¿Para qué servimos?

La pregunta es brutal en su economía: ¿para qué servimos? Supone, de antemano, que somos utensilios. Que alguien —Dios, el Estado, la biología, el mercado— nos diseñó con una finalidad precisa, como quien dibuja una escuadra o proyecta una bóveda. Pero acaso el error esté en el verbo. Servir es una palabra que humilla: remite al uso, a la utilidad, al rendimiento.

Jean-Paul Sartre escribió que la existencia precede a la esencia. Es decir: primero estamos arrojados al mundo; después, si podemos, nos inventamos un sentido. No hay manual de instrucciones. No hay plano aprobado en la municipalidad del cosmos. Estamos aquí, como una obra comenzada sin expediente.

La biología respondería con frialdad: servimos para perpetuar la especie. Comer, reproducirse, morir. La ecuación es simple y cruel. Pero si ese fuera el único fin, ¿por qué la música? ¿Por qué la arquitectura de una catedral que tardó siglos en levantarse? ¿Por qué el poema que nadie leerá? Hay en el hombre un exceso que no se explica por la mera supervivencia.

Albert Camus sospechó que el mundo es absurdo y que, aun así, debemos imaginar a Sísifo feliz. Servimos, entonces, para resistir. Para empujar la piedra sabiendo que caerá. Para afirmar un gesto en medio de la indiferencia del universo. No es poca cosa.

Otros, más piadosos, dirán que servimos para amar. Que nuestra función es el otro: el hijo, la pareja, el amigo. Sin embargo, el amor también es frágil, transitorio, a veces egoísta. No basta como definición universal. Además, hay quienes viven solos y no por eso dejan de ser.

Tal vez la pregunta deba invertirse: no “¿para qué servimos?”, sino “¿a qué decidimos servir?”. Algunos sirven al poder. Otros al dinero. Otros a una idea, a una obra, a una memoria. Servir es elegir una causa que nos trascienda o, al menos, nos distraiga del vértigo de no tener destino prefijado.

Existe también la sospecha —más incómoda— de que no servimos para nada. Que somos una casualidad química, un accidente luminoso en la oscuridad del cosmos. Pero incluso esa inutilidad puede ser fértil: si nada está predeterminado, todo es posible. La libertad nace de esa intemperie.

Quizás servimos para preguntar. Para interrogar el sentido, aunque no haya respuesta definitiva. Para incomodar la aparente solidez de las cosas. En ese gesto —el de dudar, el de pensar, el de crear— se cifra nuestra dignidad.

No somos herramientas; somos preguntas que caminan. Y acaso nuestra única utilidad consista en eso: en no aceptar nunca del todo la palabra utilidad.

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