Hay mensajes que no llegan en sobres, sino en ráfagas de luz sobre la pantalla, rompiendo el silencio de la madrugada.
El correo de hoy no es solo una confirmación; es el eco de una apuesta que hice a ciegas. Mis pedazos —esos que solté hace poco para que otros los juzgaran— han encontrado su sitio en una mesa extraña. Dicen que mi voz tiene un lugar reservado, que el rastro de mi tinta ya no me pertenece solo a mí.
Mientras la ciudad sigue su ritmo de siempre, yo me quedo con la satisfacción de saber que el blindaje funcionó. Que mis silencios han sido leídos y que, en algún lugar, alguien está intentando descifrar el peso de mi letra.
Estar a un paso es, a veces, haber llegado ya al lugar que te corresponde. El resto es solo tiempo.
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