Afuera la ciudad es un puro teatro. El 14 de febrero se siente como una vitrina llena de afectos de plástico y promesas que expiran a medianoche. Los restaurantes están a tope, gente brindando por una victoria que no existe, perdiéndose en un palabreo vacío que solo sirve para tapar el hueco de lo que no se dicen.

Yo, en cambio, elegí mi propia esquina.

Mientras el ruido de los carros y el rastro de las flores marchitas inundaban las calles, me quedé encerrada en mi zona, donde las letras pesan más que el cemento. No salí a buscar validación en cenas de mil cubiertos; preferí el silencio de mi cuarto para jugar una apuesta más alta.

Solté tres relatos. Tres pedazos de mi historia que ahora viajan hacia un jurado que no sabe quién soy, ni de qué barrio vengo, ni cuánto me ha costado pulir cada oración. Son extraños que hoy tienen mi verdad sobre su mesa, despojada de filtros y de poses.

Prefiero mil veces esta espera fría y profesional que el calor fingido de una celebración programada. Mientras el mundo se conforma con intercambiar monedas de cobre, yo puse mi oro sobre el tablero. He dejado de ser una espectadora más para convertirme en la que narra la jugada.

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