Miré mi reloj por cuarta vez desde que me había sentado en la mejor mesa del mejor restaurante de la ciudad, el Odette. Ya habían pasado diez minutos desde la hora a la que nos debíamos encontrar y empezaba a incomodarme la demora; en realidad me había incomodado desde el minuto uno, o desde los primeros treinta segundos. Solo había una cosa en el mundo que odiaba más que la impuntualidad, y eso era una tortilla mal hecha. Una tortilla parece simple pero si he descubierto algo durante los treinta años que llevo dedicándome a la gastronomía, ya sea como chef o como crítico, es que la ineptitud es mucho más frecuente que la dedicación. Me dicen que soy exquisito, perfeccionista, obsesivo; como si estos calificativos fueran ofensivos, yo los llevo con el mayor de los orgullos. Una tortilla puede no haberse batido lo suficiente, perdiendo volumen; puede haberse cocinado en exceso, perdiendo esponjosidad; puede llevar demasiada sal o demasiada poca (el punto de sal siempre es importante); puede estar quemada por fuera y cruda por dentro, puede tener exceso de aceite o incluso puede haberse hecho alguna aberración como añadirle verduras o bacon. La perfección no es tan fácil, por eso es importante esforzarse, y Odette es uno de esos escasísimos restaurantes donde sí que saben de perfección.

Vi finalmente a mi cita aparecer con una sonrisa que distaba mucho del gesto de disculpa que creía merecer. La había conocido a través de una red de citas exclusiva para personas de cierto… nivel. Se llamaba Olive, una excentricidad de unos padres hippies que probablemente elegirían el nombre mientras fumaban marihuana. Ella era artista, otro elemento que no me entusiasmaba, pero también era la única mujer que había mostrado interés culinario y que además tenía disponibilidad aquella noche. Me levanté, saludé, aparté la silla para que se sentara y la acerqué de nuevo a la mesa. Los protocolos son importantes. Empezamos una conversación banal, sobre el tráfico (supongo que ella se dio cuenta de que yo no estaba contento con su retraso), las lluvias torrenciales que inundaban la ciudad, y el hambre que teníamos. Comentó que hacía tiempo que quería venir a este restaurante, que no creía posible conseguir una mesa con tan poca antelación, la lista de espera era de dos años. Le expliqué que yo tenía contactos, y que en Odette se me recibía bien porque yo era una suerte de embajador para ellos. Me miró con un poco más de interés, y eso me gustó. Pensé que tal vez ahora sí que se arrepentía de haberme hecho esperar once minutos. Cuando llegó el camarero, yo tenía muy claro lo que debíamos pedir así que le dije “¿Me permites?”, me aclaré la garganta y cuando iba a empezar con mi despliegue de preguntas sobre el pescado de temporada, la frescura de las langostas y de las ostras (que yo ya sabía estaban fresquisimas pero me gustaba que los camareros supiesen quien era yo) me vi interrumpido por Olive, que sin ninguna delicadeza dijo “En realidad prefiero pedir mi comida porque tengo alergia al marisco y el pescado no me mata”.

Eso dijo: “El pescado no me mata”. Atónito ví como la comensal, virgen a los placeres de Odette, sin consultar previamente al experto que tenía en frente, cogía la carta y empezaba a recitar un sin sentido de platos que no combinaban ni entre ellos ni con el vino que eligió, un rosado que debía haberse colado en la carta. Para colmo terminó con “Si te gusta algo de lo que he pedido podemos compartir”.

Yo pensé “¿Compartir? ¿Como si nos hubiésemos ido de tapas? Esta mujer es una lunática que no sabe dónde está.”

Pedí para mí y antes de irse el camarero dijo “Muy buenas elecciones”, me miró a mi y luego a Olive, como si la frase fuera dirigida a los dos. Tendría que hablar con el jefe de sala sobre aquel camarero.

Los platos de Olive empezaron a venir, y ella comía con voracidad. Yo empecé con mi entrante, una crema vichyssoise (tuve que descartar el marisco porque lo que me faltaba era pasar la noche en el hospital con una mujer que bebe rosado), y luego continué con un cordero glaseado, pero no pude terminar mi plato, todo aquello era demasiado para mí, qué despliegue de chabacanería. Cogía el pollo con las manos, saltaba de un entrante a otro como si estuviera en una taberna, pero lo peor fue el plato principal. El solomillo con salsa trufada de setas de temporada y foi, lo cortó en pequeños trozos, descuartizándolo sin piedad, luego se cambió el tenedor de la mano izquierda a la derecha y empezó a pinchar los trozos como si estuviera comiendo macarrones con chorizo. Se bebía el vino como si fuera sangría, mientras decía con la boca llena “¡esto está buenísimo!”.

Cuando terminamos pidió dos bolas de helado, ignorando los postres caseros de firma propia que hacen en Odette. Yo pedía la red velvet y cuando llegó mi postre Olive se empezó a reír.

– ¿Qué pasa? ¿Qué te hace tanta gracia?

– La tarta esa, tan rosita y blanca, y con esos adornos… – se empezó a reír de nuevo, intentando hacerme entender algo que se me escapaba – ¿No te parece un poco… gay?

Asociar el buen gusto con la homosexualidad era el último síntoma de incultura y completa ausencia de modales, y era además algo con lo que yo había tenido que lidiar toda mi vida. Nunca fui un niño propenso a jugar al aire libre, no me gustaba mancharme ni el ejercicio físico, sobretodo si eran deportes que fomentaban la agresividad, como el fútbol o el voley. Eso llevó erróneamente a muchos a pensar que yo prefería la compañía masculina, con la consecuente burla propia de los adolescentes, que se prolongó hasta que fui a la universidad.

Sin apenas haber cenado, y con la tarta intacta, me levanté, cogí mi chaqueta y me dirigí a la salida. No sabía si ella pagaría o no, si no lo hacía me enviarían la factura. Hice un gesto al aparcacoches y se fue corriendo en busca de mi Mercedes, seguía lloviendo sin cesar, parecía el fin del mundo. Olivia apareció a mi lado, ahora sí que el gesto acompañó las palabras de disculpas. Dijo que había pagado ella y que tal vez podríamos ir a su casa a tomar una copa, que vivía justo al lado. Mi mente empezó a divagar, tenía hambre, pero otro tipo de hambre. Acepté. Le dije al portero que por favor avisara al aparcacoches de que todavía no me lo llevaba. Fuimos a casa de Olive acurrucados bajo su paraguas para no mojarnos. Ella vivía sola, en un loft que durante el día supuse que tendría mucha luz. Abrió el mueble bar y me sirvió un whiskey más o menos bebible, ella se abrió una Coronita. Ya nada me sorprendía. Me rugió la tripa y ella de un salto dijo “¡Es verdad! No has comido nada, debes estar hambriento”

Se acercó a la cocina y sacó un bol, unos huevos, bacon y queso. Empezó a cortar el bacon en trocitos pequeños, yo ya me temía lo que pensaba hacer. Puso dos huevos en el bol y los batió con pocas ganas, como si mezclarlos fuera suficiente. La sartén con aceite ya estaba caliente, añadió el bacon, que hundido en el aceite hirviendo me empezó a provocar ardor de estómago con mirarlo. Me acerqué a ella desde atrás, mirando la sartén con curiosidad pero convencimiento de que jamás me comería aquello. La cogí de la cintura y le besé el cuello mientras mi mano se deslizaba hacia el cuchillo. Se lo clave en la yugular con un movimiento experto. No entendió lo que estaba pasando hasta unos segundos antes de morir, mientras la depositaba sobre el suelo. No fue violento, eso no me habría gustado. Apagué el fuego y tiré la aberración que me estaba preparando.

A partir de ese momento yo estaba al cargo y todo tenía que ser perfecto. Cuando terminé de descuartizar a Olive y elegir las mejores piezas, decidí acompañarla de un tinto que tuve que robar de la bodega de Odette cuando fui a tirar sus restos, ahora confundidos con los de cualquier otro animal que hubieran cocinado en el restaurante. Los vinos que ella tenía en casa no le harían justicia.

Al volver a su casa limpié la sangre con lejía y puse mi ropa en la lavadora. Luego hice mi magia en los fogones. Para cuando serví la cena, ya había dejado la cocina inmaculada (sino no me puedo relajar) y mi ropa estaba en la secadora.

Esa noche finalmente cené como me merecía. La cocina de Olive estaba bastante bien surtida y debo reconocer que con todo el mal gusto que demostró tener con la comida, ella sin embargo estaba tierna y sabrosa. También es cierto que la cocinó uno de los mejores.

Miré el reloj, era hora de irse, no me gusta prolongar demasiado mis visitas. Los modales importan.

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