Bajo el zaguán de la memoria

Bajo el zaguán de la memoria

Buenos Aires, 1976

«¿Qué habrá sido de aquel zaguán?

¿Quién estará en su lugar?

¿Qué de aquel tiempo que se fue?»

— Enrique Cadícamo

Cayeron tenues gotas de lluvia golpeando el cristal del ventanal, y enseguida, se soltó la lluvia hasta convertirse en torrencial aguacero.

—Escuchá lo fuerte que está lloviendo, dijo mi mujer, acercando el rostro al ventanal. Mirá lo encapotado del cielo, agregó.

¡Qué miedo que me da tanta lluvia, lo peligroso que se pondrá ahora salir a la calle, y la pobre gente a la que ha hecho guarecerse por ahí! Dijo ella. Lo mal que lo pasarán.

La abracé porque sé lo mal que la pone este temporal.

—¿Buenos Aires? —le pregunté y mi mujer asintió con un leve movimiento de cabeza. Habían pasado más de cuarenta años y seguía reviviendo el recuerdo de aquella tarde aciaga.

—Así llovía aquella tarde, dijo, mientras se pegaba aún más.

—Aquella tarde, repitió y comenzó a sollozar.

—¿Estás, acaso, siempre sola? —pregunté a mi mujer. Mientras acariciaba su espalda.

—Aquí dentro sí, respondió ella. Señalando con el dedo índice su pecho.

No tuve más remedio que estrecharla con firmeza.

Aquella tarde de mil novecientos setenta y seis, ella volvía de la escuela, tenía veintiséis años. Unas pocas semanas atrás, y en un ejercicio universitario, había coordinado un ensayo sobre la represión militar, remontándose a la nefasta historia de la noche de los bastones largos de mil novecientos sesenta y seis, una década antes.

El cielo estaba completamente claro, eso siempre lo recuerda y, además, se empeña en recalcar que así era. Ninguna señal de que fuera a llover y, de pronto, esas tenues gotas golpeando techos y calles. Iba a comenzar a correr para llegar a casa, y entonces miró que, en la acera, justo frente a su casa, estaban los tres Falcon estacionados, y que de estos coches descendían hombres corriendo, apresurándose. Enseguida gritos saliendo de su casa, maldiciones, insultos. Se detuvo bajo el zaguán de una casa vecina y, justo en ese instante, de las tenues gotas de lluvia, todo pasó a un aguacero de dimensiones diluvianas.

Un manto de lluvia y oscuridad cubrió la calle. Como si fueran fantasmas, apenas pudo vislumbrar las siluetas de sus padres que eran sacados de la casa entre golpes y empujones. Los subieron a uno de los autos y, observó que en casa se quedaron dos hombres con camperas de cuero, esperando por ella. Esa imagen de sus padres, como fantasmas velados, fueron las últimas que recuerda de ellos y se quedaron grabadas en su memoria. Como grabado quedo también el olor del asfalto mojado.

El ensayo fue apenas un esbozo para recordar los diez años de la intervención militar del dictador Ongania, en las facultades e instituciones universitarias que dio pie a la brutal represión en contra de alumnos y académicos.

Bajo el oscurecido manto de la lluvia, desandó sus pasos. Empapada de pies a cabeza, caminó con la única idea de ponerse a salvo.

—Aquella lluvia torrencial fue memorable, repite mi mujer una y otra vez, porque esta es su historia. Esta historia que se le enredó en su vida. Abril o mayo de mil novecientos setenta y seis y la junta militar. La noche de los bastones largos reducida a un juego de párvulos. La verdadera pesadilla apenas estaba por comenzar. Ni siquiera el silencio podía ser tolerado. El gobierno de Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Jorge Agosti exigía el aplauso para una política que situaba al dinero como la única mercancía valiosa y a la miseria de las masas como una fatalidad. Escritores, científicos, académicos, obreros, sin distinción alguna, fueron masacrados o arrancados de una sociedad que, en el mejor de los casos, permanecía muda. Pero los hubo también aquellos que denunciaron, aquellos que señalaron sin el menor cargo de conciencia al amigo o al vecino.

—De allí la desconfianza, cuenta siempre mi mujer.

—Caminé como fantasma por mi querida Buenos Aires. Salí de allí con la cartera y el bolso del día. Nada más. Primero con las lágrimas que se confundieron con el agua de la lluvia, después, con el alma seca.

De Buenos Aires las pocas almas solitarias y buenas con las que topé esa tarde, y que me llevaron hasta las orillas de río de la Plata, la historia que me hizo pasar desapercibida en el puesto de revisión, el vapor -Vapor de la carrera- y el faro de la isla del Farallón como último recuerdo de Argentina, tres o cuatro horas después, Real de san Carlos departamento de Colonia, Uruguay, y a partir de allí esta historia de nostalgias que se me enredan siempre en la memoria y siempre, claro está, cuando caen estos torrenciales aguaceros.

Abrazo a mi mujer, procuro que se funda en mi pecho, procuro sobre todo que suelte el llanto hasta apaciguar su espíritu.

—Servime un vino de la patria, dice mi mujer. Y sirvo sendas copas del tintito que siempre tenemos en casa.

—Poné algo de Julio Sosa, dice ella.

En la timba de la vida me planté con siete y medio,

siendo la única parada de la vida que acerté.

Yo ya estaba en la pendiente de la ruina, sin remedio,

pero un día dije planto y ese día me planté.

Yo dejé la barra rea de la eterna caravana,

me aparté de la milonga y su rante berretín;

con lo triste de mi noche hice una hermosa mañana:

cementerio de mi vida convertido en un jardín. (Tengo miedo)


Y nos abrazamos fuerte los dos en la medida en que va amainando la lluvia, hasta que solamente queda el leve rumor de una llovizna.

—¿Sabés que Julio Sosa es uruguayo? —dice mi mujer.

Yo le digo que sí. Porque esa historia también me la ha contado. Porque esa historia del varón del tango, es una historia que también está enredada con la salida de Buenos Aires, y en los velados fantasmas de sus padres, y en los gritos de los militares, y en las gotas de lluvia golpeando techos y ventanas y, en fin, en todo este recorrido de la memoria.

@2024 by Oscar Mtz Molina

Etiquetas: cuento y memoria

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS