Cuando el hombre es celoso, molesta; cuando no lo es, irrita. Tal vez porque el celo no es una emoción sino una representación: una escena que se actúa ante un público invisible. El celoso vigila, sospecha, interroga; convierte el amor en aduana y al otro en contrabando. Su pasión no es el afecto sino el miedo. Y el miedo, como todo tirano, exige pruebas constantes de lealtad.
Pero el que no cela tampoco sale ileso. Su serenidad ofende. Su confianza parece desinterés. Donde no hay reclamo, se imagina abandono; donde no hay vigilancia, se sospecha indiferencia. El amor —dicen algunos— necesita una pequeña dosis de amenaza para sentirse vivo, como si la tranquilidad fuera una forma anticipada del olvido.
Acaso el problema no sea el celo sino la medida. El exceso sofoca; la ausencia absoluta enfría. Entre la sospecha y la indiferencia hay un territorio más difícil: la confianza consciente, esa que sabe que puede perder y, sin embargo, elige no encadenar.
El celoso busca garantías; el indiferente, excusas. El que ama —si tal figura existe— acepta la incertidumbre. Sabe que nadie pertenece a nadie y que todo vínculo es, en el fondo, un pacto frágil sostenido por la voluntad renovada cada día.
Por eso el hombre celoso molesta y el que no lo es irrita: ambos revelan nuestra inseguridad. Uno la grita; el otro la silencia. Y quizá lo que incomoda no es el otro, sino el espejo.
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