Una noche Mas

Una noche Mas

Teovaldo

18/02/2026

¿Qué hacer cuando no existe nada? Bueno, puedo caminar las noches por la ciudad buscando la respuesta, se decía a las tres de la mañana ebrio en la banca de un parque desconocido. Se había abandonado a sí mismo; el cigarrillo se consumía lentamente, la lumbre seguía un ritmo aciago mientras la ceniza caía sobre su peso. Intentó llevarlo a dar una bocanada; la ceniza cae sobre el piso uniforme. Un resoplido: el humo contamina sus pulmones una vez más en este ritual eterno, mantenido ya por demasiado tiempo, pero ya se habían hecho amigos, es por ello que lo mantenía firme entre sus dedos y como parte central de sus historias y ser. Pensaba que la noche no había dejado nada que recordar; solo bebida, música, conversaciones que nunca llegan a nada. Una noche perdida, se decía mientras pensaba si valdrían la pena los dolores de la mañana; no recordaría las voces o los escenarios por donde anduvo, ni retendría palabra de lo acontecido.

Mientras trataba de resolver el enigma de su paradero, sin que su mente se perdiera más por la confusión de la bebida, revisó los bolsillos: no quedaba nada. No era de sorprender; cuando caen en estos todo se gasta en un hedonismo torpe. Levanta la mirada tratando de concentrar los ojos en un punto donde los sentidos anuncian vida, mas solo ve unos seres borrosos acercándose. Cada paso que dan se hacen más claros; eran esas almas perdidas, aquellos que no cayeron en la banca por una noche de alcohol y locura en elección propia: son los desdichados que viven cada noche igual a esta.

—¿Tienes un cigarrillo? —pregunta al acercarse uno de ellos.

Revisó los bolsillos y encontró una cajetilla; le entregó uno, lo toma agradecido. Golpeando la caja saca unos más, se los ofrezco, los toma. Intento pararme, las piernas no responden; la bebida me ganó. Apenas mantengo la conciencia para no ser despojado de lo que llevo; al fin, un paquete de cigarros no es mucho, me digo a mí mismo.

—Tranquilo, no te vamos a robar —dice uno de ellos mientras se sienta a mi lado abrazándome con confianza.

—Hola, soy el Juanquis —y me alcanza la mano.

Le doy la mía; puedo sentir el contraste de la delicadeza de la mía con la crudeza de la suya, un reflejo de la vida supongo. Algo en él no encajaba; se notaba, aún con la suciedad de la calle en las ropas y el cuerpo, que sus modos no encajaban con los de los abandonados con los cuales me había topado antes. Su rostro aún conservaba algo de delicadeza y su forma de hablar no era tosca o torpe; él era alguien de otro mundo habitando uno donde la desgracia lo había arrojado. Se sentó a mi lado sacando un pequeño punzón; lo dejó en mi pierna como si pretendiera que lo tomara. Ignoré el acto; sabía que era una invitación y no quería tomarla.

—¿Cómo llegaste acá? —pregunta.

—No lo sé, tal vez las piernas actuaron solas buscando un lugar donde descansar o el transporte no llegó a su destino.

—Yo sé de eso —me dice—. Aun cuando no lo parezca mis padres son acomodados. Sé del buen vivir así como del mal vivir. Yo igual que muchos no huí de casa; tal vez me buscan pero no los dejaré encontrarme —comienza a narrar—. Cuando era adolescente me presentaron a la Juana y comienza mi historia, verás: siempre encontré molesto el orden de las cosas y la decisión anticipada en la cual estamos atrapadas las personas como tú o yo. Venimos de un río con las aguas igual de claras, lo sé por tu ropa —añade.

—Ahí mi amigo, quien me dio a conocer a la señorita Juana, camina en Jeep y ya se olvidó de mí. Yo lo vi hace tres días cerca de un restaurante de esos, los del centro —añade—. Mira, en esas épocas de adolescente aprendí a llevar la vida dura. ¡Yo la buscaba! —grita mientras ríe y retira el tabaco de uno de los cigarrillos que le regalé.

—Me gustaba pelear, entrar en locura, siempre fui amigo de lo ajeno aun cuando no lo necesitara. Era una sensación extraña pero placentera el quitar algo a alguien, ver el temor en los ojos de las personas… eso me llenaba. Buscaba la locura inconforme del orden preestablecido, no quería encajar supongo —aclara.

—Cómo terminé acá ahora te cuento. Bueno, en uno de estos encuentros me topé con un tipo y su novia; todavía recuerdo a esa mujer, de lo mejor que vi en mi vida. Es por ello que me acerqué, tal vez sí con un cuchillo en mano, a ese hombrecito. Él no titubeó; lanzó un golpe y caí al suelo como cuando avientas la basura al suelo. No conforme con ello me pateó ahí. Me dejó ahí tirado pero no me quitó el arma. Si en el acto se hubiera llevado el cuchillo no pasaría mis noches escondido.

—Me levanté mientras él me daba la espalda, fue ahí… acerté. Le corté el cuello. La sangre saltó por toda la acera, marcada de sangre, aquella bella mujer con el horror en sus ojos y carmesí en sus ropas. Es esa experiencia la que me trajo acá: vivir de noche, escapar de la persecución —se lleva el cigarrillo transformado en algo más a la boca mientras suspira y da un sorbo a una botella extraña.

Mi piel se erizaba; trataba de ocultar el horror en la mirada mientras llevaba el cigarro a los labios. No sabía si era una amenaza o si simplemente era una confesión. El abrazo se sintió pesado como si fuera una prisión. Las piernas apenas respondieron, no pude levantarlas.

El Juanquis tomó la botella acercándose; hizo un ademán de beber. Lo cierto es que, aunque esta le parecía repugnante, no se negó; llevó lentamente el brebaje a la boca. Era lo más fuerte que había bebido, quemaba la garganta como fuego. El sabor se había perdido, solo se podía sentir el alcohol que impregna el gusto y subía al olfato dejando entumecido el rostro; apenas pudo contener el trago y beberlo sin escupir.

—¿Me temes? —pregunta con sonrisa burlona.

—Debo hacerlo —responde tratando de parecer tranquilo.

—No por el momento.

Quitándome la bebida, ríe mientras bebe. Se levanta de la banca, me sacude el cabello como a un niño.

—Cuenta mi historia —dice mientras se despide con sus cofrades entre risas y humo.

Varado en la banca, perdido en un lugar desconocido, conoció el temor por un instante; ahí cayó en sueño. Con el amanecer los ojos se abrieron, los pies ya respondían; la risa burlona del Juanquis seguía en la cabeza y una historia 

que era mejor olvidar

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS