La magia de los ríos.

Hay ríos que no nacen en las montañas, sino en la paciencia. Ríos que no se alimentan de lluvias, sino de agravios. Durante años, durante siglos quizá, arrastran piedras grandes y pequeñas, como si fueran recuerdos que nadie quiso cargar y que terminaron cayendo allí por cansancio o por descuido. Las empujan en silencio por el fondo oscuro de su conciencia mineral, y ese roce persistente produce un murmullo que algunos confunden con el viento, otros con el sueño, y los más distraídos con nada.

Pero el río sabe.

Sabe que cada piedra es una promesa aplazada. Sabe que cada crujido bajo el agua es un ensayo del porvenir.

Nadie puede decir cuándo ocurrirá el desborde. Esa es la costumbre más antigua de los ríos y de los destinos: no avisar. Puede tardar meses, años, o el tiempo exacto que tarda una resignación en pudrirse por dentro. Y entonces, sin anuncio ni permiso, sucede. No como una catástrofe, sino como una revelación. El río, que hasta entonces había obedecido la forma humilde de su cauce, decide recordar que su verdadera naturaleza no es obedecer, sino transformar.

Se levanta.

No con violencia, sino con una especie de dignidad líquida, como si un alma mojada —que había vivido demasiado tiempo de espaldas a su propia sed— decidiera por fin bailar. Y al bailar, desborda. Y al desbordar, deja de ser río, porque los nombres dejan de ser suficientes cuando las cosas recuperan su esencia.

Entonces invade las orillas, entra en los campos, trastorna las geometrías de los hombres prudentes, borra fronteras que parecían eternas. Algunos lo llaman desastre, porque los hombres suelen llamar desastre a todo aquello que no controlan. Pero el río no destruye: corrige. No castiga: inaugura.

Y cuando el agua finalmente se retira, no deja ruina, sino posibilidad.

El barro que queda es fértil. Las semillas, que habían esperado con una fe casi ridícula bajo la costra seca de la tierra, despiertan. Y lo que antes era polvo se convierte en anuncio verde. Lo que antes era espera se convierte en pan.

Es entonces cuando los hombres —esas criaturas extrañas que aman y sufren con la misma intensidad con que olvidan— descubren que han vuelto a vivir sin saber exactamente cuándo habían dejado de hacerlo. Caminan sobre la tierra nueva con una mezcla de miedo y gratitud, como si sospecharan que han sido testigos de algo que no volverá a repetirse, aunque en el fondo saben que sí, que todo vuelve, que todo insiste.

Porque ninguna sequía es infinita.

Puede durar años, pueden durar vidas enteras, puede convencer a generaciones de que la sed es el estado natural del mundo. Pero el río siempre recuerda. Y cuando recuerda, el futuro deja de ser una idea y se convierte en corriente.

Y hay quienes, al escuchar en la distancia ese rumor apenas perceptible de piedras moviéndose, sonríen sin saber por qué.

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