
La brevedad del hilo de seda
El tiempo pasa de la misma manera,
pero cada tarde es distinta.
El sentimiento de que nada vuelve
es lo que nos hace humanos.
–Yasunari Kawabata
La golondrina ha cruzado diez mil kilómetros de océano para recordar este alero, mientras yo no soy capaz de cruzar el pasillo de mi casa sin olvidar qué nombre llevaba la mujer que me enseñó a esperarla. Aquí, en esta orilla de la costa de Sanriku, el viento Yamase llega cargado de una bruma que parece alimentarse de mis recuerdos, royendo los nombres y las fechas hasta dejarlos convertidos en esqueletos de madera gris. Me dicen que soy un johatsu, un hombre evaporado, pero la verdad es más amarga: no me he ido, me estoy desdibujando. Observo al ave reclamar su nido con la soberbia de quien posee un mapa grabado en la sangre, y siento una envidia que me quema la garganta.
Ella vuelve a casa porque su cuerpo no sabe hacer otra cosa; yo, en cambio, habito esta casa como un náufrago que ha olvidado el nombre del barco que lo trajo hasta aquí.
El nido es una media luna de barro seco y paja, incrustada en el ángulo más oscuro del alero. Es una arquitectura de saliva y paciencia que ha sobrevivido a los tifones y a mi propia desidia. Fuera, el pueblo de Hamanosu se despliega como un cementerio de barcos abandonados. Las casas son de madera de cedro ennegrecidas por la sal, alineadas frente a un mar que aquí es de un gris plomizo, denso como el mercurio.
Los pescadores me miran pasar con una cortesía distante; para ellos, soy solo el gaijin que se sienta en el engawa a ver el aire. Ellos respetan el johatsu como respetan la marea: saben que hay cosas que se van y no deben ser nombradas. Pero mi memoria es una traidora metódica. No es una caída repentina al abismo, sino una marea alta que, cada noche, se lleva un metro más de la orilla.
He empezado a tallar notas en los pilares de madera de la casa para no perderla a ella, a la mujer que ya no tiene rostro.
—Tenía una mancha de nacimiento en forma de pétalo en el hombro derecho. No dejes que se borre, escribí ayer- O quizás hace un año.
Esta mañana, al despertar, leí las palabras y no sentí nada. Eran solo datos. Una cascara vacía. La angustia me subió por la garganta al comprender que, si mi mente se apaga, ella morirá por segunda vez, y esta vez será definitiva. Ella solo vive en este tejido enjuto y dañado de mi cerebro. Y entonces ante el retorno de la golondrina, decidí que la trampa no podía ser un objeto vulgar. Debía ser tan invisible y perfecta como el olvido mismo.
Usé papel washi translúcido y laca urushi, un barniz negro que brilla con la profundidad de un pozo. Mis dedos, torpes y gigantescos frente a la fragilidad japonesa, tejieron una red de seda fina. Construí una caja de sombra y la instalé sobre el nido. No era un acto de caza, sino una supervivencia ontológica. Si lograba atrapar al ave, si mis dedos rodeaban ese pecho palpitante de diez mil kilómetros de vuelo, quizá el mapa de su sangre se transfiriera a la mía. Quizá, al sostenerla, el nombre de la mujer del vestido azul subiera por mis brazos y se instalara de nuevo en mi lengua.
Me quedé sentado en el engawa, con el cordón de seda enredado en mi dedo índice. El silencio era pesado como una manta de lana húmeda. Entonces, el aire se rasgó.
Fue un chirrido metálico, agudo; el tsubame–naki. No lo oí con los oídos, lo sentí en la base del cráneo. El sonido actuó como llave. De pronto, ya no estaba en Japón. Recordé el ángulo exacto del cuello de ella cuando se sentaba al borde de una cama en una ciudad de robles y asfalto; recordé su risa que empezaba siempre con un suspiro. Ella me había dicho una vez:
—No me busques en la tierra, búscame en lo que vuelve, búscame en aquello que regresa una vez y otra vez
La golondrina se cernió sobre el alero, sus alas vibraron frenando el tiempo. En ese instante de lucidez insoportable, comprendí que, si la dejaba ir, el recuerdo del pétalo en su hombro se evaporaría para siempre. Mi mano no tembló. El movimiento fue lento, un sacrificio deliberado para detener el reloj del universo.
Tiré del cordón.
El clac de la madera fue un punto final que resonó en todo el valle. No hubo lucha, solo un sordo aleteo que se extinguió antes de que el eco regresara del mar.
Cuando abrí la caja de sombra, el mundo ya se había vuelto blanco. Mis manos sacaron el pequeño bulto del nido. No había calor. Solo un amasijo de plumas del color del olvido y una rigidez que me resultaba familiar, y aunque no recordara de qué lugar venía, estaban presentes aquel olor a antisépticos, y aquella luz tan blanca. La golondrina estaba muerta, enredada en el hilo de seda que yo mismo había trenzado, con el cuello quebrado en el mismo ángulo exacto que aquel que intentaba recordar.
Me quedé allí, sentado, mientras el sol de la tarde bañaba mis pies descalzos. Miré al ave en mi palma y luego el horizonte. No sabía quién era yo. No sabía por qué mis ojos estaban húmedos ni a quién pertenecía el nombre que agonizaba en la punta de mi lengua. Solo era un hombre anónimo en un pueblo costero, un trozo de madera a la deriva que el johatsu
finalmente había terminado de devorar.
La primavera seguiría su curso, pero en mi alero el tiempo se había detenido. Entre mis dedos no había ni un mensaje, ni un milagro. Solo quedaba el peso de algo pequeño y muerto; la prueba física de que, al intentar retener el vuelo, yo mismo me había encargado de que ella no volviera jamás. El viento sopló desde el mar, llevándose las ultimas cenizas de mi memoria. Ya no había nada que recordar. Solo el silencio de un nido vacío y el frio de una mano que ya no sabía a quién esperaba.
@2026 By Oscar Mtz Molina
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