La mayoría le tiene pánico a la palabra, pero yo la estoy aprendiendo a conjugar.
Perdí el miedo a la soledad y gané un reino entre cuatro paredes. Perdí la costumbre de encajar en conversaciones de vitrina y gané el silencio necesario para escuchar mi propia voz. A veces pierdo contra el tiempo, es cierto; me desfalco en la disciplina, pospongo el manual y me quedo trasnochando frente a una pantalla que me devuelve un reflejo cansado.
Pero incluso en ese desorden hay una apuesta.
Perder el ritmo no es perder la guerra. Perder el norte un martes cualquiera es solo una pausa para recalibrar la brújula. He perdido gente que decía quererme, pero que solo buscaba mi versión más dócil, la que no usaba los libros como blindaje. He perdido dinero en mesas donde la hipocresía se sirve como plato principal, pero a cambio compré la lección más cara: mi tiempo no se negocia.
Dicen que estoy perdiendo la vida encerrada entre letras y enciclopedias digitales. Yo digo que estoy invirtiendo. Porque prefiero perder el rastro de la multitud para encontrar el camino de la observadora. Al final, solo pierde el que no sabe qué está buscando. Yo, aunque a veces tropiece con mi propia disonancia, sé perfectamente dónde está mi oro.
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