Tengo 72 años y he llegado —sin estrépito, casi sin advertirlo— a la edad de la paciencia. No fue una conquista heroica ni una virtud aprendida en manuales; fue más bien un desgaste, una decantación lenta. Como el agua turbia que, al cabo de las horas, se aquieta y deja ver el fondo.
Durante años confundí la paciencia con la resignación. Creía que era una forma elegante de rendirse. Ahora sé que no. La paciencia no abdica: espera. Y esperar, cuando el mundo corre como si huyera de sí mismo, es un acto de rebeldía.
A los 72 uno ya no discute por ganar. Discute, si acaso, para comprender. El tiempo —ese juez que no acepta apelaciones— nos enseña que casi todas las batallas eran triviales, y que las verdaderas eran interiores. He perdido muchas de las primeras y algunas de las segundas. Sin embargo, algo en mí se ha serenado.
La paciencia es hija del límite. El cuerpo, que antes era cómplice de todas las imprudencias, ahora impone su propio ritmo. Subir una escalera no es una hazaña, pero tampoco es un trámite. El día tiene otra densidad. La prisa se vuelve un lujo innecesario. Descubro que el tiempo no es menos por ser más breve; al contrario, es más precioso.
He aprendido a tolerar mis propias contradicciones. Antes quería coherencia absoluta; hoy me basta con una honestidad imperfecta. La paciencia me ha permitido reconciliarme con mis errores: no para absolverlos, sino para entender que fueron parte de un aprendizaje torpe y humano.
También he aprendido a escuchar. No porque tenga menos que decir, sino porque he comprendido que el otro es un enigma que no se resuelve con interrupciones. Escuchar es una forma de humildad. Y la humildad, cuando no es impostada, es otra cara de la paciencia.
Hay pérdidas, claro. La paciencia no elimina el dolor; lo hace habitable. A esta edad uno ha despedido amigos, ilusiones, certezas. La muerte ya no es una abstracción literaria: es una sombra concreta que camina unos pasos detrás. Pero incluso con ella se puede pactar una tregua. No negarla, no invocarla: aceptarla.
La paciencia es, quizá, la última libertad. No puedo detener el envejecimiento, ni cambiar lo ya vivido, ni prever lo que vendrá. Pero puedo elegir cómo habitar el instante. Puedo demorarlo. Puedo agradecerlo. Puedo perdonar.
Tengo 72 años y no soy más sabio que antes, pero soy menos impaciente. Y eso, en un mundo que idolatra la urgencia, es una forma discreta de victoria.
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