Manifiestos

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FedeAr

19/02/2026

Hoy me encontré solo, por primera vez en muchísimo tiempo. Quizás
por primera vez en mi vida. No me refiero, claro que no, a estar
solo, sino a tomar dimensión corporal en el encontrarme
solo.

Me
encontré solo, y me di cuenta que todas las otras veces en la vida
en la que me había sentido
solo, no pude otra cosa más que ir en busca de compañía, o morir
de miedo, y en ambas terminaba entrando
en un estado ansioso fatal.

Toda
una vida dedicada a la ansiedad.

Hoy
me encontré solo, y me di cuenta de lo bien que se sentía; siendo
consciente de que era eso que venía pasando hace un tiempo, en mi
cuerpo, en mis vínculos, en mi cotidiano, en mis buenos y malos
días.

Lo
viví como un hallazgo determinante en mi vida, como de esos que
sabés que ya no podés dejar pasar, ni dejar de habitar en el
cuerpo. Esos momentos que con el tiempo dimensionás como
fundacionales para tu versión siguiente.

Una
birra y una bolsita con maní, la cena de esta noche. Un Deleite. El
encuentro conmigo, y mis ideas, la creatividad asoma como palabras,
porque parece que hoy toca así; parece.

Hasta
no hace mucho, una imágen así, de hombre solo, cenando birra y
maní, en la oscuridad del cuarto que se ilumina apenas por el brillo
de la pantalla; la cama simple, pegada a la de su hija, que hoy pasa
la noche con su mamá, en la casa que él construyó con sus manos, y
de la que se tuvo que ir por no haber podido lidiar con sus errores
de una forma más evolucionada; durante suficiente tiempo como para
que no hubiera otra opción; esa imágen, simbolizaba el fracaso.

Hoy,
casi mágicamente, se siente como un alivio. El alivio de permitirse
fracasar. Poder decir
“perdí”, sin vivenciar un drama infondeable.

Si
nos equivocamos, perdemos. Y aceptar la pérdida, es el primer paso
para un duelo sano.

Permitirse
enterrar a los muertos.

Alivio,
el haber aprendido, después
de muchos golpes, otra forma de sentir, más
propia de lo que nace de mis entrañas.

Hay
algo ahí que toma otra forma, que se va empezando a sentir palpable.
Un formato posible para estos tiempos, de tanta confusión. Una
especie de leit motif
de esta era: A Desafectivizar; solo como paso inevitable para poder
reafectivizar el cotidiano, según nuestra versión más genuina.

El
afecto diverso, más propio de colectivos pequeños; un suerte de
atomización de la
moral, una ética de la estética; infinitas posiblidades, todas
válidas, todas inválidas.

Un
pasito más cerca de lo que siga después.

Se
hace necesario el desarrollo de la inteligencia emocional, o por lo
menos una actualización, que permita reconocer el afecto, sin
dramatizar ni fundirse en el mismo, para poder investigar
si nos corresponde al cuerpo, o si es mandato, reflejo condicionado,
cárcel moral, o cultura de la dominación aprendida como único
lenguaje con el que nos animamos a descifrar el mensaje corporal.
Apocalipsis acuariano.

Me
lo dijo la IA hace poco,

“el
peligro para los humanos no es la IA, el peligro es la desconexión
del cuerpo”

Porque
la clave está, para mi, en que la vida, nuestro tiempo en el mundo,
cada día que amanecemos aún aquí, se experimenta
con el cuerpo; y es esta experimentación la
que marca el pulso del intelecto, y del lenguaje y su palabra como
unidad esencial del pensamiento.

Cuando
hablan de estar presentes,
están diciendo “viví cada día”, así, sin remate.

Animarse
a vivir es animarse a habitar el cuerpo, a sentir; a deleitarse en el
sentir, ya sea agradable o desagradable; si le damos el lugar que le
corresponde al cuerpo, lo que nos pasa en la vida deja de ser un
drama; dejamos de ser víctimas, y nos podemos hacer cargo del lugar
que ocupamos en nuestro entorno, en el mundo.

Esto
no despolitiza, ni disuelve el código ético de la justicia; más
bien, lo resignifica, y lo vuelve potencia, capaz
de transformar la realidad, según
nuestra historia, grabada a fuego en nuestro cuerpo y en nuestros
afectos, lo demande.

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