La resaca de lo vacío

Hoy el mundo amanece con un silencio distinto. Los pétalos de las flores compradas por compromiso empiezan a marchitarse y las frases de amor eterno, lanzadas anoche entre copas de vino, se evaporan con la luz del día. Es el 15 de febrero, el día en que la realidad vuelve a reclamar su sitio tras el espectáculo.

Observo desde mi refugio cómo la gente intenta recuperar el ritmo, con los bolsillos un poco más vacíos y el espíritu igual de hambriento. Yo, en cambio, no tengo nada que recoger. Mi banquete no dejó migajas porque fue un festín de ideas, no de apariencias.

Anoche, mientras otros intercambiaban monedas de cobre en conversaciones huecas, yo seguí forjando mi estructura. Aprendí que la verdadera autorrealización no necesita de fechas en el calendario, sino de la disciplina de no traicionarse. Mi «manual» sigue abierto sobre la mesa. A veces me resisto a leerlo, es verdad, pero hoy entiendo que cada minuto que paso en mi soledad estratégica es oro que le robo al olvido.

Ya no busco encajar en sus festejos. Mi victoria es despertar y reconocer mi reflejo sin filtros, sin deudas emocionales y con la certeza de que mi silencio es el único idioma que hoy decido hablar.

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