La razón, en la arena de un debate,

La razón, en la arena de un debate,

En algún rincón polvoriento del tiempo —que no es un lugar sino una metáfora fatigada— la razón desciende a la arena de un debate. No lo hace armada de certezas, como suponen los ingenuos, sino de conjeturas; no empuña una espada, sino un diccionario.

Desde Aristóteles sabemos (o creemos saber) que el hombre es un animal racional. La frase, repetida hasta la devoción, acaso sea una ironía. Porque en la arena del debate —ese coliseo sin fieras visibles— la razón no ruge: argumenta. Y argumentar es una forma más refinada de la lucha.

El debate supone adversarios. Pero la razón, si es auténtica, no reconoce enemigos sino errores. Esto la vuelve sospechosa. En la arena, donde el público exige sangre simbólica, la razón ofrece matices. El público, que prefiere la claridad brutal de las consignas, se impacienta ante la ambigüedad. La razón dice: “depende”, y esa palabra es recibida como una traición.

No ignoro que otros han dramatizado esta contienda. Platón imaginó diálogos en los que la verdad emergía como una estatua liberada del mármol por preguntas sucesivas. Sin embargo, el siglo —que desconfía de las estatuas— ha reemplazado el diálogo por el veredicto inmediato. La arena ya no es el ágora sino el tribunal de las pasiones.

En verdad, la razón no es fuerte. Es lenta. Y su lentitud la condena. Mientras la emoción incendia la multitud en segundos, la razón necesita premisas, distinciones, ejemplos. Opera como un arquitecto (y no puedo evitar esa metáfora): levanta estructuras invisibles, calcula tensiones, prevé derrumbes. Pero el espectador solo advierte el silencio del cálculo, nunca la catástrofe evitada.

La paradoja es esta: la razón entra a la arena para vencer, pero su triunfo consiste en convencer. Y convencer implica modificar no al adversario sino al propio edificio interior del que escucha. Es una victoria secreta, casi clandestina. Nadie levanta trofeos por una falacia detectada.

Tal vez la razón no esté hecha para la arena. Tal vez su territorio sea la biblioteca, la conversación íntima, el insomnio. Sin embargo, renunciar a la arena sería abdicar del mundo. Así, la razón acepta el combate sabiendo que no puede gritar más fuerte que el odio ni seducir más que el miedo. Se limita a insistir.

Y en esa insistencia —modesta, obstinada— reside su dignidad. Porque, aunque pierda aplausos, aunque sea derrotada por el ingenio fácil o la mentira eficaz, deja siempre una semilla de duda. Y la duda, como ya sospechaban los antiguos, es el principio de toda lucidez.

La arena del debate no consagra héroes: revela temperamentos. Allí la razón no es un gladiador victorioso sino un equilibrista sobre la cuerda tensa del lenguaje. Puede caer. De hecho, cae a menudo. Pero cada vez que vuelve a levantarse y pronuncia una frase que no apela al miedo sino al entendimiento, ensancha —imperceptiblemente— el espacio común donde los hombres pueden reconocerse.

Quizá ese sea su único triunfo posible.

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