El carnaval no sirve. Y tal vez por eso es indispensable.

En el calendario de las sociedades, ese breve desorden precede a la Cuaresma como una confesión anticipada. En ciudades como Río de Janeiro, Venecia o Gualeguaychú, el carnaval parece una industria del brillo y del exceso; pero debajo del lentejuelo palpita algo más antiguo que el turismo y más serio que la economía: la necesidad de invertir el mundo.

Sirve —si es que la palabra sirve no es demasiado utilitaria— para suspender la jerarquía. El rey puede vestirse de mendigo y el mendigo de rey. La máscara no oculta: revela. En el anonimato, el tímido baila, el rígido ríe, el prudente se desborda. La identidad, que durante el año es un traje planchado, se arruga con alegría. Durante unos días, la sociedad tolera lo que el resto del año reprime: el ruido, el cuerpo, la risa exagerada, la sátira del poder.

Sirve también para recordar que el orden es una ficción necesaria. El carnaval es la grieta que impide que el orden se convierta en dogma. Allí donde todo es permitido —o casi— se pone en evidencia la fragilidad de las normas. Y, paradójicamente, al permitir el desborde, la comunidad se preserva. Es un incendio controlado que evita el incendio mayor.

En el Río de la Plata, el carnaval tuvo comparsas, murgas, bombos y críticas cantadas. Fue tribuna y fue juego. Las murgas no sólo entretuvieron: dijeron lo que no se podía decir en otros escenarios. El humor fue una forma de valentía. El disfraz, una forma de verdad.

Pero quizá el carnaval sirve, sobre todo, para ensayar la muerte y la resurrección. Termina, siempre termina. Se apagan las luces, se guarda el traje, se limpia la pintura. El martes es excesivo; el miércoles, austero. En ese tránsito aprendemos que todo goce es transitorio y que toda prohibición es relativa. El carnaval es una metáfora del tiempo: estalla, deslumbra y se disuelve.

Si sirve para algo, entonces, es para recordarnos que somos criaturas que necesitan desorden para no volverse piedra. Que la solemnidad permanente es una forma de asfixia. Que la risa colectiva, aun la más banal, funda comunidad.

El carnaval no resuelve la injusticia ni cancela la tristeza. Pero por unos días nos concede el derecho a ser otros. Y en esa posibilidad —la de dejar de ser quienes creemos que somos— hay una forma discreta de libertad.

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