Se llamaba Miguel y tenía 16 años cuando aquella canción le atravesó el estómago. En su casa siempre habían sonado los Rolling en un tocadiscos de vinilo. Pero una tarde, solo en su cuarto, con la puerta cerrada y el volumen demasiado alto, “Bitch” dejó de ser música de fondo y se convirtió en un himno. Sintió ese latido urgente, esa rabia que parecía decirle que lo que llevaba dentro estaba ardiendo.
Miguel no era el típico chico seguro de sí mismo. Más bien al contrario. Callado en clase, torpe cuando le gustaba alguien, con esa mezcla rara de orgullo y fragilidad que a los 16 se vive como si fuera definitiva. No tenía experiencia con chicas y eso le pesaba. Así que en vez de tomarse la canción como una exageración rockera, la convirtió en una especie de explicación del mundo: que desear dolía, que el amor era tensión constante, que si él no follaba era por culpa de ellas.
El rock dejó de ser refugio y pasó a ser combustible. Se tragaba entrevistas de sus gurúes rockeros, imitaba sus frases, sus formas de vestir, sus gestos y esa manera de mirar por encima del hombro. Cuando algo no salía como esperaba, repetía lo de siempre: “todas son iguales, unas putas calientapollas”. Era más fácil decir eso que aceptar que le dolía el rechazo o que tenía miedo a no gustar.
Sus amigos notaron que ya no era el mismo. Antes hablaba de guitarras, de riffs, de conciertos que soñaba con ver. Ahora se burlaba de las chicas. Decía que era rebelde porque el mundo estaba en su contra. Pero las chicas empezaron a evitarlo. Sus mensajes insistentes, su forma de hablar chulesca, su incapacidad para aceptar un “no” se hicieron evidentes. Lo que él llamaba pasión era, en el fondo, miedo disfrazado de rabia.
Quiso vivir como imaginaba que vivían sus ídolos. Empezó con cervezas a escondidas en el parque, luego cubatas y porros con los mayores, después pastillas en fiestas donde la música lo envolvía todo. Decía que así sentía el rock de verdad, una corriente eléctrica recorrer por sus venas. En realidad, evitaba el vacío cuando volvía a casa.
En su habitación, frente al espejo, practicaba los movimientos que había visto mil veces. Movía las caderas, se sacudía el pelo largo, ensayaba esa sonrisa torcida, sacaba la lengua y la dejaba colgando de forma burlona. Intentaba bailar como Mick Jagger, exagerando cada gesto, como si el escenario fuera suyo. Durante unos segundos, cuando la música estaba alta y la puerta cerrada, casi se creía feliz.
Las drogas le daban valor. Cada rechazo de las chicas lo interpretaba como provocación. Dormía poco. Escuchaba “Bitch” imaginando escenas donde era irresistible, donde nadie podía decirle que no. Mientras tanto, su círculo se hacía más pequeño.
Hasta que una madrugada, en el baño de su casa, se quedó mirándose al espejo con el corazón acelerado y la mandíbula apretada y tensa. No desclavó la aguja del brazo. Intentó repetir uno de esos pasos de baile. Las piernas le temblaron. Con los ojos demasiado abiertos le encontraron al día siguiente.

OPINIONES Y COMENTARIOS