, no enseña, no debate. Solo escribe. Y al escribir, lanza al viento.
El monje no habla, pero escribe.
Su pluma es oración sin voz.
Cada letra es lágrima contenida,
cada línea es camino trazado.
Él siembra sin ver la cosecha.
V. El Receptor: Heinz Kaiser
En Hamburgo, 1911, Heinz Kaiser recibe un ejemplar del Nuevo Testamento. No lo compra: lo recibe. Lo guarda como un tesoro, y en octubre de 1984, lo entrega con un mensaje:
“Un recuerdo de su hermano Heinz para que guíe tu vida.”
Heinz no es escriba ni profeta,
es custodio del legado.
El libro que recibe no pesa,
pero contiene siglos de luz.
Su entrega es semilla en manos de otro.
VI. El Heredero: Pablo Antonio
Tú, Pablo, eres la Yod en la tierra. La semilla que recibió el Alef, el trigo que fue almacenado, la carta que fue copiada. Tu vida es el campo donde esa semilla germina. Tu obra es el testimonio que brota.
El Alef descendió como rocío,
y tú lo recogiste como maná.
No lo buscaste, pero te encontró.
Ahora florece en tu palabra,
como fruto que vuelve al cielo.
Epílogo: El Alef en movimiento
El Alef no se queda en el cielo. Se inclina, se transmite, se copia, se hereda, se encarna. Y ahora, se escribe en tu obra, como semilla que vuelve al cielo en forma de fruto.
La Palabra no muere,
solo cambia de recipiente.
El Alef sigue viajando,
como luz que busca tierra fértil.
Y tú eres tierra, y eres testigo.
ב
Bet es una casa abierta.
No empieza en el muro, sino en el hueco donde la luz decide entrar, toca la ventana en marzo de 2003.
Una puerta a medias, un refugio que no encierra:
Un cuenco dispuesto a recibir al humilde.
En su interior habita el primer secreto:
que lo eterno eligió comenzar con un pesebre y no con un trono.
Con un espacio humilde donde la Palabra pudiera reposar
antes de hacerse camino y alimentar y sanar.
La Bet guarda en silencio el rumor de todas las habitaciones que tuvimos: la cocina donde nuestra madre trenzaba el pan;
la pieza estrecha donde aprendimos a esperar;
el rincón mi padre anciano frotaba sus manos
para hablar con Aquel que lo sostuvo en sus noches de aflicción
Cada estancia es un latido,
y cada latido es un pacto:
siempre habrá un sitio donde la misericordia llegue antes que nosotros.
Bet es también la herida que se transforma en morada.
La esquina del alma donde entró el viento frío en 1995,
el eco de un disparo que no nos derribó,
la habitación pobre en Kennedy que se convirtió en altar,
la sala silenciosa del cementerio donde alguien dijo:
«Aquí la soledad es fuerte».
Y aun así, la casa no se cayó.
Porque Bet no exige grandeza,
solo disposición.
Es la letra que dice:
“Toma lo poco que tienes y deja que Yo lo habite”.
Por eso su forma es una apertura hacia adelante.
Una invitación a caminar,
a levantar otra casa —no de ladrillos, sino de memoria—
allí donde la vida nos entregó su provisión:
un padre orando en aquel cuarto tehilin 5
una niña danzando en Pasto,
un anciano que se despide como Pablo, pidiendo cuidado por las semillas
un hermano que busca trabajo,
un pequeño lote en Túquerres donde quizá germinará un futuro.
Bet es una casa que respira.
Y tú eres el testigo que la recorre,
pasando la mano por las paredes,
reconociendo que ninguna está vacía.
En su centro, apenas visible,
hay una chispa.
Un sello silencioso que dice:
“Aquí comenzó el mundo.
Aquí comienza tu historia”
El Cuento de la Letra Guímel — ג
Dicen los sabios que cada letra del alefato es una puerta.
Y que quien sabe escuchar no oye golpes, sino pasos.
Pasos que vienen, pasos que van.
Eso es Guímel.
Guímel nació inclinada hacia adelante, como quien está siempre a punto de correr.
Mientras Alef permanecía en silencio y Bet construía la casa, Guímel era la que salía.
Salía al camino polvoriento donde caminaban los cansados.
Un día, mientras el viento levantaba granos de arena del desierto, Guímel escuchó un susurro.
Era una voz pequeñísima, como el resuello de quien ha perdido fuerza.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Guímel.
Y desde el polvo surgió un Dalet (ד), delgado como un hilo, quieto como una puerta que solo espera.
Dalet no avanzaba, porque no tenía con qué.
Había perdido su provisión, su jarro y su sombra.
Era la letra del necesitado; la más humilde de todas, la que no mira hacia sí misma sino hacia afuera.
Guímel lo vio y entendió su misión.
Recordó entonces lo que había escuchado desde el día de su creación:
que su forma —una pierna estirada, un pie en movimiento— era una señal.
La señal del que corre para dar.
Así que Guímel no dudó.
Tomó de la Tesorería Secreta —ese depósito donde las letras guardan lo que el Eterno les enseñó—
y cargó pan, agua y aceite.
Corrió hacia Dalet.
Y cada paso que daba producía un sonido parecido al del gamal, el camello,
animal que atraviesa desiertos llevando vida sobre el lomo.
Por eso a Guímel se le parece:
porque es quien transporta bondad en un mundo sin sombra.
—Dalet —dijo con voz luminosa—, no te he traído caridad.
La caridad es una moneda que se entrega desde arriba.
Lo que te traigo es jesed:
pan para tu día, agua para tu camino y aceite para tu rostro.
Dalet inclinó su puerta interior y recibió.
El viento guardó silencio.
Entonces sucedió algo extraño:
las dos letras, al ponerse una junto a la otra, formaron una palabra luminosa que ningún escriba había visto todavía:
גד — “Gad”, fortuna, plenitud, abundancia.
Guímel sonrió. Dalet también.
Y entendieron que en el cielo cada acto de bondad crea un nombre nuevo,
una palabra que antes no existía,
que quedará escrita para siempre,
aun si nadie la pronuncia en la tierra.
Desde ese día, Guímel sigue corriendo.
Corre hacia todo Dalet que encuentra,
porque eso es lo que hace quien comprende su forma:
quien no se inclina hacia adelante para ganar ventaja,
sino para alcanzar al que quedó atrás.
Y los sabios dicen que cuando un ser humano corre a socorrer a otro,
el cielo escucha pasos.
Pasos ligeros.
Pasos de letra.
Pasos de Guímel.
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