Se conocieron de forma analógica, y de alguna forma ella se enorgullecía de eso, como si hubiesen ganado sin hacer trampas, como si su amor fuera un plan del universo, que aparentemente no tenía nada mejor que hacer que conseguirles pareja a dos treintañeros.
Tras desaparecer la droga que segrega el cuerpo el primer año de relación y bajar de la nube, él se dio cuenta de que ella era desordenada y una asesina en serie de plantas; ella se dio cuenta de que él usaba el humor para decir lo que pensaba sin decirlo. También empezaron las discusiones, por cosas sin importancia, pero que eran importantes para ellos.
A los cinco años se seguían queriendo pero también se detestaban. Un día discutieron por algo insignificante, un cuadro que uno había movido de sitio, o una planta sin regar o un olvido de comprar leche. Pronto dejaron de hablar del cuadro, o de la planta, o de la leche, y las acusaciones pasaron a tiempo infinito, “tu siempre haces…” “tu nunca cuentas conmigo para…” “tu eres una manipuladora” “tu eres un egoísta”. Él dijo “tal vez sea mejor dejarlo” y se arrepintió mientras las palabras aún salían de su boca. Ella las recibió como una bofetada pero decidió que debía decidir.
Y Decidió dejarlo. Le angustiaba su forma de enfadarse, de hacerle el vacío cuando quería que ella sufriera, de girar la historia para ser el bueno. Sus comentarios sarcásticos eran un fastidio, tenía costumbres infantiles y ese niño mimado que llevaba dentro, salía a exigir cosas que nunca daba. No podía con sus manías. Fantaseaba con el día en que por fin podría ver la tele sin quitar la mesa, a ella nunca le habían importado los platos sucios y prefería no parar la peli. Quería pasear por la casa con los zapatos puestos, los que había llevado en la calle y que él trataba como si fueran radioactivos. Estas cosas, por sí solas, le habrían dado igual; pero en ese momento representaron algo más profundo. Cuando él le dijo “tal vez lo mejor sea dejarlo” en medio de una fuerte discusión, ella contestó, “sí, es lo mejor”.
Y Decidió quedarse a su lado. Tal vez porque él aún la buscaba entre las sábanas por la noche y sabía qué hacer para que ella tuviera un orgasmo en menos de diez minutos. Tal vez porque tenía una espalda que ella añoraba cuando no estaba a su lado al despertar y un cabello rizado, negro, que no parecía que se le fuera a caer nunca. Tal vez porque decía que la admiraba y ella se dio cuenta de que era la primera vez que un hombre le decía eso. Tal vez fue lo bien que cayó en su familia, o lo difícil que es cocinar solo para uno. Tal vez sus ojos verdes, su humor fácil, sus ganas de bailar. Tal vez fuera todo en realidad. El caso es que, aquel día, y tras una fuerte discusión, ella le dijo, sin sentirlo, “lo siento”.
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