Tras darse un apretón de manos y pedir un par de cafés, se sentaron en la mesa más apartada de la cafetería. “No te saltes nada” dijo Hector “cualquier detalle puede ser importante”. Con eso, Agustín cogió aire y comenzó.

– Una mujer como aquella no me podía pasar a mí, y sin embargo, sucedió. Mi versión más torpe estuvo a punto de arruinarlo todo, con sudores y mirada esquiva, como si fuera peligroso mirarla fijamente a los ojos no vaya a ser que me convierta en piedra. – Agustín se rió de su propia broma, con una risa que recordaba a los ronquiditos de un cerdo. Cuando se calmó prosiguió. – Mujeres como Valentina no le suceden a hombres como yo, cuanto más la miro más lo pienso, cuanto más me miro yo al espejo, más lo reafirmo. No sé qué ha visto en mí, pero sea lo sea, no quiero cagarla.

Gracias a WhatsApp pudimos empezar a hablar sin que mi transpiración lo jodiera todo. Los mensajes eran cada vez más sugerentes, los suyos invitaban a la cercanía, los míos estaban llenos de insinuaciones seguidas de emojis de risa, para poder decir que todo era una broma si de pronto se daba cuenta de que ella era ELLA y yo era yo. Me seguía el juego, así que me tiré a la piscina, y un día saliendo a la vez del hospital donde trabajamos, la invité a un vino. Bebimos una botella, cenamos, invité yo. Hablamos de todo un poco, le dije lo mucho que me gustaba, y nos besamos. Me gustaría decir que yo inicié el beso, pero intuyo que también eso lo hizo ella.

La primera semana fue de ensueño. Me sentía un poco mal por mi mujer, sabía que siempre había sido leal, pero Carmen fue la mujer a la que sí que podía aspirar, mientras que Valentina nunca había sido una posibilidad. No podía resistirme, me había tocado el gordo y sería de tontos no ir a recoger el premio. Sucedió un día que ella me invitó a su casa y yo fui sin rechistar. Me recibió con un vestido corto y escotado, el cabello ondulado cayendo como una cascada sobre sus hombros, una botella de cava en la mano y una sonrisa pícara. Solo con esa estampa ya estaba excitado.

Me sirvió una copa de cava y empezamos a charlar, del trabajo, de mascotas, de recetas, de nuestros sueños y de los años de vida que teníamos por delante. Ella sabía que llegaría hasta los noventa y tres, había decidido solicitar la información a V.I.D.A. porque según Valentina prefería “estar en control y saber a qué atenerse”. Yo también lo había mirado, mi seguro me había obligado (aunque en principio no era una práctica legal, pero si no les dabas la información no te lo aprobaban). “Yo viviré hasta los ochenta y seis, no está mal teniendo en cuenta lo mal que como y el poco ejercicio que hago, ¿no?”.

Poco impresionada con mi comentario, me contó que ella iba al gimnasio todos los días. La miré de arriba a abajo y le dije que hacía un buen trabajo. Todo sea dicho, tener veintipico también ayuda, aunque yo a su edad no tenía ni de lejos el cuerpo esculpido por los dioses que tiene ella. Evitamos el tema mujer e hijos, o por lo menos lo evité yo, no quería pensar en eso.

Esta vez la besé yo. Mi erección fue instantánea, y tuve miedo de no ser capaz de controlarme. Ella parecía tener ganas, se quitó las bragas y me cogió el miembro, colocándolo entre sus piernas tras ponerse a horcajadas encima mío. Empezó a bajar despacio, volviéndome loco, mientras ella se tocaba las tetas y decía guarradas. Yo intentaba distraerme para no correrme demasiado rápido, pero ella me lo ponía difícil. La cogí del culo para sincronizar el ritmo, ella sacó de algún sitio un juguete y se lo puso en el clítoris. Nunca había estado con una mujer que usara esas cosas, pero también es cierto que no he estado con muchas mujeres. En cuestión de segundos los dos habíamos tenido un orgasmo. Ella se puso las bragas, se fue un momento al baño y al salir me dijo que podíamos tomarnos una copa de camino al restaurante.

Después de aquel día empezamos a hablar a menudo. Nos veíamos cada pocos días, a veces le hacía algún favor, y, aunque yo estaba cada vez más enamorado y ella se veía con otros hombres, no podía pedirle nada más. Como decía, había sucedido lo imposible, una diosa se había fijado en mí.

Ocultarle la aventura a mi mujer también fue bastante fácil. Cuando me ausentaba le decía que me iba a ver un partido o que había quedado con los del trabajo a tomar algo. Los chicos ya eran adolescentes, así que no me necesitaban tanto en casa.

Todo parecía ir bien, hasta que recibí un email de la agencia V.I.D.A. hace cinco días. Algo había cambiado en la estimación de mi deceso, no me podían decir el qué si yo no les daba la autorización, pero me avisaban de que darles la autorización supondría que la información se pudiera filtrar a “agentes externos”. Yo no entendía nada. Llamé a la agencia de valoración, y la señora que me atendió no me pudo decir mucho más. Por lo visto algo ha cambiado en mi “trayectoria de vida” que ha supuesto que también cambie la fecha de mi muerte. Si les pido que exporten el resultado de la nueva valoración, la empresa de mi seguro podría enterarse y hacerse con esta información, y según lo que diga podrían aumentarme la cuota o añadir otras condiciones; achacando todo a mi última analítica porque claro, todo esto es ilegal.

Estos últimos días he vivido acojonado, no puedo dormir y sé que debería dejar de verla porque lo que ha cambiado en mi “trayectoria de vida” es claramente ella. No sé cómo ni porqué, pero estar con una chica veinte años más jóven que yo que va a vivir hasta los noventa y tres, de alguna manera ha afectado a mi salud. Me imagino futuros con ella en los que dejo a mi mujer, vamos a viajar a lugares exóticos, hacemos parapente, esquí, buceo… y con cada actividad muero de una forma agónica diferente. Soy feliz hasta que llega ese momento, pero feliz feliz, estoy eufórico, vivo. Eso es, hasta que estoy muerto claro. – Agustín se toma el café de un sorbo, se le había quedado frío. Pide otro, “descafeinado mejor”. Hector no quiere nada más, espera a que Agustín vuelva del baño para escuchar el resto de la historia. El segundo café se lo toma antes de que se enfríe.

No he contado a mi mujer lo del seguro, porque temo que empiece a estar más pendiente de mí. No quiero que me vigile. Te lo cuento todo a ti para que me ayudes, me han dicho que hay formas de saber las valoraciones de V.I.D.A. de forma extraoficial, y de esta manera mantenerlo en secreto la agencia. Me han recomendado tus servicios como detective, ¿me ayudarás?

– Claro, para eso estoy aquí. Amigo, tu problema no es saber la fecha de tu muerte, tu problema es mucho más gordo me temo”. – Hector saca unas fotos de su maletín y las coloca delante de Agustín. En ellas aparece su mujer, Carmen, hablando con ELLA, Valentina, en esa misma cafetería en la que se encuentran ellos, pero en una mesa más expuesta. Agustín palidece.

– ¿Qué es esto? ¿Qué significa? – se seca el sudor con una servilleta.

– Significa que tu gran amor y tu mujer son las que están tramando la manera de acortar tu vida.

– ¿Se enteró de mi aventura con Valentina y por eso me quiere matar? – Hector señala la fecha en el pie de la foto, y a Agustín se le empieza a cortar la respiración.

– Tu romance empezó porque Valentina sabía que tenías un buen seguro, y tras hablar con Carmen se dio cuenta de que no era la única que quería deshacerse de ti. Me temo que lo tenían planeado, para que asociases el cambio de la fecha de tu muerte a tu nueva vida con Valentina, y no el hartazgo de tu esposa. – Pone otro papel encima de la mesa, con el logo de V.I.D.A en el encabezado. Una fecha está marcada con rotulador fluorescente. Agustín reconoce la fecha, es la misma que ha visto esta mañana en su calendario cuando ha comprobado la hora a la que había quedado con el detective. La cara de confusión de Agustín empieza a desesperar a Hector, que esperaba que las pastillas vertidas en el café hubieran hecho efecto ya.

– ¿De verdad pensabas que una mujer como Valentina se iba a fijar en ti? Fue ella la que me recomendó cuando le dijiste lo preocupado que estabas, pero yo trabajo para ella. También me llevaré un buen mordisco del dinero del seguro. Solo me tenía que encargar del último paso.

Agustín ya se había dado cuenta de cuál era el último paso. Se desplomó entre espasmos mientras Hector gritaba “¡Dios mío! ¡Qué alguien llame a una ambulancia!”. Luego desapareció entre la muchedumbre que se arremolinaba alrededor de Agustín. Le esperaban en casa de Valentina para celebrarlo.

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